Capítulo 5: El concilio de Estelang
A la mañana siguiente, tras un breve desayuno, regresaron al lugar del combate. No había nuevos rastros: ni huellas frescas, ni señales de que más orcos hubieran merodeado durante la noche. El cadáver del hombre seguía enterrado donde lo habían dejado, y el cubil de los orcos continuaba oculto bajo la tierra removida. Con el ánimo algo más sereno, emprendieron de nuevo la marcha hacia el este.
El terreno se volvió cada vez más abrupto. Las suaves colinas dieron paso a lomas pedregosas, grietas profundas y senderos que subían y bajaban sin lógica aparente. Edrahil los guiaba por rutas que ningún viajero sensato escogería: atajos dudosos entre matorrales, pasos estrechos bordeando barrancos, viejos caminos élficos medio devorados por la maleza. Varias veces tuvieron que desmontar y conducir a los caballos por las riendas mientras las monturas resoplaban, incómodas ante las pendientes.
Así transcurrieron dos jornadas agotadoras, en las que apenas hablaron más que para avisar de una piedra suelta o de una rama traicionera. Pero al tercer día, la espesura se abrió y apareció ante ellos un paso conocido: las aguas brillantes del Bruinen, que ya habían atravesado unos días antes. Esta vez, un estrecho puente de piedra se tendía sobre el río, tan pulido y perfecto que parecía formar parte del lecho mismo. Sin barandillas, apenas más ancho que un caballo, obligaba a cruzar de uno en uno.
Edrahil pasó el primero, avanzando con aplomo. Los demás lo siguieron con cautela. Nada más alcanzar la otra orilla, oyeron voces y el tintineo de acero. A unos metros, en una explanada cubierta de hierba, un grupo de elfos practicaba con espadas y lanzas. Sus movimientos eran fluidos, casi como una danza mortal.
Más arriba, sobre la cima de la colina, se levantaba un edificio alto y claro: la Casa de Elrond, bañada por la luz del mediodía.
Cerca del terreno de entrenamiento, en el porche de un edificio bajo, una figura vestida de blanco y oro observaba en silencio. Edrahil se detuvo al reconocerlo.
—Glorfindel —susurró, con respeto.
Se acercó a él y se inclinó.
—Traigo graves noticias desde el oeste.
Glorfindel lo miró con serenidad.
—Debes llevarlas a Elrond. Él te escuchará primero. —Luego hizo un gesto a un elfo joven que estaba recogiendo unas lanzas.— Saeros, acompaña a nuestros huéspedes.
Hafgrim echó un vistazo alrededor, buscando rostros humanos. No vio ningún montaraz entre los presentes y apretó los labios, contrariado.
Guiados por Saeros, ascendieron por un camino empedrado que rodeaba la colina. Cerca del porche principal vieron a dos figuras conversando: un hombre humano, alto, barbado y ataviado con ropas de viaje, fumaba en pipa a la sombra de una columna. Frente a él, Elrond sonreía levemente con su porte inconfundiblemente noble.
Hafgrim se inclinó hacia Saeros.
—¿Quién es el hombre?
—Trancos —respondió el elfo—. Un amigo de la casa.
Antes de que pudieran observarlo más, una doncella élfica se acercó a los dos, hablando con una voz tan clara como el canto del agua. Reían suavemente. Edrahil abrió los ojos con un destello de sorpresa.
—Arwen Undómiel —murmuró—. La hija de Elrond.
Al volverse ella hacia los recién llegados, sus miradas se cruzaron. Durante un instante, Hafgrim, Farin y Edrahil sintieron cómo el cansancio, la tensión y el recuerdo del combate se desvanecían como niebla bajo el sol. Había un consuelo profundo en su presencia, leve pero palpable, como si la oscuridad misma retrocediera ante ella.
Llegaron entonces a la entrada lateral del edificio. Edrahil pidió un momento antes de presentarse ante Elrond.
—Necesitamos asearnos. Hemos viajado con premura… y no deseo presentarme ante mi señor cubierto de polvo y sangre.
Entraron en un vestíbulo pequeño y silencioso, iluminado por lámparas de aceite que despedían una luz cálida. Saeros esperó a un lado. Al poco, una puerta se abrió y apareció un elfo de porte grave y mirada profunda.
Edrahil sonrió al instante.
—Erestor —dijo, reconociendo al amigo más leal de Elrond y su mejor consejero.
—Edrahil Lomelinde —respondió el recién llegado, acercándose—. Tu rostro es bienvenido en esta casa.
Edrahil presentó a sus compañeros.
—Farin, hijo de Dáin, y Hafgrim, heredero de Tarandis, Caballero de Arthedain.
Los ojos de Erestor se posaron en Hafgrim un momento más largo.
—Tarandis fue muy querido aquí y en muchas tierras. Su nombre se recuerda con honor.
Hafgrim sintió un estremecimiento. No esperaba que su antepasado fuese conocido en un lugar tan lejano y noble.
—No sabía que… su recuerdo llegara tan lejos.
Erestor inclinó la cabeza sin decir más, como si aquel asunto no necesitara explicación.
Un grupo de doncellas élficas llegó en ese momento y los condujo hacia el interior, por pasillos silenciosos y luminosos. Sus habitaciones estaban preparadas: camas mullidas, cuencos con agua perfumada, ventanales que daban al bosque. Los aventureros pidieron baños, y pronto el vapor de las tinas y el olor a hierbas frescas reemplazaron la suciedad y el cansancio del camino. Después, les ofrecieron vestimentas limpias de tela élfica, suaves y ligeras.
Horas más tarde, ya descansados y presentables, una suave llamada en la puerta anunció la llegada de Saeros.
—El Concilio os espera. Elrond desea escuchar lo que habéis visto.
Con el murmullo del Bruinen al fondo, avanzaron hacia el porche de la entrada, donde el destino parecía haberlos convocado.
El porche alto de Imladris estaba iluminado por lámparas cuya luz temblaba como una calmada respiración. Sobre las losas claras imperaba un silencio reverente, tan sólo roto por el murmullo del río Bruinen en el valle. Allí aguardaban Elrond, erguido como un héroe antiguo; Glorfindel, resplandeciente aun bajo la penumbra; Erestor, atento y medido; y el hombre de barba breve y mirada profunda al que todos llamaban Trancos.
Farin se irguió, carraspeó y empezó a hablar con solemnidad.
—Señor Elrond, los Enanos de Erebor honran la amistad de los Eldar desde tiempos que mis palabras no alcanzarían a enumerar —dijo—. Ahora puedo volver a dar muestra de esta hermandad… —miró a sus compañeros— puesto que nuestros viajes han revelado señales que ningún pueblo libre debería pasar por alto.
Elrond lo observó con atención y asintió lentamente.
Edrahil continuó.
—Partimos de Bree con una misión encomendada por Mithrandir —comenzó—. Pensábamos que Lond Daer sería nuestro destino. Pero este nos condujo por tierra, por mar hasta que finalmente arribamos a la Isla de la Madre.
Glorfindel alzó una ceja.
—La Isla de la Madre… No escuchaba ese nombr desde hacía mucho.
—Allí —siguió Edrahil— guardado por espíritus de Angmar, hallamos un túmulo. En su interior descansaba el caballero Tarandis de Arthedain.
Los elfos intercambiaron miradas graves. Ninguno interrumpió.
Entonces se levantó Hafgrim. Durante un instante guardó silencio, apretando el puño sobre la empuñadura de la espada. Después habló.
—En Lond Daer, un adivino profetizó que yo era el heredero del héroe que descansaba en aquel túmulo. Aquel era un destino que yo no había reclamado. Pero al encontrarme frente a la tumba, escuché la voz de Tarandis y sentí que la profecía era cierta. Allí había inscritas palabras sobre la muerte y sobre el miedo. Sobre un poder al que incluso los valientes vacilan en mirar: Amón Guruthos.
Glorfindel entornó los ojos, como si las sílabas le activaran un recuerdo amargo.
—Pero junto a los restos de Tardis había algo más que palabras: allí yacía también su herencia —prosiguió Hafgrim, y entonces desenvainó Estelang.
La oscura espada brilló con un fulgor tenue. La luz de las lámparas se reflejó incierta en las vetas plateadas de la hoja, que se entreveraban sinuosamente con las de metal oscuro.
—¡Estelang! —exclamó Glorfindel. No la había visto desde los días de Arabel.
El alto efo avanzó un paso, contemplando la espada.
—Tarandis luchó con valor contra Angmar —continuó—. Sirvió con honor al padre de Arvedui, cuando las sombras crecían sobre los hombres del Norte. Su corazón era firme y recto. Su destino, trágico. Esta espada fue su última compañera, y su regreso… —alzó la mirada hacia los tres aventureros— es un signo que no debe ignorarse.
Edrahil habló de nuevo, su voz baja pero firme.
—El regreso de Estelang no puede ser casual. Tampoco lo son los muertos que se alzan ni los sueños turbios que acechan a los hombres. El mal de Amon Guruthos se está despertando. Sabemos que no permanecerá dormido por mucho más tiempo.
Su mirada buscó la de Elrond.
—Os pedimos ayuda para hallar el lugar a donde nos deben conducir nuestros pasos. Necesitamos saber dónde se levantó aquel horror. Y cómo entrar en él… si es que aún hay esperanza.
Entonces Farin se irguió, inspiró hondo y entonó un canto. La conmovedora melodía ascendió hacia las vigas del porche. Las estrofas surcaron el aire con la claridad de un instrumento tocado con maestría:
Sopla el viento, sopla el viento.
Sopla bajo el cielo azul.
Sopla en tono de lamento
entre ramas de abedul.
Baja el río, baja el río.
Baja sin saber por qué.
Baja con el paso frío
de los que pierden la fé.
Cae la nieve, cae la nieve.
Cae en silencio y se va.
Cae el adiós que nos debe
el que ya no volverá.
Mar de espuma, mar de espuma.
Mar de espuma blanca y gris.
Mar que extravía en la bruma
a los que huyen del país.
No soy viento, no soy río,
no soy nieve, no soy mar.
Soy dueño de mi destino,
soy guardián de este lugar.
¡Yo no soplo, yo no bajo,
yo no caigo, no me voy!
Persistir es mi trabajo,
esperanza es lo que doy.
Cada palabra caló en los presentes: en Trancos, cuyos ojos se entrecerraron; en Glorfindel, que inclinó la cabeza como en reconocimiento; en Erestor, que inspiró hondo, emocionado; y en Elrond, cuya mirada adquirió una claridad profunda, como si estuviera viendo más allá de las montañas que cercaban el valle.
Cuando el eco final se desvaneció, Elrond habló con una voz que parecía brotar de la tierra misma:
—La sombra se ha levantado en el este. El Enemigo ha reclamado sus dominios en Mordor y su poder se extiende como una marea silenciosa sobre la Tierra Media. Por ello los orcos vagan intranquilos, y antiguos males que permanecían dormidos comienzan a removerse. Amon Guruthos es uno de ellos.
Miró a Estelang, que reposaba en la mesa enfrente de Hafgrim.
—Que esta espada haya vuelto ahora no es azar. Su retorno indica que un destino está tejido para quienes la portan. El mal de Amon Guruthos aún no se ha alzado por completo, pero el despertar ya ha comenzado. Si queréis enfrentarlo, sabed que os aguarda una tarea ardua y peligrosa que llevará mucho tiempo emprender.
En torno al concilio se hizo un silencio tenso, como el instante previo al estallido de una tormenta. Todos comprendieron que lo que había empezado en Bree dejaba de ser un viaje y se convertía, sin vuelta atrás, en una senda marcada por la voluntad del destino.
Elrond volvió el rostro hacia Glorfindel. El elfo dorado se incorporó. Su mirada, normalmente serena, tenía ahora el brillo acerado de alguien que ha visto caer reinos y levantarse sombras que ningún mortal podría imaginar.
—Si debo hablar —dijo—, lo haré con la claridad que merece este asunto. Combatí contra Angmar en sus últimos días, cuando el Rey Brujo aún dominaba en Carn Dûm y su sombra se extendía sobre las montañas del norte. Persiguimos a su hueste en retirada hasta más allá de Forodwaith, más al este que el monte Gundabad.
El silencio se volvió expectante. Farin y Hafgrim se inclinaron hacia delante sin darse cuenta; Edrahil mantenía los ojos fijos en Glorfindel como si cada palabra fuese una clave.
—Allí —prosiguió el elfo— encontramos otra fortaleza utilizada por los siervos del Enemigo. No era el bastión del Rey Brujo, aunque se alzaba frente a él, vigilante como un centinela maligno. En esa fortaleza existía desde tiempo inmemorial un templo oscuro. Amon Guruthos, la Colina del Miedo, estaba allí desde mucho antes que Angmar, y su presencia envenenaba la esperanza. No alberga vida: la extingue. No inspira valentía: la desgarra. Todo en ella es muerte.
Un escalofrío recorrió la estancia. El brillo de las lámparas élficas pareció atenuarse brevemente.
—Los caballeros humanos que nos acompañaban no lograron acercarse a la colina —continuó Glorfindel—. El peso de su propia mortalidad los paralizaba. Los elfos sí nos aproximamos, pero ni siquiera nosotros pudimos derrotar por completo al mal que dormía allí. La batalla final tuvo lugar en la fortaleza del Rey Brujo, y allí se quebró su poder. Tarandis, vuestro antepasado —miró a Hafgrim—, intentó con otros valientes acabar con la sombra de Amon Guruthos. No tuvo éxito. Nadie lo tuvo.
Hafgrim, sin pronunciar palabra, miró fijamente la hoja de Estelang, tumbada sobre la mesa.
—La colina no tiene puertas, ni entrada visible. El Rey Brujo abrió un camino subterráneo desde su fortaleza hasta la raíz misma de la colina, un corredor de tinieblas. Muchos hombres trataron de seguirlo. Muy pocos volvieron. Y los que regresaron… no eran los mismos. La muerte camina allí, y quien entra debe enfrentarse a ella de frente.
Glorfindel guardó silencio un instante, y su voz se suavizó apenas:
—Si ese mal está despertando, será un desafío digno de héroes verdaderos. No obstante, antes de dirigiros hacia allí, deberíais aprender cuanto podáis, conocer bien la naturaleza del enemigo y estar seguros de que podréis soportar su sombra. El peligro no es inmediato, pero que haya comenzado a levantar a los muertos es motivo de inquietud.
Elrond asintió, grave.
—Amon Guruthos es un faro para la oscuridad. Todo mal cercano lo percibe y se reúne en torno a él como insectos alrededor de una llama.
Trancos, que hasta entonces había permanecido atento y callado, intervino con cierta prudencia en la voz:
—No encontraréis el camino por vuestra cuenta. Ni siquiera con un mapa. Las tierras del extremo norte son traicioneras, y la senda hacia Amon Guruthos estará oculta por ventiscas, barrancos y pasos que cambian con las estaciones. Pero los Lossoth, el pueblo de hielo, conocen esas regiones mejor que nadie. Algunos de nuestros montaraces los han visitado, y su guía sería inestimable. Y por lo que habéis contado, vosotros ya tenéis contacto con algunos de ellos.
Farin alzó las cejas. Hafgrim asintió despacio. Edrahil recordó el nombre y la imagen surgió de inmediato: Jagat, el cazador de ojos sonrientes que habían encontrado junto a su partida, varada en la Isla de la Madre.
—Si seguís ese camino —continuó Trancos— evitaréis cruzar la cordillera vigilada por Carn Dûm y rodearéis el monte Gundabad, que aún alberga huestes que sería insensato provocar.
Glorfindel añadió:
—Estelang ha regresado para un propósito. No dudéis de ello. Pero cada paso que deis os colocará frente a la oscuridad misma. Preparad el ánimo, pues ni las armas ni la fuerza bastarán si el espíritu flaquea.
Bajo la luz tenue del valle, los aventureros comprendieron que el destino les había señalado una senda: hacia el frío extremo del mundo, donde la muerte dormida en Amon Guruthos comenzaba a abrir los ojos.
Farin tomó aire, dispuesto a completar el rompecabezas con las piezas sueltas que aún no había podido mencionar.
—Hay algo más que debemos contar —dijo—. Orothel nos habló de incursiones orcas cada vez más frecuentes. Y ahora sabemos que no exageraba. Nosotros mismos encontramos rastros claros de que orcos procedentes de Moria han llegado hasta el Camino del Este. Y no eran simples merodeadores: parecían exploradores.
Trancos inclinó la cabeza, atento.
—Lo sospechábamos —respondió—. Y confirma lo que está ocurriendo más allá de las Montañas Nubladas. La sombra que ha despertado en el Este empuja a los siervos del Enemigo hacia afuera, como ratas que huyen de un fuego más grande. Creí en su momento que los trasgos derrotados en la Batalla de los Cinco Ejércitos eran los que se habían refugiado en Moria, y que no se atreverían a salir con facilidad. Pero en Moria hay otro mal más antiguo y profundo… y no me sorprendería que también estuviera inquieto.
La palabra “mal” quedó suspendida pesadamente en el aire.
—Hemos visto señales de orcos cerca de las entradas de Moria —continuó el montaraz—. También en los valles del sur. Lo hablaré con Orothel cuando regrese, aunque ahora tiene una tarea importante en Tharbad.
Erestor se aproximó entonces, llevando un pequeño cofre abierto. En su interior, varias botellas delgadas brillaban con la luz del valle.
—Miruvor de Rivendel —explicó—. Un cordial para el viaje y un tónico que alivia el agotamiento del cuerpo y del ánimo. Consideradlo un regalo de nuestra casa, que os honra por el camino que habéis emprendido.
Elrond se acercó a los aventureros y posó sobre cada uno de ellos una mirada que mezclaba afecto, respeto y cierta tristeza por la carga que estaban dispuestos a asumir.
—Rivendel siempre tendrá un lugar para vosotros —dijo—. Venid cuando lo necesitéis. Nuestra amistad os acompaña allá donde vayáis.
De vuelta en sus aposentos, Farin intercambió una mirada con Hafgrim, luego con Edrahil.
—Creo que deberíamos ir a Erebor —dijo el enano con determinación—. El rey Dáin debe conocer lo que hemos descubierto sobre Moria. Si hay un movimiento de orcos, debe prepararse… o al menos saber que algo se está gestando.
Edrahil asintió, pero su expresión mostraba una idea distinta.
—En Ostirion hay tres torres blancas —recordó—: la de la Guardiana, la de los Huéspedes y la de la Visión. Tal vez en esta última podamos encontrar más información sobre Amon Guruthos. Sus sabios podrían ayudarnos a descifrar lo que aún ignoramos. Creo que vale la pena intentarlo.
Los tres quedaron un momento pensativos, evaluando caminos distintos que, sin embargo, apuntaban al mismo destino final.
—Entonces nos separaremos temporalmente —decidió Hafgrim, sin dramatismo, como quien da un paso necesario—. Edrahil viajará a Ostirion y consultará la Torre de la Visión. Farin y yo regresaremos a Erebor y hablaremos con Dáin. Una vez terminadas nuestras tareas, volveremos a reunirnos aquí, en Rivendel.
Farin cruzó los brazos y asintió con firmeza.
—Así lo haremos. Y cuando regresemos, estaremos listos para lo que venga.
Edrahil añadió:
—Y cuando llegue ese día, Estelang no estará sola.
En ese instante, el viento del valle trajo el rumor de las hojas y el murmullo del agua del Bruinen. Parecía una bendición, o quizá una despedida anticipada.
Los caminos se abrían ante ellos. La sombra, en algún lugar del extremo norte, parecía inmutarse invisible, como si hubiese escuchado sus planes.



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