Capítulo 9: El Bosque Negro
El amanecer en la Aldea del Brezal Gris era frío, aunque la primaver estaba bien avanzada. Los campos de los alrededores los techos de paja y las empalizadas de madera brillaban cubiertos de gotas de rocío. Farin ajustaba las correas de sus alforjas, mientras Edrahil revisaba una última vez las provisiones. Byrgol, sentado junto a un fuego apagado, daba cuenta de la última ración de torta de miel que le había dado el elfo.
—¡Otra tortita! —pidió el hobbit, aún con la boca llena—. Y además, si voy a ir con vosotros, ¡también me gustaría que me pusierais en vuestra canción!
Hafgrim, que estaba afilando la hoja de Estelang, soltó una carcajada.
—¿En la canción? —preguntó, levantando una ceja—. ¡Pero tú no aún no has hecho nada!.
—¿Cómo que no? —protestó Byrgol, cruzando los brazos—. ¡Maté a un trasgo!
—Eso fue antes de encontrarnos—respondió Hafgrim sonriendo de buena gana—. Pero si quieres estar en nuestro canto, tendrás que hacer algo más a partir de ahora. Y pedírselo amablemente a Farin, que es nuestro bardo.
Byrgol frunció el ceño, pero sus ojos brillaban con determinación.
—Es igual. Me quedaré con vosotros hasta que merezca aparecer en un vuestra canción —dijo, levantándose de un salto—. ¡Y os demostraré lo que valgo!
Edrahil, que estaba hablando con unos ancianos del pueblo, se acercó al grupo.
—Los lugareños insisten en que el Camino Viejo es peligroso —advirtió, con voz grave—. Aunque ahorra mucha distancia hasta Erebor.
—¿Cómo de peligroso? —preguntó Hafgrim, envainando su espada.
—Hay arañas —respondió uno de los ancianos, que los estaba escuchando—. Seres de la oscuridad. Hombres lobo. Y hombres oscuros que acechan a los pocos viajeros que se atreven a tomar el camino.
Hafgrim se rio por lo bajo.
—¡Arañas! —exclamó—. No me dirás que tenéis miedo a las arañas.
El anciano no sonrió.
—No son arañas comunes, sino criaturas enormes y terribles —y cuando observó que Edrahil se alejaba un poco para conversar con Byrgol, añadió en voz baja—: de todos modos… seguro que es menos peligroso que dar un rodeo por el sur y acercarse demasiado al bosque de la bruja de Lorien.
—En cualquier caso, está decidido —repuso Farin, ajustando el arnés de su caballo—. Tomaremos el Camino Viejo y tal vez consigamos abrir de nuevo esa ruta para los pueblos libres.
Nada más poner el pié bajo el dosel del Bosque Negro, este los recibió con un silencio abrumador. Desde el primer momento, la luz del sol pareció desaparecer, interrumpida por la espesura de los árboles. Las hojas no eran verdes, sino de un tono oscuro, casi negro, como si un encantamiento oscuro las hubiera tocado. Los líquenes que crecían en los troncos brillaban con un inquietante resplandor verdoso, como si estuvieran cubiertos de una humedad malsana.
—Si esto no es obra del Enemigo, tampoco parece natural —murmuró Edrahil, pasando los dedos por la superficie de un roble retorcido. Los nudos de la corteza formaban caras burlonas y amenazantas, como si los árboles mismos les dijeran que no eran bienvenidos.
Aún no se habían internado demasiado cuando Byrgol, que hasta entonces había estado saltando de piedra en piedra, se detuvo de golpe.
—¿Oís eso? —preguntó, con voz temblorosa.
Todos se quedaron inmóviles. Entre los árboles, se escuchaba un susurro, como voces lejanas que murmuraban palabras incomprensibles.
—No es nada, solo el viento —dijo Hafgrim, aunque su mano se cerró alrededor de la empuñadura de su espada.
—El bosque se ahoga, pero respira —susurró Edrahil, con los ojos entornados—. Y no nos quiere aquí.
Farin siguió guiando al grupo por el Camino Viejo, pero pronto se dio cuenta de que las marcas hechas en los árboles se iban desvaneciendo, de modo que avanzaban sin rumbo y en penumbra constante bajo el follaje impenetrable. En más de una ocasión, tuvieron que retroceder, perdidos entre la maleza, hasta que el enano encontraba de nuevo el sendero.
—Esto no parece un bosque —murmuró Edrahil—. Parece una trampa.
El camino se volvía cada vez más difícil. Las ramas parecían cerrarse a su paso, y el aire olía a tierra húmeda y podredumbre, como si la muerte los acompañara. De vez en cuando, el susurro de las hojas se convertía en palabras, frases incompletas que parecían burlarse de ellos. En más de una ocasión, Hafgrim tuvo que desenvainar Estelang para atravesar a grandes tajos un muro de zarzas y lianas.
—¡Esta no es solo una espada! —dijo el hombre de Valle con una risa sin alegría—. Es un machete para abrirnos paso entre los engaños de la oscuridad.
—Tenemos que seguir —dijo Farin, preocupado—. No debemos quedarnos aquí ni un momento más de lo necesario.
Los días pasaban en una penumbra sin fin. La luz del sol, ya tenue en las lindes del bosque, se desvanecía por completo a medida que se acercaban al centro de la floresta. Byrgol, que a menudo se había alejado del grupo para explorar, de repente desapareció. No era la primera vez que lo perdían de vista, pero esta vez su ausencia se había alargado demasiado.
—¡Byrgol! —gritó Farin, deteniéndose—. ¿Dónde estás, muchacho?
No hubo respuesta. Edrahil frunció el ceño.
—Algo no está bien —murmuró—. El bosque se ha quedado demasiado quieto.
Entonces empezaron a silbar las flechas.
De entre los árboles surgieron figuras encorvadas, vestidas con pieles oscuras y los cuerpos pintados de negro. Gritaban en una lengua gutural, y antes de que el grupo pudiera reaccionar, ya estaban sobre ellos.
Una flecha rebotó en casco de Farin, que se dejó caer para amortiguar el golpe. Otra se clavó en la cota de malla de Hafgrim.
—¡Por Valle! —gritó Hafgrim, cargando contra el primero de los atacantes, que venía armado con una lanza. Esquivando la punta del arma enemiga, asestó un tajo limpio sobre el cuello de su adversario, cuya cabeza cayó al suelo con un golpe seco.
Edrahil, rápido como un relámpago, tensó su arco y disparó. La flecha atravesó el pecho de otro atacante, que se desplomó con un gemido. Farin se incorporó de un salto y partió de arriba abajo a un tercero con su hacha.
—¡Maldición! —gruño el enano—. Son al menos una docena. ¡Esto se pone feo!
Hafgrim apretó los dientes y derribó de un mandoble a otro enemigo, pero entonces surgió de entre las ramas un hombre gigantesco y musculoso, con el rostro tatuado con espirales oscuras. Armado con un hacha de mango largo, se abalanzó sobre el hombre de Valle.
Los hombres oscuros seguían acercándose, y otro armado con una lanza hizo caer de nuevo a Farin, aunque el enano no parecía gravemente herido. Hafgrim y el que era claramente el jefe de los asaltantes se encontraron en el centro de la refriega y empezaron a intercambiarse golpes con fuerza letal. El hombre de Valle consiguió asestar un potente mandoble a su enemigo quien, resistiendo el impacto le devolvió un gran tajo que repercutió contra el escudo de Hafgrim, haciendo que este rechinara los dientes de dolor.
—¡Cuidado! —gritó Edrahil, disparando otra flecha y haciendo caer a otro hombre oscuro.
Las saetas volaban en una y otra dirección sin alcanzar su blanco. Farin, incorporándose, derribó a su adversario de un hachazo certero. Pero uno de los enemigos soltó su arco y cargó hacia el elfo profiriendo un grito de guerra. La punta de su lanza se clavó en el costado de Edrahil, que sintió el dolor como una agonía.
Hafgrim observaba la situación desesperado. Reuniendo fuerzas, lanzó una lluvia de estocadas contra el jefe, sin preocuparse de su propia debilidad.
—¡Maldito seas! —rugió, lanzando otro tajo.
Esta vez, Estelang surcó el aire en una curva mortal, cercenando limpiamente brazo del hombre oscuro, que cayó al suelo con un alarido.
Mientras tanto, Edrahil se debatía herido con su enemigo, pero antes de que este pudiera asestarle un golpe mortal, una figura pequeña y veloz surgió de entre los árboles.
—¡Byrgol! —gritó Edrahil, esperanzado.
El hobbit se lanzó como un rayo contra el hombre oscuro intentando clavarle su cuchillo en el muslo. El hombre gruño y perdió el equilibrio, permitiendo que Edrahil, con un movimiento rápido, lo atravesara con su lanza.
—¡Gracias, pequeño! —jadeó el elfo, aferrando su arma con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Hafgrim, exhausto, se enfrentaba ahora a otro hombre oscuro armado con un hacha, con el que se intercambiaba golpes terribles que herían a ambos adversarios. Farin, viendo a su compañero en peligro, trataba de deshacerse de su propio rival, pero este hizo que el enano volviera a poner la rodilla en tierra.
—¡No! —gritó Byrgol, señalando a otro hombre oscuro que corría hacia Hafgrim para sumar su lanza al hacha de su compañero.
Pero era demasiado tarde. Hafgrim recibió al recién llegado con un mandoble que habría partido en dos a un hombre menos recio, pero este se mantuvo en pie y, entre los dos hombres oscuros, asediaron al hombre de Valle hasta dejarlo inconsciente de un fuerte golpe en la cabeza.
Farin, magullado y jadeannte, se puso en pie protegiéndose de los golpes de su enemigo y, súbitamente, empezó a entonar su propio canto de guerra:
A Moria vamos. ¡A Moria!
Con escudos, con espadas.
Con la venganza en los ojos.
Con hachas bien afiladas.
Y mientras cantaba, el hacha del enano volvió a silbar, acabando con el hombre oscuro. El canto de Farin resonaba entre los árboles como un trueno. Edrahil, herido pero firme, se unió a él, y hasta Byrgol, con su cuchillo en alto, los acompañaba.
Los tres enemigos que quedaban vacilaron.
—¡Por Erebor! —rugió Farin, cargando contra ellos.
Los hombres oscuros, viendo la determinación en sus ojos, retrocedieron, tratando de arrastrar consigo el cuerpo de su jefe. Pero Farin los amenazó con el hacha y, finalmente huyeron, desapareciendo entre la espesura como sombras.
—¡No los dejéis escapar! —gritó Byrgol, dispuesto a perseguirlos.
—¡Alto! —lo detuvo Edrahil, sujetándolo del brazo mientras se tapaba su herida con la mano—. Aunque no lo parezca, hemos tenido suerte. Pero no sabemos lo que nos puede estar esperando ahí fuera.
Al cabo de unos minutos, Hafgrim recobró el sentido con un gemido lastimero. Se tocó la cabeza, donde un chichón empezaba a formarse, y miró a sus compañeros.
—Por todos los valar… —murmuró—. ¿Estamos vivos?
—Apenas —respondió Farin, ayudándolo a levantarse—. Pero seguimos en pie.
Examinaron sus heridas. La de Edrahil era la peor: una punzada profunda en el costado, donde la sangre empapaba su túnica. Farin le apretó un paño contra la herida, pero el elfo palideció.
—No es nada —mintió Edrahil, aunque su voz temblaba—. Seguiremos adelante.
Hafgrim, con el hombro magullado y la cabeza palpitante, se limpió la sangre de la frente.
—Nueve cuerpos —contó, mirando los enemigos caídos—. Y nada que saber de ellos. Solo esas pinturas negras y los feos tatuajes de su jefe.
—Deben de ser los Hombres Oscuros de los nos hablaron en la aldea, —dijo Byrgol, todavía temblando de emoción.
Edrahil suspiró, apoyándose en su lanza.
—Sea lo que sea, este lugar no es seguro. Tenemos que movernos.
Farin asintió, mirando hacia la espesura.
—Debemos reanudar la marcha —dijo—. Antes de que los amigos de estos decidan que aún no han terminado con nosotros.
—Una cosa antes —dijo entonces Byrgol señalando hacia atrásl—. Cuando me perdí hace un rato fue porque vi unos postes con unas calaveras, como señalando el territorio, y me acerqué a investigarlos.
Farin frunció el ceño y miró en la dirección por donde seguía el camino. Efectivamente, entre los árboles se alzaban postes de madera toscamente tallados, cada uno rematado con una calavera humana. Las cuencas vacías parecían observarlos con malignidad.
—Sí, eso ciertamente está marcando un territorio —murmuró el enano, pensativo—. Los hombres oscuros no quieren compartir sus presas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Hafgrim.
—No es buena idea seguir por el camino —respondió Farin—. Si nos adentramos, nos estarán esperando. Y tal vez no sean solo salvajes; tal vez hayan servido al Nigromante.
—¿Y si damos un rodeo por el norte? —sugirió Edrahil—. Así no tendremos que volver a pelear con ellos.
Farin asintió.
—Buena idea —dijo—. Pero tendremos que regresar al camino en cuanto podamos. Por peligroso que sea en este tramo, mucho me temo que el bosque no nos perdonará si nos perdemos.
Tambaleándose y sangrando, reemprendieron la marcha desviándose hacia el norte e internándose en una zona donde los árboles se espaciaban engañosamente, ya que la luz del sol seguía sin filtrarse entre sus ramas. Sin embargo, el alivio duró poco. Al cabo de unas horas, el aire delante de ellos pareció llenarse de una extraña niebla blanquecina. Edrahil extendió el brazo y su mano tocó una hebra pegajosa que colgaba de las ramas.
—No es niebla —dijo, con voz tensa—. Es una tela de araña. Aunque no es reciente.
—¿Arañas? —preguntó Byrgol, mirando alrededor con los ojos como platos—. ¡Odio las arañas!
—Estas no son como las que conoces —respondió Edrahil, examinando los hilos con recelo—. Son grandes. Demasiado grandes.
Una voz grave y tonante los sobresaltó.
—El elfo tiene razón —dijo una figura que emergió de entre los árboles, tan alta que las ramas le rozaban los hombros.
El hombre —si es que podía llamarse así— medía más de dos metros de altura, con una complexión robusta y musculosa. Llevaba un casco hecho con la cabeza de un lobo, cuyos colmillos aún brillaban bajo la luz mortecina. En su mano derecha empuñaba una lanza de astil negro, y al hombro llevaba un arco tan grande como él. Sus ojos, de un azul pálido casi blanco, los observaban con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Quién eres? —preguntó Farin, empuñando su hacha con cautela.
—Soy Geirbald Mataparientes —respondió el gigantón, cruzando los brazos—. Y os he estado siguiendo desde hace un tiempo. Llegué tarde para ayudaros con los hombres oscuros, pero no es tarde para ofreceros refugio.
—¿Por qué habrías de ayudarnos? —preguntó Hafgrim, sin bajar la guardia.
Geirbald sonrió, mostrando dientes afilados.
—Porque los hombres oscuros son malvados —dijo, con un gruñido—. Y los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
Edrahil lo observó con atención.
—¿Eres tú el hombre lobo del que hablaban en la aldea de Brezal Gris? —preguntó, señalando el casco.
Geirbald se rió, un sonido profundo y resonante.
—No. ¡Yo lo maté! —exclamó—. Y tengo esta cabeza como trofeo. Pero no soy un hombre lobo. Solo un cazador.
Geirbald hizo entonces un gesto y seis figuras más salieron de entre los árboles, donde habían estado esperando ocultas. Eran hombres y mujeres rudos como él, vestidos con pieles y armados con arcos y lanzas. Junto a ellos, caminaron a través de senderos ocultos hasta llegaron a un claro donde se alzaba una larga casa de troncos, rodeada por un cercado adornado con cabezas de orcos.
—Me gusta vuestro sentido de la decoración —comentó Farin, acariciándose la barba.
Geirbald lanzó una carcajada y los condujo al interior de la casa, donde olía a humo, carne curada y pieles de lobo. Las paredes estaban cubiertas con trofeos de caza, y en el centro ardía un fuego que iluminaba los rostros curtidos de los habitantes.
—Bienvenidos a nuestro salón —dijo Geirbald, extendiendo una mano—. Aquí estamos a salvo.
Edrahil se inclinó levemente, en un gesto de respeto.
—Creo que todavía no nos hemos presentado. Yo soy Edrahil Lomelinde, de los Puertos Grises —dijo—. Estos son mis compañeros: Farin, hijo de Dáin, el Rey Bajo la Montaña. Este es Hafgrim el Alto, Guardián de Valle e hijo de Vandil el Generoso. Y este pequeño es Byrgol, de la Comarca.
Geirbald asintió, observando a cada uno con atención.
—No os confundáis —advirtió—. Para la gente del exterior somos forajidos, expulsados de nuestras tierras. Pero los hombres oscuros son peores. Y si sois enemigos suyos, sois amigos nuestros.
—¿Por qué os expulsaron? —preguntó Byrgol, con su habitual falta de tacto.
Geirbald miró al hobbit con una sombra de tristeza en los ojos.
—Siendo joven, mi hermana se perdió en el bosque —respondió—. La seguí y encontré el rastro del lobo negro del bosque… El hombre lobo del que habéis oído hablar. Creo que lo maté, pero al día siguiente descubrí que una de mis flechas había alcanzado a mi hermano. Desde entonces, me llaman Mataparientes.
Un silencio incómodo llenó la cabaña. Farin entendió el dolor en su voz.
—Todos llevamos cicatrices —dijo, con comprensión—. Aunque las de algunos duelen más y por más tiempo.
Geirbald asintió, agradecido.
—Los Hombres del Norte me expulsaron —continuó—. Luego otros desterrados se unieron a mí. Pero aquí hemos encontrado un hogar. Vivimos de la caza… y a veces del pillaje —admitió, sin vergüenza—. Pero no somos como los hombres oscuros. Ellos servían al Nigromante.
—¿No hay orcos en el bosque? —preguntó Hafgrim.
—A veces bajan de las Montañas Nubladas —respondió Geirbald—. Pero las arañas o nosotros damos cuenta de ellos.
—¿Arañas? —Byrgol se estremeció.
—Sí —dijo un hombre anciano que estaba calentándose junto al fuego—. Las hijas de Ella-Laraña. La más grande es Sarkin, pero también están Taunel el Cazador y Tiulkin la Negra. Y hay más, la menor de ellas tan grande como un hombre. A veces se reúnen en el Salón de las Arañas, al norte, donde celebran su parlamento.
—¿Entonces son inteligentes? —preguntó Edrahil, intrigado.
—Así es —respondió el anciano—. Como criaturas malignas que son.
Durante los días siguientes, la Hermandad de los Forajidos los acogió y pudieron curar sus heridas. A las preguntas de Edrahil sobre los gestos que le había visto hacer en el bosque, Geirbald le contó que había inventado un lenguaje de signos que permitía a sus hombres comunicarse en silencio durante la caza. También les habló del Señor de los Beórnidas, un aliado poderoso en el norte, entre el Bosque Negro y las Montañas Nubladas.
—Si lo visitáis —dijo—, decidle que vais de parte mía. Él os ayudará.
Al cabo de unas semanas, cuando las heridas de Edrahil y Hafgrim habían cicatrizado, fue tiempo de partir.
—Os agradecemos vuestra hospitalidad —dijo Farin, estrechando la mano de Geirbald—. Si alguna vez necesitáis ayuda, buscadnos en Erebor. No se… tal vez hasta podríamos colaborar mutuamente para reabrir el Viejo Camino. Mataríamos muchos hombres oscuros.
El gigantón sonrió con orgullo.
—Quizás no sea aún el momento —dijo—, pero la ayuda de los amigos siempre es bienvenida.
Así, con el corazón más ligero y el cuerpo recuperado, la compañía reemprendió su camino hacia el norte, dejando atrás el Bosque Negro y sus sombras.
Tras días de viaje, la Montaña Solitaria se alzó ante ellos, con su pico blanco centelleando al sol. Llegaron a las Puertas de Erebor, donde los guardias enanos recibieron con recelo a Edrahil.
—¿Qué hace un elfo en el dominio de los enanos? —preguntó un guardia, con voz arisca.
—Vengo como amigo —respondió Edrahil, con calma—. Y junto a mis compañeros, traemos noticias de Moria.
El guardia frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, una voz conocida resonó desde el interior.
—¡Farin! Por las barbas de Durin, ¡qué suerte que aún vivas!
Era Floki, el hermano de Flonar. Al verlo, la tensión de los guardias se relajó visiblemente.
—¡Floki! —exclamó Farin, abrazando a su viejo amigo—. ¡Necesitamos hablar con el rey Dáin!
El mercader enano asintió, mirando a Edrahil con curiosidad.
—El rey escuchará a los amigos de Farin —dijo—. Por extraños que estos puedan parecernos.
—Ciertamente —añadió Farin, con firmeza—. Edrahil es de nuestra compañía. Si el no entrase, nosotros tampoco lo haríamos.
Floki lo miró con admiración.
—Eso os honra —dijo—. Aunque no os prometo que todos vayan a verlo igual de bien.





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