Capítulo 10: La sombra de Dol Guldur

 


La Compañía fue recibida en la gran sala bajo la montaña, donde las columnas se alzaban como troncos petrificados y el aire olía a hierro y el carbón de las forjas.

En el sitial de piedra, el Rey Dáin I escuchaba sin inclinar el cuerpo. A su derecha, Balin observaba con la atención de quien seguía soñando con regresar al Reino de Durin.

—Decís que habéis entrado en Khadad-Dûm —dijo Dáin, sin elevar la voz—. Y que no lo hicisteis a ciegas.

—No, señor —respondió Farin—. Flonar posee la llave de una puerta secreta. Una entrada ignorada por orcos y hombres. Hemos visto salas intactas. Forjas preparadas. Cámaras cerradas y no violadas.

Un murmullo cruzó la sala.

—Hablad con exactitud—ordenó Balin—. ¿Intactas decís?

Farin describió la Sala Imperecedera, el Mercado Occidental, la Cámara de Narvi, la forja preservada, los instrumentos para trabajar el mithril. Habló de los paneles de ithildin desmontados con método, de la biblioteca vacía pero no saqueada.

Su voz tenía convicción, pero algo no terminaba de prender en el corazón de los enanos. Algunos de ellosfruncieron el ceño. Otros intercambiaban miradas escépticas.

—Muchos han vuelto con historias —dijo uno de los consejeros—. Pocos con pruebas.

Farin tensó la mandíbula.

Edrahil dio un paso al frente con una inclinación medida.

—Señores de la Casa de Durin —comenzó—, no comparezco aquí como quien dicta, sino como quien ha sido honrado por vuestra hospitalidad y vuestra memoria. Lo que hemos visto no es una quimera nacida del deseo. Es un trabajo realizado con razón, con previsión. Es una retirada ordenada.

Su lenguaje, elegante y florido, obligaba a escuchar con atención, pero su mensaje parecía llegar. Los enanos, esta vez, parecían interesados.

—Si las salas fueron vaciadas y no devastadas, es señal de una intención. ¿Y cuál podría ser esa intención sino el retorno?

Algunos asintieron. Otros permanecieron inmóviles. La perspectiva del regreso era mayor que cualquier argumento.

Fue Hafgrim quien habló con mayor claridad.

—No venimos a pedir gloria para Flonar —dijo—. Solo la justicia de un rey noble como Dáin I. Sin la ayuda de quien fue justamente proscrito, no habríamos encontrado nada, ni siquiera la esperanza. Desobedeció, sí. Pero con su acto de contrición nos ha descubierto una vía. Si el enemigo se mueve dentro de lo que ahora llaman la Gran Gruta, si Malech el Tuerto vigila Moria Occidental, con seguridad habrá más tribus de orcos allí, preparándose para llevar a cabo los planes del enemigo. Para combatirlos necesitamos la ayuda de cada corazón ardiente que desee regresar a Khazad-Dûm, y de cada mente que conozca los túneles y sus secretos.

Se hizo un silencio más denso.

—Mantened su castigo, si consideráis que sigue siendo justo —añadió—. Pero os ruego que juzguéis también sus nuevos actosl. Khazad-Dûm no se recuperará solo con severidad, sino con inteligencia.

Balin miró a Dáin. El rey no respondió aún.

—El hombre ha hablado con razón —dijo finalmente Balin—. Habéis traído testimonios que merece la pena considerar. Y por lo que sé son algo más que palabras.

Farin entendió. Descolgó su escudo rúnico y lo mostró. Hafgrim hizo lo propio. Edrahil presentó la lanza, donde la Llama de la Esperanza parecía latir suavemente.

Hubo exclamaciones de admiración, y el ambiente cambió perceptiblemente.

—Y aun así —dijo un enano anciano—, un tesoro no es un reino.

Farin guardó silencio un instante. Luego alzó la voz.

—Tal vez sea donde empecemos a conquistarlo.

Entonces entonó con voz profunda:

A Moria vamos. ¡A Moria!
Con escudos, con espadas.
Con la venganza en los ojos.
Con hachas bien afiladas.

Los enanos empezaron a murmurar, siguiendo la letra del canto. Cuando llegó al final, muchos de ellos se habían puesto en pie, uniendo sus voces al llamado de Farin:

¿De Moria dices? ¿De Moria?
De Moria los exiliados
a Moria regresaremos,
¡está vez como soldados!

Al terminar no hubo aplausos. Hubo algo más contenido: respiraciones profundas, miradas decididas.

Dáin se levantó despacio.

—Flonar desobedeció —dijo—. Eso es cierto. Pero si lo que decís es verdad, sus nuevos actos nos han abierto el camino a una esperanza que desconocíamos.

Miró a los presentes uno por uno.

—Sus acciones lo redimen de su falta anterior. Y lo que ha señalado no es una aventura aislada, sino una senda para el Reino de Durin.

El murmullo ya no era de duda.

—Convocad un consejo —ordenó Dáin—. Que se examinen mapas antiguos. Que se consulten registros. Si existe una puerta que aún responde a una llave enana, entonces Khazad-Dûm no está cerrada para siempre.

El viejo Balin sonrió levemente acariciando su barba blanca.

—Habrá que hablar de suministros, de exploradores, de alianzas —dijo—. Y de paciencia. Mucha paciencia.



La Compañía permaneció en la Montaña Solitaria durante algún tiempo para recuperar fuerzas y prepararse para sus futuras misiones. Mientras tanto, los enanos hablaban. Las grandes decisiones exigían calma, y el pueblo de Durin actuaba con prudencia.

El salón  donde los enanos se reunían para trazar estrategias bullía deexpectación contenida. Farin, Edrahil, Hafgrim y el siempre inquieto Byrgol (que no dejaba de dar bocados a un pastel), descansaban junto al fuego, escuchando los informes de otras expediciones que habían regresado con más preguntas que respuestas. Ninguna había llegado tan lejos como ellos.

Una de las expediciones, liderada por un enano de barba trenzada llamado Bori, había intentado acercarse a la Puerta del Valle del Arroyo Sombrío.

—Está cerrada por dentro —informó Bori, golpeando el mapa con el nudillo—. No hay forma de abrirla desde el exterior, y solo Durin sabe lo que habrá al otro lado.

—¿Y si la vigilamos? —preguntó un joven enano—. Podríamos emboscar a los orcos si salen.

—O podríamos estar meses esperando y no ganar nada —respondió Balin, cruzando los brazos, pensativo.

Farin, que había estado escuchando en silencio, intervino.

—Hay otra opción —dijo, señalando un punto en el mapa—. La puerta secreta. Si Flonar nos da la llave, podríamos entrar por allí, atravesar Moria de parte a parte y abrir la Puerta del Este desde dentro.

—¿Y si hay orcos en el camino? —preguntó Bori, frunciendo el ceño.

—Entonces lucharemos —respondió Hafgrim, con voz firme—. Pero no es eso lo que me preocupa. Las puertas occidentales estaban cerradas y tampoco se podían abrir por dentro. No sin ayuda de magia. Si una partida encontrase lo mismo en la puerta oriental, sencillamente estaría atrapada.

Balin asintió, pensativo.

—Y a pesar de ello… parece la única opción con posibilidades de éxito. Floki —dijo, mirando al enano mercader—, tú conoces bien a tu hermano. ¿Crees que cederá la llave?

Floki se rascó la barba, meditando la respuesta.

—Flonar es terco como una mula —dijo—, pero no es tonto. Si ve que esto puede redimirlo, lo hará. Iré con un grupo de mis hombres al Valle Dorado. Llevaremos cuervos mensajeros para informar a la Montaña Solitaria de su respuesta. Si Flonar cede la llave al Rey, lo sabréis en días, no en semanas.

Mientras los demás discutían estrategias, Farin se acercó a Balin, que observaba un mapa antiguo de Khazad-Dûm con una expresión sombría.

—Hay algo en lo que sigo pensando —dijo Farin, bajando la voz—. Antes de irnos de Moria, los enanos de Dol Mirdan se llevaron los libros de la biblioteca. Y no solo eso: también las placas de la Sala Imperecedera. ¿Sabes algo de eso?

Balin levantó la vista, con una sombra de tristeza en los ojos.

—Nyi y sus herederos  no eran tontos —respondió—. Si sabían que Moria caería, se llevaríann los libros y los tesoros para que no cayeran en manos del enemigo.

—¿Pero adónde los llevaron? —preguntó Farin, con un deje de frustración.

—No lo sé —admitió Balin—. Pero quizá no estén perdidos para siempre.

Farin asintió, aunque la duda lo carcomía. Entonces vio algo más en la mirada de Balin, algo que el viejo enano no decía.

—¿Hay otra cosa? —preguntó, cruzando los brazos.

Balin suspiró, pasando una mano por su barba.

—Hablando de objetos perdidos, hay uno que me quita el sueño —confesó—. El anillo de Thráin, mi abuelo. Gandalf me dijo que fue capturado y llevado a Dol Guldur. Y no dejo de pensar que quizá el anillo aún esté allí…

—¿Y por qué no ir a buscarlo? —preguntó Farin, con un brillo de aventura en los ojos.

—Porque Dol Guldur ya no es una ruina abandonada —respondió Balin, con voz grave—. Ahora es un nido de sombras que vuelve a bullir de orcos.

Farin entendió. Balin no era un cobarde, pero tampoco un imprudente. El viejo enano sabía que no le sobraba el tiempo, pero este seguía siendo su principal aliado.


Al cabo de unos días, Floki y sus hombres partieron hacia el Valle Dorado, llevando consigo cuervos mensajeros y la esperanza de una respuesta favorable. Balin, que había estado en silencio durante la despedida, miró hacia el este, donde las montañas se alzaban como un muro de sombra.

—Hay algo que he estado considerando —dijo, con voz pensativa—. Habéis hablado de los orcos de Malech el Tuerto, y de que seguramente habrá más en las minas. Por mi parte, yo no pondré un pie en Khazad-Dûm hasta que las salas de mis antepasados estén limpias de sangre orca.

Farin, que había estado escuchando, asintió con aprobación.

—Ninguna otra cosa sería digna del honor que merece tu estirpe —dijo—. Porque esta será una guerra con honor, y con el fuego de Durin en nuestros corazones.


El Salón del Consejo de Erebor ardía bajo la luz de las antorchass. El Rey Dáin I, con su barba trenzada y sus ojos brillantes como el acero, escuchaba los nuevos informes con una mezcla de curiosidad y recelo. A su lado, Balin trazaba líneas en un mapa de pergamino, señalando rutas y puntos oscuros.

—Los orcos de Gundabad están activos —dijo Dáin, golpeando el mapa con el nudillo—. Necesitamos saber por dónde entran en Moria. Si controlamos sus movimientos, podremos cortarles el paso.

—¿Y si en lugar de vigilarlos, los atacamos? —preguntó un enano joven, con el hacha ya desenvainada antes de terminar la frase.

Dáin lo miró con una ceja alzada.

—No somos bastantes —respondió—. Pero una alianza con los Beórnidas y los Hombres del Bosque podría darnos ventaja. Ellos odian a los orcos tanto como nosotros.

—El Camino Viejo sigue infestado de Hombres Oscuros —intervino Farin, apoyando las manos en la mesa—. Si limpiamos esa ruta, tendríamos un paso seguro hacia el este. Y la Hermandad de los Forajidos de Geirbald podría ser de gran utilidad.

Balin asintió, pasando los dedos por su barba.

—Una buena idea —reconoció—. Eso nos evitaría depender del camino de los elfos. Ellos siguen sin confiar en nosotros.

Hafgrim, que había estado en silencio, habló con voz medida.

—Yo me inclinaría por explorar el norte —dijo—. Ese camino me llevaría más cerca de Amon Guruthos, y tal vez los orcos u otras criaturas pudieran darme pistas sobre cómo llegar allí.

Mientras el consejo seguía, Farin recordó una historia que había escuchado y que ahora cobraba nueva relevancia.

—¿No fue Frar el Barbilampiño quien encabezó una partida para conquistar el Pozo Gris? —preguntó, mirando a Balin.

Balin asintió, con una sonrisa que iluminó su rostro y su barba blanca.

—Sí, hace tres años —respondió—. Frar y sus seguidores pidieron ayuda a Dáin para reclamar su hogar ancestral: una antigua ciudadela enana, construida sobre una mina de hierro. Los orcos y los trolls la habían tomado. ¡Pero Frar la reconquistó!

—¿Y ahora? —preguntó Edrahil, intrigado.

—Ahora es un puesto enano aliado de Erebor —explicó Balin—. Hay una ruta comercial establecida. Pero no es la única noticia importante de los últimos años. También hay rumores de que se ha encontrado oro en las montañas del Bosque Negro.

—¿Oro? —Farin arqueó una ceja—. Eso atraerá a muchos enanos.

—Exacto —asintió Balin, con voz sombría—. Aunque, por lo que sé, también ha atraído a algunos de  los mercenarios humanos que acompañaron a Frar.

—¿Y orcos? —preguntó Edrahil, uniéndose a la conversación.

—Los orcos siempre están donde hay algo que robar y prisioneros que hacer—respondió Balin, con un gesto de desdén



Los enanos discutían estrategias cuando un grito agudo resonó, seguido por el aleteo de alas poderosas. Un búho gigante, con plumas del color de la ceniza y ojos dorados como brasas, se posó en el respaldo de un sitial de piedra, llevando un pergamino atado a su garra con un cordel de crin. Los guardias se sobresaltaron, pero Balin, con experiencia en asuntos extraños, tomó el mensaje y lo desenrolló.

—Es de Radagast el Pardo —anunció, con voz grave—. Un tipo especial. Amigo de aves y bestias más que de las comodidades de las torres. Dice que tiene noticias importantes y que llegará en breve.

Radagast llegó al día siguiente. Entró en la sala sin solemnidad, con la barba enmarañada y la túnica salpicada de hojas secas. Parecía distraído, como si escuchara algo que los demás no podían oír.

—Majestad —dijo, inclinándose apenas—. No traigo grandes saludos, sino un mesaje de auxilio.

Hablaba con voz suave, pero no débil.

—Hace tres años, en Yule, los hombres del bosque celebraban sus fiestas como es debido. Había música, hogueras… Pero luego gritos. Y orcos. Muchos. Fue una matanza, pero además se llevaron muchos prisioneros.

Un silencio tenso se extendió.

—Envié criaturas mías a seguir su rastro. Cuervos, ardillas, incluso zorros que aún recuerdan viejas lealtades. Todo apunta a lo que sospechábamos: algo oscuro ha vuelto a asentarse en Dol Guldur.

Balin frunció el ceño.

—¿Vuelve? —preguntó.

Radagast lo miró como si la pregunta no tuviera respuesta sencilla.

—Ciertamente, nunca se fue del todo, como habríamos deseado.

Continuó.

—Junto a los prisioneros, los orcos se llevaron un objeto singular: la Lámpara de Balthi. Desconozco con exactitud sus poderes, pero para los hombres del bosque fue una pérdida inmensa. Y tal vez un botín de valor incalculable para el enemigo.

Hafgrim apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Estáis seguro de que actuaban por orden de Dol Guldur?

—Tan seguro como puede estarlo alguien que escucha a los árboles —replicó Radagast—. Los prisioneros fueron llevados al Castillo del Puente de los Pantanos, una de las defensas exteriores de la antigua fortaleza del Nigromante.

Explicó entonces que las lluvias torrenciales habían anegado amplias zonas del Bosque Negro. La calzada que unía el castillo con Dol Guldur estaba debilitado, a punto de volverse intransitable.

—Mientras puedan —dijo— trasladarán a los cautivos a Dol Guldur. Después será imposible rescatarlos.

—¿Qué proponéis? —preguntó Dáin.

—Reunirnos en Rosgobel dentro de un mes y medio. Hombres del bosque acudirán. Los beórnidas colaborarán. También he enviado mensajes a los compañeros de mi orden.

Dáin meditó unos instantes.

—Una alianza con los hombres del bosque nos conviene —dijo—. Pero Erebor no puede prescindir de muchos guerreros.

—No hace falta un ejército —respondió Radagast—. Pero necesitamos rapidez.

Farin dio un paso al frente.

—Yo iré —dijo—. Y reclutaré voluntarios.

Byrgol, que no se había perdido la oportunidad de unirse a la expedición, saltaba de un pie a otro, incapaz de contener su emoción.

—¡Yo también iré! —exclamó, blandiendo su cuchillo como si fuera una espada legendaria—. ¡Puedo colarme donde los grandes no caben!

Farin lo miró con una mezcla de exasperación y cariño.

—Solo si obedeces las órdenes —advirtió—. Y no te comes todas las provisiones.

Byrgol asintió con entusiasmo, aunque todos sabían que esa promesa solo duraría hasta el primer desayuno.



En una semana, una docena de enanos estaban listos. Algunos tenían cuentas pendientes con Dol Guldur; otros seguían a Farin por convicción o admiración.

Hafgrim, por su parte, habló con hombres de Valle. Media docena aceptó unirse. Había mercenarios, pero también amigos suyos y enemigos declarados de la sombra del sur.

—No es solo por ellos —dijo uno de los voluntarios—. También es por los nuestros.

Mientras tanto, en Erebor se organizaban otras expediciones. Unas hacia pasos secundarios de las Montañas Nubladas. Otras para confirmar o desmentir rumores. A los pocos días, el pequeño contingente de enanos, hombres, un elfo y un hobbit, partió hacia Rosgobel para llegar en el plazo señalado.

Marcharon a toda prisa hacia los territorios de la Hermandad de los Forajidos. Cuando por fin debieron entrar en el Bosque Negro, hojas de los árboles, oscuras y pesadas, se cerreronsobre ellos como un dosel funesto, y el aire olía a tierra mojada y algo maligno que hacía que hasta los más valientes apretaran con más fuerza las empuñaduras de sus armas. Edrahil y Hafgrim se adelantaron, moviéndose con cautela.

Geirbald Mataparientes los encontró antes que ellos a él, en un claro oculto entre robles centenarios, rodeado por sus hombres, que observaban a los recién llegados con una mezcla de recelo y respeto. El hombretón con casco de cabeza de lobo escuchó en silencio mientras Edrahil le explicaba la situación: los prisioneros en el Castillo del Puente, la Lámpara de Balthi, y la oportunidad de redimir a su gente ante los Hombres del Bosque.

—¿Por qué habríamos de arriesgarnos? —preguntó Geirbald, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso—. Nosotros ya tenemos suficiente con sobrevivir en este bosque maldito.

Hafgrim dio un paso adelante, su voz firme y clara.

—Porque si ayudáis a liberar a esos prisioneros, los Hombres del Bosque os recordarán como aliados, no como bandidos —dijo—. Y porque si la sombra está despertando en Dol Guldur, ninguno estaremos a salvo.

Geirbald lo miró durante un largo momento, como si midiera el peso de sus palabras. Finalmente, asintió. Se dirigió hacia sus hombres y pasó un rato discutiendo con ellos. Al cabo de rato, regresó junto a Hafgrim y Edrahil .

—Os acompañaré con cuatro de mis hombres —dijo—. No puedo obligar a todos a venir: son gente libre, y la mayoría de ellos solo quiere vivir para ver otro amanecer.

—Si esos cuatro son como tú, no podríamos pedir más —respondió Edrahil, con una inclinación de cabeza.

El resto del viaje hasta Rosgobel fue rápido, pero tenso. El pequeño asentamiento, construido con madera oscura y piedra, se alzaba como un refugio en medio de la espesura, rodeado por una sólida cerca y protegido por una evidente aura mágica que parecía mantener a raya a las amenazasde la oscuridad. Al llegar, encontraron a una figura imponente y peluda que esperaba junto a la puerta principal, destacando entre un grupo de hombres de aspecto no menos feroz. El gigantón  los recibió con un gruñido de reconocimiento al ver a Mataparientes.

—¡Geirbald! —rugió, dándole una palmada en el hombro que casi lo derriba—. ¡No esperaba verte por aquí!

—El bosque nos une a todos, Beorn —respondió el forajido, con una sonrisa torcida—. Aunque a veces nos separe.

Dentro del salón principal, iluminado por antorchas que proyectaban sombras danzantes, Radagast el Pardo los esperaba, rodeado por un grupo de Hombres del Bosque y algunos Beórnidas. El viejo mago, con su túnica de tonos terrosos y su bastón tallado con runas, parecía distraído, acariciando a un cuervo posado en su hombro mientras murmuraba algo en una lengua que solo las bestias entenderían. Junto a él se encontraba otra figura conocida: Gandalf el gris, que observó a los recién llegados con cara de preocupación.

—¡Ah, habéis llegado! —exclamó al verlos—. ¡Bien, bien! El tiempo apremia, amigos míos. Dol Guldur se agita, y los prisioneros no pueden esperar.

—¿Dónde están los otros miembros de vuestra orden? —preguntó Farin, mirando alrededor con recelo.

—Saruman no ha podido venir —respondió el mago gris, de nuevo con gesto preocupado—. Sus estudios lo retienen en Orthanc. Pero no os preocupéis, ¡tenemos suficientes manos y garras para esta empresa!

Radagast asintió, extendiendo un mapa desgastado sobre la mesa.

—El Castillo del Puente de los Pantanos no es grande, pero es sólido. Antigua piedra sobre piedra más antigua. Está rodeado de pantanos por tres de sus lados. No podríamos tomarlo en un asalto frontal sin muchos más guerreros de los que tenemos.

Señaló unos puntos en el mapa.

—Crearemos una distracción en el lado oeste. Ruido, fuego si es preciso. Aquí la ayuda de Gandalf será muy valiosa. Beorn y sus hombres contribuirán atacando desde el bosque y atrayendo a los guardias. Mientras tanto, un grupo pequeño se infiltrará por el este, liberará a los prisioneros y recuperará la Lámpara. Yo iré con ellos —añadió, con un brillo de determinación en sus ojos—. Mis… habilidades son útiles en lugares oscuros.

Beorn gruñó su aprobación.

—¡Perfecto! Yo me encargaré de que los vigías de Dol Guldur miren hacia otro lado —dijo, mostrando sus colmillos en lo que podría ser una sonrisa—. Mis hermanos y yo distraeremos a las bestias mientras vosotros hacéis vuestro trabajo.


Al día siguiente se pusieron en marcha hacia el castillo y, tras una dura caminata por el bosque sobre un terreno cada vez más anegado, llegaron a sus proximidades.

El castillo emergía entre brumas y aguas estancadas, asentado sobre una elevación de piedra. Era evidente que se había construido sobre restos más antiguos: bloques ciclópeos en la base, añadidos más toscos en lo alto. Las almenas estaban reforzadas con madera oscura, y una torre vigilaba el puente que comunicaba el castillo con una calzada elevada que se internaba hacia el sur, medio sumergida entre los pantanos.




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