Capítulo 5: El concilio de Estelang
Farin encontró el refugio al caer la noche: un hueco entre grandes piedras, protegido por arbustos espinosos y con suelo seco. Allí encendieron un fuego pequeño, oculto por una pantalla de rocas, y se acomodaron lo mejor que pudieron. El cansancio los alcanzó como una marea. Farin fue el primero en montar guardia, golpeando el suelo con la bota cada vez que el sueño lo vencía. El viento nocturno trajo sólo el murmullo de las hojas y el lejano rumor del río. Ningún aullido, ningún crujido sospechoso. A la mañana siguiente, tras un breve desayuno, regre saron al lugar del combate. No había nuevos rastros: ni huellas frescas, ni señales de que más orcos hubieran merodeado durante la noche. El cadáver del hombre seguía enterrado donde lo habían dejado, y el cubil de los orcos continuaba oculto bajo la tierra removida. Con el ánimo algo más sereno, emprendieron de nuevo la marcha hacia el este. El terreno se volvió cada vez más abrupto. Las suaves colinas dieron paso a lomas pedregosas, gri...