Capítulo 7: A Moria
Al amanecer, un viento descendíó desde las cumbres allá en el este, arrastrando consigo el frío de la nieve acumulada durante el invierno. Tras un día de descanso en el campamento improvisado en las cercanías de Ost-in-Edhil, y a la vista de aquellas ruinas que apenas sugerían su pasado glorioso, el grupo reanudó la marcha siguiendo el curso del Sirannon. El río, serpenteante y de aguas oscuras, parecía guiarlos hacia un destino que todos aguardaban con inquietud e impaciencia.
Edrahil caminaba en silencio, su figura esbelta y ágil apenas perturbaba el aire a su alrededor. El elfo había recuperado sus fuerzas, aunque una sombra de preocupación aún nublaba su mirada. Al segundo día, mientras el sendero se estrechaba junto al río, su pie resbaló en una piedra cubierta de mugo. Por un instante, su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia el vacío, pero con un movimiento casi sobrenatural —como si el mismo viento lo sostuviera— recuperó el equilibrio. Farin, que marchaba tras él, contuvo el aliento.
—¿Estás bien? —preguntó el enano, frunciendo el ceño—. Eso no ha parecido suerte.
Edrahil asintió con un gesto sereno, aunque sus dedos se cerraron brevemente alrededor del asta de su lanza, como si buscara apoyo en algo más que la tierra bajo sus pies.
—No —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. Simplemente es una desventura que no ha sucedido. Ya hemos tenido suficientes hasta ahora, y no necesitamos más, viendo lo que tenemos por delante.
Hafgrim, que se había apartado del grupo, en busca de alguna caza, se detuvo y escudriñó el horizonte. Sus ojos, entrenados en la vigilancia, detectaron un repliegue en la roca, un hueco apenas visible entre la maleza.
—Allí —señaló con un gesto discreto—. Podríamos refugiarnos algún tiempo más para recobrar fuerzas.
Flonar, sin embargo, negó con la cabeza. Su barba, entrecana y bien cuidada, tembló levemente con el movimiento.
—No hay tiempo —dijo con voz áspera—. Estamos a menos de una jornada de las Mansiones de Thrain I. Si nos detenemos ahora, perderemos la luz del día, y ese camino no es seguro de noche.
Hafgrim lo miró dubitativo, pero asintió. Sabía que Flonar hablaba desde el conocimiento, no desde la imprudencia. Así que, con un gruñido de aprobación, el grupo reanudó la marcha, esta vez con mayor urgencia.
Cuando el sol comenzó a descender hacia el horizonte, alcanzaron su destino. Se trataba de un pequeño poblado de cabañas de piedra, abandonadas desde hacía siglos. Las paredes, cubiertas de musgo y hiedra, aún conservaban la solidez de la manufactura enana, aunque las puertas de madera habían cedido a la podredumbre y el silencio reinaba como un guardián invisible. Era un lugar olvidado, pero no desprovisto de memoria.
—Esto fue un acuartelamiento —dijo Flonar, pasando una mano rugosa por la piedra fría de una de las cabañas—. Aquí planeó Thrâin I la reconquista dea Khazad-Dûm, en los días en que soñaba con recuperar lo que era nuestro.
—¿Y por qué no lo hizo? —preguntó Svior, uno de los enanos más jóvenes, mientras inspeccionaba el interior de una de las construcciones.
Flonar escupió al suelo, como si el sabor de la respuesta le amargara la boca.
—Porque Nyi, la reina de Dol Mirdan, se opuso. Ella gobernaba Moria Occidental y no quería someterse al dominio de otros. Muchos enanos, cansados de las disputas, regresaron a las Montañas Azules. Y Thrain... —hizo una pausa, como si el peso de la historia lo aplastara— inspirado por el Anillo de Durin, decidió fundar Erebor. Pero eso es otra historia.
Hafgrim observaba el lugar con atención, sus ojos recorriendo cada sombra, cada grieta en la roca. No había señales de vida, pero tampoco de muerte reciente. Solo el eco de un pasado que se negaba a ser olvidado.
—Pues si tenemos que descansar aquí, hagámoslo —asintió, finalmente—. Mañana decidiremos nuestros próximos pasos.
A la mañana siguiente, Farin y Flonar exploraron los alrededores. El río Sirannon caía en cascada desde lo alto, formando los Saltos de la Escalera, un sobrecogedor conjunto de pozos y saltos de agua que brillaban bajo la luz del amanecer. Junto a ellos, una empinada escalinata de piedra, tallada directamente en la roca, ascendía hacia las Puertas de Durin, aunque también había un camino menos pronunciado que zigzagueaba entre los riscos.
—Ahí —señaló Flonar, con un gesto de respeto—. Esas escaleras fueron talladas por nuestros antepasados. Dicen que quien las sube con el corazón puro puede escuchar el latido de la montaña.
Farin resopló, no sin cierta admiración.
—O el crujido de sus propios huesos —respondió, pero sus ojos brillaban con curiosidad—. ¿Y ese otro camino?
—Para las mulas y caballos —Flonar sonrió por primera vez en días—. O para los que prefieren llegar arriba con los músculos intactos.
Mientras tanto, los enanos que no iban a acompañar al resto en la expedición a Moria —Svior y Hanar— se ocupaban de cazar y recolectar víveres. Las montañas no carecían de presas: conejos, aves y, si tenían suerte, alguna cabra. La carne se secaría al sol y se empaquetaría con hierbas para conservarla. No sabían cuánto tiempo estarían dentro, pero la preparación era importante.
Hafgrim, por su parte, se mantenía alerta. Subió a un risco cercano desde donde podía vigilar el valle y el camino que habían recorrido. No había señales de persecución, pero el instinto le decía que no siempre escaparían a la mirada del mal.
Esa noche, mientras el fuego crepitaba en el interior de la cabaña que habían acondicionado como campamento, Farin y Flonar se alejaron de la compañía de los demás. El enano de Erebor rompió el silencio.
—Si se abre de nuevo el paso —decía Farin—, este lugar será imporante.
—Lo fue una vez —respondía Flonar—. Y lo será otra, si Durin lo permite.
—¿Qué crees que encontraremos allí arriba? —preguntó Farin, su voz más baja de lo habitual.
Flonar miró hacia la oscuridad, como si en ella pudiera ver el futuro.
—Encontraremos verdades —respondió, finalmente—. Algunas nos gustarán. Otras... —hizo una pausa— nos romperán el corazón.
Farin asintió. Sabía que el enano desterrado hablaba de algo más que tesoros o ruinas. Hablaba de lo que Moria había sido y de lo que podría volver a ser. O de lo que nunca más sería.
—Sea lo que sea —dijo Farin, levantándose y dándole una palmada en el hombro a Flonar—, nos enfrentaremo a ello. Como siempre.
Flonar sonrió, aunque sus ojos seguían perdidos en las sombras.
—Como siempre —repitió.
Después de unos días de descanso y con las fuerzas renovadas, el grupo de exploradores se dispuso a emprender la etapa final de su camino. El aire en las Mansiones de Thrain I era frío al amanecer. Hanar y Svior, los enanos más jóvenes, se quedaron atrás para cuidar de las monturas y vigilar el campamento. Farin, Hafgrim, Edrahil, Flonar, Dortin y Sonkar ajustaron sus mochilas y revisaron una última vez sus armas y pertrechos.
—Si volvéis —les despidió Svior, con una media sonrisa—, traed buenas noticias. De las que hablan de oro y mithril, a ser posible.
Con el sol aún bajo en el horizonte y el ánimo esperanzado, inicieron la subida por el camino zigzagueante, atravesando las cascadas del Sirannon en sus idas y venidas. A mediodía, con las piernas cansadas, llegaron hasta la parte alta, encontrándose en un valle estrecho, donde los acebos crecían espesos y oscuros, sus hojas brillantes bajo la luz del sol. El silencio solo era roto por el murmullo del Arroyo de la Puerta, cuyas aguas cristalinas serpenteaban entre las piedras.
—Este es el Valle de la Bienvenida —dijo Flonar, deteniéndose un momento para tomar aliento—. Donde el camino de piedra conduce a la Puerta Occidental de Khazad-Dûm. Pero no es por donde debemos ir.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Edrahil, ajustando la correa de su arco mientras escudriñaba los alrededores.
Flonar acarició un objeto que llevaba siempre junto a él, aunque hasta entonces apenas habían reparado en el mismo: una llave de metal oscuro cuyos extremos recordaban la forma de una estrella.
—Hay otro camino —dijo, señalando hacia el norte—. Uno que pocos conocen.
Después de andar unos minutos por el camino que avanzaba hacia el enorme cortado en la ladera de la montaña, al que los enanos llamaban “las Murallas de Khazad-Dûm", Farin se desvió hacia la izquierda, por un sendero de grava que giraba hacia el norte. El sendero seguía el curso del arroyo que conducía hasta las fuentes del Sirannon. Pronto el sendero empezó a ascender. En algunos tramos, los puentes que cruzaban el arroyo estaban rotos, y en otros, las crecidas del arroyo había arrasado parte del camino, obligándolos a escalar por la pared rocosa. Los enanos, acostumbrados a la vida en las montañas, trepaban con seguridad, pero Hafgrim y Edrahil debían medir cada paso.
—Cuidado con el musgo —advirtió Sonkar, un enano de brazos gruesos y voz grave—. Está resbaladizo.
Farin asintió, clavando los dedos en una grieta de la roca antes de impulsarse hacia arriba. Hafgrim lo imitó, aunque con menos agilidad, mientras Edrahil procuraba subir con más cuidado del que solía.
Flonar iba a la cabeza, deteniéndose cada cierto tiempo para escuchar.
—No levantéis la voz —gruñó en más de una ocasión—. Aquí los ecos no atraerán amigos.
Tras horas de escalada, cuando el sol se acercaba al horizonte, llegaron a una pequeña repisa de piedra. Frente a ellos, la pared de la montaña se alzaba lisa y fría, sin grietas ni señales de paso. Flonar se acercó y pasó una mano por la superficie, como si buscara algo que solo él podía ver.
—Esperemos aquí —ordenó Flonar—. Hasta que caiga la noche.
—¿Aquí? —protestó Farin—. No veo nada.
—Esa es la idea —respondió el enano—. La luna nos dará la respuesta.
Los demás se sentaron, cansados pero demasiado intranquilos para bajar la guardia. Farin sacó un trozo de pan seco y lo partió entre los demás, mientras Hafgrim vigilaba el camino que habían recorrido. Edrahil, en silencio, observaba a Flonar, como si intentara descifrar el enigma que el enano guardaba en su mente.
Cuando la luna se alzó sobre las montañas, su luz plateada iluminó la pared de roca. Lentamente, como si despertara de un sueño, unas runas grabadas en ithildin comenzaron a brillar, trazando palabras en khuzdul. Farin las leyó en voz alta:
"Que las estrellas guíen tu camino, hermano."
Bajo las runas, casi imperceptible, se dibujó la silueta de una estrella de siete puntas, idéntica a la de la llave que Flonar llevaba consigo. El enano respiró hondo. Sacó la llave y, con manos que temblaban solo un poco, la introdujo en una grieta casi invisible junto a la estrella tallada. Un golpe metálico resonó en el silencio. Todos contuvieron el aliento.
—Empujad —dijo Flonar.
Juntos, presionaron con fuerza contra la roca. Al principio, no cedió. Pero entonces, con un crujido de piedra y metal oxidado, una puerta oculta se abrió hacia el interior de la montaña, revelando un pasadizo oscuro y silencioso. El aire que salía de allí olía a polvo antiguo y metal frío, como si el tiempo mismo hubiera quedado atrapado tras aquella puerta.
Farin encendió una linterna, y la luz danzó sobre las paredes talladas, iluminando símbolos y runas que hablaban de un pasado olvidado.
—Bienvenidos —susurró Flonar, con una sonrisa que era más triste que triunfal— a Khazad-Dûm.
—Esto no es solo lo que queda del orgullo de Durin —musitó Edrahil, observando las paredes con ojos que veían más allá de lo visible—. Es una morada en la que habita la oscuridad.
El túnel que penetraba en la montaña se tragó la luz de sus antorchas como un abismo hambriento. El aire que los rodeaba estaba cargado con el aliento de los siglos. No era solo oscuridad lo que los recibió, sino un silencio tan profundo que parecía absorber hasta el eco de sus propios pasos. Farin, en la vanguardia, alzó su linterna y avanzó con cautela, la mano libre apoyada en la cabeza de su hacha. Tras él, Hafgrim sujetaba con fuerza la empuñadura de Estelang, sintiéndola vibrar como si la espada reconociera el mal en el lugar.
—Hay unas escaleras más adelante —murmuró Flonar, como si temiera que la montaña lo oyera.
—¿Suben o bajan? —preguntó Hafgrim.
Flonar no respondió de inmediato.
—Bajan —dijo al fin—. Siempre bajan.
—Entonces vayamos directamente hacia las Puertas de Durin —decidió Farin—. No ganamos nada perdiendo el tiempo.
El enano avanzó, iluminando el camino con su antorcha. Las paredes, talladas con una maestría que solo había conseguido dominar el pueblo de Durin, a veces parecían resonar con crujidos sordos, como si la montaña misma respirara. En esos momentos, un polvo fino y gris caía del techo, brillando a la luz temblorosa de las llamas de las linternas. Farin alzó una mano, deteniendo al grupo.
—Escuchad —susurró—. La montaña habla.
Todos se quedaron inmóviles. En el silencio, el latido de sus propios corazones parecía un trueno, y la respiración de sus compañeros, un rugido. Edrahil cerró los ojos, como si intentara descifrar un mensaje en el aire mismo. Hafgrim sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Moria… —murmuró Edrahil, abriendo los ojos—. No es solo una mina abandonada. Es un lugar sagrado.
Un tramo de escaleras descendentes desembocó en una amplia gruta de techos abovedados, donde estalactitas y estalagmitas se unían formando columnas talladas con runas enanas. Farin reconoció al instante los símbolos: era un puesto de guardia, una caverna natural que los enanos de antaño habían adaptado para vigilar el acceso a las profundidades. Hasta Hafgrim y Edrahil quedaron impresionados por la belleza de las tallas que adornaban las paredes: figuras de guerreros, dragones y montañas se entrelazaban en la piedra, como si la historia misma hubiera sido congelada en el tiempo.
Pero la salida de la sala estaba bloqueada por un derrumbe antiguo. Rocas del tamaño de un hombre obstruían el camino, y el polvo del corrimiento aún cubría el suelo como una alfombra gris. Farin se acercó, pasando los dedos por los escombros.
—Retrocedamos —dijo finalmente—. Hay otra bifurcación más atrás.
El segundo camino los llevó a una estancia que no parecía tallada por manos enanas. El desorden, los huesos rotos esparcidos por el suelo, los restos de hogueras, y las manchas oscuras en las paredes transmitían una sensación de crueldad y de desprecio.
—Un nido de orcos — dijo Farin, desconsolado—. Abandonado pero lleno de señales de su maldad.
—Y saqueado —dijo Sonkar, pateando un cráneo partido con el pie—. No hay nada de valor aquí.
Dejaron el nido atrás y siguieron avanzando. Las horas pasaron en una agotadora sucesión de subidas y bajadas por pasadizos que parecían no tener fin. El cansancio se acumulaba en sus piernas, y la oscuridad, aunque rota por el círculo de luz de sus antorchas, parecía crecer a su alrededor, como si la montaña los estuviera devorando.
Finalmente, decidieron descansar. Se sentaron en un rellano un poco más amplio donde el aire era algo menos opresivo, y compartieron un trozo de pan duro y carne seca. Nadie hablaba. Solo el masticar de sus dientes y el crujido lejano de la montaña rompían el silencio absoluto.
Cuando reanudaron la marcha, el aspecto de los pasillos empezó a cambiar. Los corredores se ensancharon. Las salas crecieron en altura y proporciones. Finalmente, el pasadizo se ensanchó de repente, abriéndose a un inmenso salón de columnas majestuosas cuyos techos se perdían más allá de la luz de las antorchas. En el centro, una escalinata amplia descendía hacia la oscuridad, y al fondo, cerradas y solemnes, se alzaba el interior de las Puertas de Durin.
Acercándose lentamente a ellas, notaron que la superficie de las puertas había sido arañada con furia, como si alguien —o algo— hubiera intentado abrirlas desde dentro, sin éxito. Las marcas eran profundas. Algunas de las estatuas enanas que flanqueaban la entrada habían sido destruidas, sus rostros desfigurados por golpes brutales. Y en el suelo, restos antiguos —fragmentos de piedra, herramientas oxidadas— yacían esparcidos, como si el tiempo los hubiera olvidado allí.
—Esto… —dijo Farin inspeccionando los surcos abiertos en la piedra— debe de ser obra de los orcos.
Edrahil se acercó, estudiando las Puertas de Durin con atención. Eran imponentes, talladas con runas que brillaban débilmente bajo la luz de las antorchas, como si aún conservaran un vestigio de su antigua magia.
—Efrahil —dijo, sin apartar la mirada de las puertas—. Dijiste que estas puertas eran mágicas.
—Así es —respondió el elfo, apoyándose en su lanza—. En los tiempos de Eregion se dice que había un Guardián de las Puertas. Era un cargo honorable. Solo él conocía la magia que podía abrirlas y cerrarlas. Y solo él decidía a quién abrirlas. Pero hace siglos que ese puesto está vacante.
El grupo volvió la espalda a las puertas, irremediablemente clausuradas, y vieron que al fondo del salón un gran arco se abría hacia lo que debía ser el camino principal de Moria, perdido en las tinieblas. Encaminaron sus pasos hacia allí, aunque sus linternas no eran capaces de iluminar su interminable longitud.
—Descansaremos aquí —anunció Farin, rompiendo el silencio—. Mañana veremos qué secretos esconde ese camino.
Nadie protestó. Uno a uno, se acomodaron en el suelo, con las espaldas contra las paredes talladas y las armas al alcance. Farin y Flonar montaron la primera guardia, mientras los demás intentaban dormir, aunque el peso de la montaña sobre ellos hacía que el descanso fuera esquivo.
Y cuando el sueño finalmente los venció, siguieron soñando con las sombras.
Al día siguiente, con las linternas encendidas y el estómago lleno de lo poco que les quedaba en las mochilas, atravesaron el gran arco. El camino principal de Moria se extendía ante ellos, ancho y recto, como una herida clavada en la montaña. Las paredes, talladas con una maestría que solo los enanos de la antigüedad dominaban, reflejaban la luz de sus antorchas en destellos plateados, como si la piedra misma estuviera viva. El pasadizo que se abría ante ellos no era un simple túnel, sino una gran avenida excavada con unos conocimientos olvidados que solo los enanos antiguos pudierondominar. A ambos lados, capillas imponentes se alzaban como vigías silenciosos, sus entradas flanqueadas por columnas esculpidas con runas que brillaban débilmente bajo la luz de las antorchas. El aire ahora olía a piedra antigua y metal frío, pero también a la sombra de un esplendor perdido.
Farin se detuvo, observando el camino que penetraba en una nueva oscuridad. Era ancho, demasiado ancho.
—No debemos ir por el centro —advirtió, bajando la voz—. Si las leyendas son ciertas, por aquí debían estar las forjas de Moria Occidental. Y si hay todavía hay orcos buscando algo de lo que no se llevaron, preferiría ser yo el que los sorprenda.
—Por aquí también puede haber alguna de las célebres salas enjoyadas —murmuró Flonar.
Farin resopló, aunque sus ojos brillaban con curiosidad.
—Si existen, no estarán a la vista de cualquiera —respondió—. Pero si las encontramos, sabremos que estamos en el lugar correcto.
Después de inspeccionar algunas de las capillas abandonadas, súbitamente entraron en una sala imponente, tan vasta que sus antorchas apenas iluminaban las paredes más lejanas.
—Esto me recuerda a la leyenda de la Sala Imperecededera —musitó Farin—. Se dice que la hizo construir la orgullosa reina Nýi, y que sus paredes estaban cubiertas de paneles de joyas e ithildin capaces de iluminar toda la sala reflejando el brillo de una sola vela.
—Pero los paneles han desaparecido. Y no parece que hayan sido rotos ni destruidos, sino desmontados con cuidado —murmuró Flonar, pasando los dedos por unos surcos tallados en la pared—. Sin duda esto no fue obra de orcos, sino de manos enanas. Es como si alguien hubiera planeado llevárselos para instalarlos en otro lugar.
Junto a la sala, una serie de habitaciones de invitados se abrían como cuevas en la roca. Una débil luz entraba del exterior a través de largos canales tallados en la piedra, iluminando un paisaje inesperado: anémicas aulagas habían crecido en las grietas entre restos de plantas muertas, como si la vida misma hubiera intentado reclamar aquel espacio abandonado.
Al otro lado de la gran sala, se abría una vasta cámara de techo abovedado y cubierto de cristal, que debía de haber refulgido como el sol, pero que ahora se hallaba ocluido por las rocas. Restos de vidrio estaban esparcidos por el suelo. Farin se acercó a una inscripción esculpida en grandes runas en la pared.
—Aquí dice que este era el Mercado Occidental —murmuró el enano—. Y aquellos almacenes de atrás deben ser los Graneros del Oeste.
Hafgrim y Edrahil se acercaron a donde señalaba Farin. Se trataba de unos enormes almacenes que en su día debieron estar repletos de provisiones. Ahora, muchos de ellos estaban inundados, y el agua estancada reflejaba la oscuridad como un espejo roto.
—Los orcos pasaron por aquí —dijo Sonkar, señalando pintadas grotescas en las paredes: símbolos de odio, marcas de garras, estatuas enanas destruidas—. Pero no se debieron encontrar nada. Solo destruyeron.
Farin se aproximó a otra de las estancias adyacentes a la Sala Imperecedera. Parecía un taller, y más allá aún podía verse una forja abandonada. Todo parecía haber sido saqueado. En las paredes podía leerse un texto tallado en Khuzdul:
—La Cámara de Narvi —tradujo Farin con voz queda—. Pero esta… no parece la forja de un gran maestro.
Al fondo, en medio del caos, una puerta cerrada llamaba la atención. Era una losa de piedra negra, sin cerradura visible, pero con marcas de haber sido golpeada una y otra vez, sin éxito.
—Y esta no es piedra común —dijo Farin, pasando los dedos por la superficie lisa—. Está encantada. Ningún pico podría abrirla.
Edrahil se acercó y tocó la puerta. Bajo sus dedos, la piedra brilló débilmente, y un símbolo apareció en su centro: un acebo, grabado en ithildin.
—¿Qué es esto? —preguntó Hafgrim, acercándose sorprendido.
—Un símbolo élfico —respondió Edrahil, con voz solemne—. De Celebrimbor.
Farin lo miró con inquietud.
—Recuérdanos la historia, elfo, —pidió—. Narvi y Celebrimbor eran amigos, ¿cierto?
Edrahil asintió y comenzó a hablar, su voz susurrante resonando en la cámara como un eco del pasado.
—Como sabéis, Narvi fue el mayor herrero de los enanos de Moria Occidental, y Celebrimbor, el más grande de los elfos de Eregion. Juntos forjaron obras que ni el tiempo pudo destruir. Pero cuando Sauron cayó sobre Eregion, Celebrimbor murió, y Narvi… —hizo una pausa— se fue retirando y se dice que desapareció, llevándose consigo los secretos de su arte.
Mientras Edrahil hablaba, el símbolo del acebo brilló con más intensidad, como si respondiera a sus palabras. Con un gesto decidido, el elfo apoyó la mano sobre la puerta y dijo en sindarin:
—Soy Celebrimbor. Abre.
Un temblor recorrió la losa. La piedra crujió, resistiéndose al principio, pero luego, con un sonido profundo, la puerta se abrió.
Tras ella, una sala pequeña se reveló ante ellos, intacta. En el centro, una forja brillaba como si hubiera sido usada el día anterior. Herramientas y armas colgaban de las paredes, perfectamente conservadas, como si el tiempo no hubiera pasado por aquel lugar. Y en un rincón, sobre un yunque, había un pequeño cofre de madera oscura.
Farin lo abrió con cuidado. Dentro, sobre un lecho de terciopelo, descansaba un anillo enjoyado. Su superficie brillaba con una luz propia. Su delicadeza hablaba de un saber perdido de otra edad.
Por un instante, todos quedaron mudos
—Este lugar fue abandonado por Narvi o los suyos —murmuró Farin, con un nudo en la garganta—. Pero esto… Esto no es solo un tesoro. Es algo que dejaron en recuerdo de la vieja amistad que les unía con los elfos de Eregion.
Tomó el anillo, lo sostuvo un momento, y luego lo tendió a Edrahil.
—Ese anillo siempre fue para un Elfo. Edrahil, tómalo.
Edrahil lo tomó con reverencia, sin hablar, sintiendo su peso en la palma de la mano. El enano apartó la mirada un instante antes de añadir, con esfuerzo:
—Aunque… cuesta pensar que esta gente y sus artes se hayan perdido para el pueblo de Durin en la diáspora. Me gustaría saber qué fue de ellos.
Nadie respondió. La forja intacta, silenciosa, parecía guardar la respuesta en su fuego apagado.
Aquel conjunto de salas que habían descubierto empezaba a parecerles un lugar perfecto para establecer la avanzadilla que podría reconquistar Moria Occidental para los enanos. Flonar, con un entusiasmo poco habitual en él, miraba las herramientas de la forja con ojos de asombro:
—¡Por las barbas de Durin! —exclamó, con una mezcla de fascinación y reverencia—. Aquí hay todo lo necesario para refinar y forjar mithril. ¡Mirad estos yunques! ¡Estas fraguas! ¡Estos crisoles!
Farin pasó los dedos por las herramientas de forja, aún en su lugar, como si sus antiguos dueños hubieran dejado el trabajo a medio hacer solo el día anterior.
—Se lo que piensas —dijo el enano—. Esto podría ayudarte a recuperar tu posición . Si llevas pruebas de esto a Erebor, el rey Dáin no podrá ignorarte.
Flonar asintió, pero su expresión era más solemne que triunfal. Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y determinación mientras recorría la sala, como si cada rincón le hablara de un pasado que aún dolía.
—Esto no es solo un taller —dijo, con voz grave—. Es una prueba. Una prueba de que los enanos de Moria Occidental no fueron exterminados. Huyeron. Y se llevaron lo que más valoraban.
—¿Y eso? —preguntó Edrahil, señalando hacia una sala opuesta, donde los estantes vacíos de lo que en otro tiempo debió ser una biblioteca cubrían las paredes.
—Los libros, los paneles de ithildin, las joyas de sus talleres… —Flonar suspiró—. Se fueron, pero no saquearon el lugar. Lo abandonaron con orden. Como si supieran que volverían.
Hafgrim observaba en silencio, sintiendo el peso de la historia en cada piedra. Aunque no era enano, entendía lo que aquel lugar significaba para Flonar. Pero también para todos los enemigos de la sombra.
Decidieron dormir allí antes de volver directamente a la salida secreta. Al despertar, y antes de emprender la marcha, dejaron provisiones de emergencia —carne seca, bizcochos duros, antorchas y agua— en un rincón protegido. Farin insistió en marcar su posición con señales ocultas, por si debían indicar a alguien dónde estaban.
El regreso a la salida fue más agotador de lo que esperaban. La oscuridad parecía hacerse más opresiva a su alrededor, como si la montaña misma respirara con ellos, cruel y hostil. Las linternas apenas iluminaban unos pasos adelante, y el silencio era tan profundo que hasta el sonido de sus propias pisadas parecía alarmarlos.
Entonces lo sintieron: un cambio en el aire.
—Eso es… —Hafgrim se detuvo de golpe, levantando una mano para detener al grupo—. ¿Calor?
No era el calor de sus cuerpos ni el de las antorchas. Venía de más adelante, como un aliento ardienteque se filtraba entre las grietas de la roca. Y con él, un olor ácido y metálico a humo y ceniza.
Flonar palideció.
—Eso no es natural —murmuró—. En Moria no hay fuego vivo. No desde que el daño de Durin…
Nadie terminó la frase. No hacía falta. Sin decir una palabra más, corrieron. Pero al pasar junto a una caverna lateral, vieron que de su interior procedía el calor, el humo y la ceniza. Un aliento profundo, como de fragua o de hoguera monstruosa, llegaba desde el fondo. Se miraron y aceleraron el paso con desesperación.
El pasadizo parecía prolongarse ante ellos, como si la montaña intentara retrasar su huida. Pero finalmente, tras lo que sintieron como una eternidad, llegaron a la puerta de salida. La abrieron y salieron tambaleándose mientras anochecía. Jadeando y agitados, como si hubieran escapado de las fauces de una bestia.
Nadie habló hasta que la puerta estuvo cerrada y ellos se sentaron bajo el cielo estellado.
—¿Qué demonios era eso? —preguntó Dortin, rompiendo el silencio. Su voz temblaba, algo inusual en un enano.
—No lo sé —respondió Farin, aún pálido—. Pero nada bueno.
Pasaron la noche en la repisa de la entrada, turnándose para vigilar. Nadie durmió bien. Al día siguiente, con el primer luz del alba, emprendieron el regreso a las Mansiones de Thrain I. El camino fue silencioso, cargado por el peso de lo que habían visto —y de lo que no habían visto, pero sentían.
Al llegar al campamento Hafgrim alzó la vista hacia las montañas y vio algo. Allí, hacia el sur, donde las moles de piedra se alzaban como gigantes dormidos, una columna de humo se elevaba en el cielo.
—Eso no debería estar ahí —dijo, entrecerrando los ojos.
—No —respondió Flonar, con voz tensa—. No hay nadie en esas montañas. Al menos, no que nosotros sepamos.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Todos sabían lo que eso significaba: No estaban solos en Moria.
Pasaron los siguientes días en las Mansiones de Thrain I, recuperando fuerzas y discutiendo qué hacer. Flonar estaba inquieto, su mente dividida entre el deseo de reivindicarse ante el rey Dáin y la necesidad de regresar al Valle Dorado. Sabía que, si quería recuperar su honor, debía llevar las pruebas de su descubrimiento a Erebor. Pero también sabía que los enanos que lo habían acompañado al destierro desde las Montañas Azules dependían de él. Finalmente, cedió a la llamada del deber hacia sus leales.
Farin intentó convencerlo.
—Ven con nosotros a Erebor —dijo, la noche antes de partir—. El rey Dáin escuchará lo que tenemos que decir. Y si le entregas la llave de la puerta secreta, nadie podrá negarte tu lugar.
Flonar lo miró durante un largo momento. Sus ojos brillaban con una mezcla de gratitud y tristeza.
—No puedo —respondió, finalmente—. Mi gente me necesita en el Valle Dorado. Y si os entrego la llave para que la llevéis vosotros… entonces no tendré nada. Por eso os dejaré esto —dijo, sacando un pergamino enrollado de su bolsillo—. Es una carta para mi hermano. Entregádsela y, con vuestro testimonio, él sabrá defender mi causa ante el rey.
—Volveremos —dijo Farin tomando el pergamino—. Y cuando lo hagamos, no estaremos solos.
Entonces, con voz profunda, cantó:
A Moria vamos. ¡A Moria!Con escudos, con espadas.Con la venganza en los ojos.Con hachas bien afiladas.
A las mansiones antiguasque nuestros padres tallaron,donde la luz ya no brillaporque fuimos desterrados.
A Moria, amigos, ¡A Moria!Por honor, por aventura.A rescatar los tesorosde los que hoy es sepultura.
A destruir a los orcos.A cumplir nuestro destino.A limpiar con sangre negrael reino que un día perdimos.
A Moria con furia. ¡A Moria!Con la ira de los enanos.Sin miedo, ¡con valentía!Con el fuego en nuestras manos.
Ni las obras de Nogród,o Belegóst la memoriase igualan a Khazad-Dúm.¡Volvera a brillar su gloria!
A Moria vamos, ¡A Moria!Cuyas forjas encantadasal viejo pueblo de Durinrecuerdan los Barbaslargas.
De Moria dices? ¿De Moria?De Moria los exiliadosa Moria regresaremos,¡esta vez como soldados!
Los ojos de Flonar y sus compañeros se humedecieron. El viejo enano se puso la capucha para ocultar su rostro.
—Que los Siete Padres os guíen —murmuró, en la despedida tradicional de los enanos.
Al amanecer del día siguiente, los caminos se separaron. Farin, Edrahil y Hafgrim emprenderíanel viaje de regreso a Erebor que debía llevarles a través de las Montañas Nubladas por el Paso del Cuerno Rojo. Un camino peligroso, pero más rápido. Flonar, junto a Dortin, Sonkar, Svior y Hanar tomaron el sendero de vuelta al Valle Dorado, llevando consigo la esperanza de que, esta vez, su rey los escucharía.





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