Capítulo 8: Byrgol
Mientras ascendían hacia el Paso del Cuerno Rojo, los aventureros hablaban sobre los objetos que habían rescatado de la Cámara de Narvi. Farin mostró el escudo redondo que llevaba embrazado. Estaba reforzado con metal oscuro y decorado con runas de poder que brillaban débilmente a la luz del amanecer. Lo giró, admirando el trabajo de los antiguos herreros. —Este escudo… —murmuró, pasando los dedos por los grabados— es más resistente de lo que parece. Y tiene algo más… un poder oculto forjado en él por su creador.
Edrahil, había tomado una lanza inusualmente robusta y contundente, su astil tallado con una hermosa filigrana, y la punta adornada con un símbolo que parecía una llama estilizada.
—La Llama de Esperanza —dijo, reconociendo el diseño—. Un emblema del que se decía que renovaba las fuerzas de los guerreros de antaño .
Hafgrim comprobaba el peso de su propio botín: un escudo asombrosamente ligero, también decorado con runas que brillaban como estrellas distantes.
—Es como si no pesara nada —comentó sorprendido, moviéndolo con facilidad—. Pero siento que podría detener un golpe de martillo de guerra.
—Eso es porque se trata de algo más que un escudo —dijo Farin, con un guiño—. Nada menos que el legado de un herrero legendario.
Los tres guardaron silencio por un momento, cada uno absorto en sus pensamientos. Aquellos objetos no eran simples armas, sino fragmentos de un pasado glorioso que habían sobrevivido al paso de los siglos para llegar a cumplir su destino.
Al alcanzar el Paso de Caradhras, el viento aullaba entre las rocas. Las montañas se alzaban a ambos lados. Sus cumbres estaban cubiertas de nieve, y el aire era tan frío que dolía respirar. Hafgrim, que se alejaba de vez en cuando del grupo en busca de presas de caza, se detuvo de repente, señalando hacia las alturas.
—¡Nubes! —gritó, por encima del rugido del viento—. ¡Y vienen rápido!
Edrahil siguió su mirada. Las nubes se precipitaban hacia ellos como un muro oscuro, que cubría el cielo. Pero lo que lo hizo contener el aliento no fue aquello, sino lo que vio en la ladera: la nieve, acumulada creaba formas extrañas. Y entonces lo reconoció: no eran sombras, sino un rostro siniestro esculpido por el viento, con ojos huecos y una boca abierta en forma de sonrisa maligna.
—¡Desviémonos! —ordenó Edrahil—. ¡Por el camino de la izquierda!
Farin no discutió. Conocía suficiente de las montañas para saber que si un oteador hablaba con esa urgencia, había que obedecer. Descargaron las monturas y se adentraron por un sendero más estrecho y peligroso pero que se alejaba de los inestables ventisqueros. El terreno era traicionero, pero avanzaron con determinación, animados por el canto de Edrahil, que les recordaba los versos compuestos por Farin en el Concilio de Estelang:
Cae la nieve, cae la nieve.
Cae en silencio y se va…
Poco a poco, el ritmo de la canción se unió al de sus pasos, infundiéndoles fuerzas. Farin sonrió, a pesar del frío, y hasta Hafgrim sintió cómo el cansancio se desvanecía.
Entonces se produjo el alud. Un rugido atronador inundó el aire a medida que una masa de nieve y roca se desprendía de la ladera, arrasando todo a su paso. Si hubieran seguido su camino original, habrían sido arrastrados por la avalancha. Pero desde donde ahora estaban, observaban, con el corazón en la garganta, cómo el alud pasaba cerca de ellos, dejando tras de sí un rastro de destrucción.
Mientras el polvo se asentaba, los ojos de Edrahil escudriñaron la cortina de nieve que aún flotaba en el aire.
—Algo nos sigue —murmuró.
—¿Orcos? —preguntó Hafgrim, ajustando el arco.
—No lo sé —respondió el elfo, y sin añadir nada más, se deslizó entre las rocas, desapareciendo como una sombra. Farin y Hafgrim continuaron su camino, pero más lentamente, atentos a cualquier movimiento.
Edrahil no tuvo que esperar mucho. Entre la neblina que se arremolinaba tras el alud, distinguió una figura encorvada y torpe que avanzaba con precaución, como temiendo ser descubierta. Un orco escasamente armado, de piel curtida y con ojos inyectados que bizqueaban visiblemene. Iba sin armadura y ligeramente armado con una corta cimitarra. Su postura delataba más cautela que ferocidad.
El elfo no dudó. Tensó su arco y disparó.
La flecha silbó, pero el blanco estaba demasiado lejos, y el rebufo del alud aún producía corrientes de aire invisibles. El proyectil se clavó en la nieve a sus pies. El orco alzó la vista con los ojos desorbitados y huyó deslizádose ladera abajo como un animal perseguido.
Farin y Hafgrim, que se habían detenido algo más adelante y habían observado la escena, saltaron como un resorte. El hombre de Valle unió sus flechas a las de Edrahil para detener al fugitivo, y en un momento dos astas emplumadas sobresalían de la trastabillante criatura. Farin, que había salido en su persecución, le dio alcance enseguida. La luz del día parecía quemar los ojos al orco, y el enano aprovechó su confusión.
—¡Alto, ser de la oscuridad! —rugió Farin, blandiendo su hacha—. ¡No puedes escapar!
El orco se detuvo, temblando. Sus manos, sucias y llenas de cicatrices, se alzaron implorantes. Farin lo miró con desdén, pero no le dio el golpe de gracia. En su lugar, lo golpeó con el asta de su hacha, dejándolo inconsciente.
Edrahil y Hafgrim se reunieron con el enano y reanimaron al prisionero con un chorro de agua helada. El orco despertó tosiendo, sus ojos llenos de pánico.
—¡No matar! ¡No matar! —balbuceó en la lengua común, con un acento gutural—. ¡Yo solo seguir!
—¡Habla! —exigió Farin—. ¿Quién te envía?
—¡Malech! ¡Jefe Malech! —el orco se retorcía en la nieve, temblando—. ¡Yo solo seguir! ¡Venir de la Gran Gruta!
—¿Tú solo? —Hafgrim apretó el puño alrededor de su espada—. No te creo.
—¡Jurar! ¡Jurar por el ojo sin párpado! —el orco escupió, como si el nombre le quemara la lengua—. ¡Snava venir también! ¡Pero él seguir a otros enanos hacia el norte!
Farin y Hafgrim intercambiaron una mirada: Flonar y su compañía.
—¿Cuánto tiempo pensabais acecharnos? —preguntó Hafgrim, agachándose para mirar al orco a los ojos.
—¡Hasta saber adónde vosotros ir! —el orco se encogió—. ¡Malech quiere saber! ¡Él mandar más después!
—No vamos a sacar nada más de él —dijo Hafgrim, con voz fría, y luego dirigiéndose a Farin añadió:— ¿Por qué no le cortas ya la cabeza? Estas criaturas no merecen piedad.
Edrahil, que había estado observando en silencio, se acercó.
—Porque no somos como ellos —dijo el elfo, aunque su expresión era sombría—. Y porque aún podría tener información.
—Ya sabemos lo que importa —respondió Hafgrim con dureza—. Si lo soltásemos y mañana nos hiciera prisioneros, preferiríamos estar muertos antes que sufrir lo que nos haría con gran gusto.
Farin asintió, pero vacilaba. Odiaba profundamente a los orcos, pero no era un asesino. Nunca antes había matado a sangre fría.
—No. No quiero matarlo así —sentenció el enano—. Pero tampoco podemos llevarlo con nosotros. ¿Qué hacer?
Edrahil miró al orco, que seguía temblando en la nieve. Entonces vio que la criatura tenía un burdo tatuaje en su brazo: la figura de un orco con una cicatriz en el ojo.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando la marca.
—¡Malech! —el orco se tocó el tatuaje, como si eso lo protegiera—. ¡Malech, el Tuerto! ¡Él marcar a los suyos!
Farin escupió en el suelo.
—Un jefe orco en Moria —murmuró—. Eso es más de lo que necesitamos. Y no me refiero solo a la información.
Con un último golpe, el enano volvió a dejar inconsciente al orco. Esta vez lo llevaron hasta un árbol raquítico que crecía lejos del camino, donde lo ataron de tal manera que ya estuviesen muy lejos cuando consiguiera liberarse. Mientras hacía el nudo, Hafgrim no dejaba de fruncir el ceño.
—La crueldad innecesaria no es nuestro estilo —dijo Farin, mirando con simpatía al hombre de Valle—. Como dice Edrahil, no somos como ellos.
Hafgrim resopló, pero no discutió. No estaba dispuesto a contradecir al enano, aunque eso no hiciera que la decisión le gustara más.
—Vamos —dijo el hombre, montando de nuevo—. Veo que el fuego de los enanos no quema tanto como yo creía.
—Hay fuegos que calientan y fuegos que destruyen —le contestó Farin, montando a su vez—. Y yo, al menos, aún no quiero que ese fuego me destruya a mí mismo.
Con eso, reanudaron la marcha, apresurándose más si cabe para abandonar cuanto antes el siniestro Paso de Caradhras.
—Este es un lugar hermoso —dijo, aunque su voz llevaba un dejo de tristeza—, pero peligroso. Antes estuvo habitado por hombres libres, pero ahora solo los siervos del Enemigo merodean por estas tierras. Y no son los únicos peligros: hay bestias que acechan entre los juncos.
—¿Bestias? —preguntó Farin, ajustando la cincha de su montura mientras escudriñaba la orilla opuesta.
—Animales carroñeros, escorpiones, arañas, incluso serpientes de los pantanos —respondió Edrahil—. Y peor aún, trasgos y hombres corrompidos, que no dudarían en vendernos al Enemigo después de torturarnos.
Hafgrim frunció el ceño, recordando las historias que había escuchado sobre aquel lugar.
—Aquí murió Isildur, hijo de Elendil —murmuró, como si el nombre en sí llevara un peso—. En la Batalla de los Campos Gladios. Dicen que su cuerpo nunca fue encontrado, y que el daño que lo condenó se perdió en las aguas del Anduin.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. El viento parecía susurrar entre los juncos, como si la tierra misma recordara aquel día funesto.
—No es un lugar para quedarse —dijo Farin, rompiendo el hechizo—. Bordearemos los pantanos por el oeste y cruzaremos el Gladio para dirigirnos después hacia el Viejo Vado del Anduin.
Aquella noche, mientras acampaban en una pequeña llanura cerca del río, descubrieron que una de las alforjas de comida estaba rajada. Algunos de los víveres que habían guardado con tanto esmero habían desaparecido.
—¡Maldita sea! —gruñó Farin, examinando el corte limpio en el cuero.
—¿Un cuchillo? —preguntó Hafgrim, empuñando Estelang con recelo.
—No —respondió Farin, agachándose para inspeccionar el suelo—. Supongo que simplemente se enganchó en un arbusto espinoso.
Hafgrim resopló, recogiéndo las provisiones que habían caído.
—Sea lo que sea, no tenemos tiempo que perder. ¿Cuánto hemos recorrido desde que partimos de Bree? No quiero ni pensarlo. Estoy agotado, pero mañana cruzaremos el Gladio y ya quedará menos hasta el vado.
Al día siguiente, encontraron un paso para atravesar el Gladio, un rápido afluente del Anduin que bajaba desde las Montañas Nubladas. El agua fría les llegaba hasta las rodillas, aunque lograron cruzarlo sin problemas.
Pero esa noche, mientras Edrahil montaba guardia, algo llamó su atención. Alguna criatura se movía entre las sombras, cerca de donde habían dejado las alforjas. Con sigilo, tomó su lanza y se acercó. Bajo la luz de la luna, vio el brillo de una cuchillo y una figura pequeña y encorvada que rebuscaba en sus provisiones.
—¡Alto! —ordenó en voz baja, apuntando con su lanza.
La sombra se irguió de golpe y huyó dejando caer un trozo de pan.
Edrahil se quedó un momento pensativo. Después se acercó a las alforjas, sacó algunas provisiones, las dejó en el suelo y volvió a hacer guardia junto a la hoguera.
La criatura esperó hasta que el elfo se hubo alejado antes de acercarse de nuevo, devorando la comida con urgencia.
—¡No me toques, elfo! —susurró el hobbit, blandiendo su cuchillo con manos temblorosas—. ¡Te rajaré!
Edrahil no retrocedió. En lugar de eso, dejó su lanza en el suelo y se agachó, recogiendo un trozo de pan y un poco de carne seca.
—Toma —dijo, acercándole la comida—. No queremos hacerte daño.
El hobbit dudó, pero el hambre pudo más que el miedo. Arrebató la comida y retrocedió unos pasos, listo para huir.
—Gracias —murmuró, aunque su voz sonó más como un gruñido. Al terminar con el pan y la carne seca, levantó la mirada hacia el elfo, con ojos esperanzados y añadió—: Tortitas. Como las de anoche. ¿Tenéis más?
Edrahil lo observó con curiosidad. El hobbit era joven, casi un adolescente, pero sus ojos delataban una dura experiencia.
—Claro —respondió el elfo, sacando una oblea enrollada y untándola con miel—. Siéntate. No te haremos daño.
—Gracias de nuevo —dijo el hobbit, tomando el manjar con ojos ilusionados—. Me llamo Byrgol.
—Yo me llamo Edrahil, —dijo el elfo con amabilidad—. Y aquellos que duermen allí son mis amigos Farin, el enano, y Hafgrim, hombre de Valle. ¿Tú eres de aquí?
—¿Yo? Qué va. Soy de la Comarca —confesó entre bocados—. Pero hace tiempo que me fui Nunca había hablado con un elfo, ¿sabes? Eres muy amable. Pero el hombre me da miedo. Y el enano todavía más.
—Puedes estar tranquilo —repuso Edrahil, con voz calmada—. Los conozco desde hace mucho y jamás harían daño a una criatura inocente. ¿Sabes? Hace no mucho pasamos por la Comarca. Pero ¿por qué te fuiste de allí?
Byrgol se encogió de hombros.
—Quería ver el mundo. Pero el mundo no es como pensaba.
—¿Y qué encontraste?
—Al principio atravesé las Montañas Nubladas con unos mercaderes. Aunque me separé de ellos porque se enfadaron al ver que desaparecían cosas. ¡Pero yo no tuve la culpa! —se defendió, airado—. Lo que pasa es que los mercaderes son gente difícil.
El hobbit se quedó un momento pensativo entre bocado y bocado.
—Cuando me abandonaron tuve que matar a un trasgo. Lo hice con esto, que encontré en los pantanos—. Mostró un gran cuchillo oxidado que, con sus pequeñas manos, blandía como si fuera una espada corta.
Edrahil no pudo evitar una sonrisa.
—Valiente, ¿eh?
Byrgol asintió con orgullo, aunque sus ojos seguían inquietos.
—Estoy solo desde hace semanas —dijo—. He tenido que valerme por mi mismo y he pasado mucha hambre. No tengo miedo, pero ya no quiero estar solo.
—Bueno, ahora no hace falta que lo estés —respondió Edrahil, sonriendo—. Si quieres, puedes quedarte con nosotros. Al menos hasta cruzar el Anduin.
Byrgol lo miró con sorpresa, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Pero entonces, lentamente, asintió.
—Vale. Pero habrá más tortitas, ¿verdad?
Edrahil soltó una carcajada.
—¡Seguro, pequeño! Todas las que quieras, ahora que ya no tenemos que preocuparnos de que nos roben las provisiones.
A la mañana siguiente, Edrahil presentó a Byrgol a unos sorprendidos Farin y Hafgrim que, sin embargo acogieron amistosamente al desaliñado hobbit. Este se unió a la compañía, siguiendo su ritmo con agilidad, con el paso sigiloso de un hurón y la curiosidad de un niño que, por fin, había encontrado algo parecido a un grupo de amigos. Aunque su aspecto desaliñado y su actitud imprudente lo hacían parecer un simple vagabundo, su ingenuidad escondía una astucia inesperada. Durante una parada, y mientras devoraba un trozo de torta con miel —su tercera ración en menos de una hora—, les contó más sobre sus aventuras.
—Pasé semanas en los pantanos —dijo, con la boca llena—. Me escondía en una madriguera abandonada, cerca del agua. Vivía de lo que pescaba. —Hizo una pausa para tragar otro bocado—. Una vez, un trasgo me olfateó y quiso comerme, pero no pudo conmigo. ¡Soy muy rápido!
—¿Usaste ese cuchillo? —preguntó Farin, observando el arma herrumbrosa que Byrgol llevaba al cinto como si fuera una espada legendaria.
—¡Ah! —Los ojos del hobbit brillaron con orgullo—. Lo encontré junto al cadáver de un hombre en una barca abandonada. No quedaba mucho del hombre, pero el cuchillo seguía afilado. ¡Seguro que los trasgos lo mataron!
Edrahil lo observó con curiosidad. Aunque Byrgol parecía un simple niño perdido, su habilidad para moverse en silencio y su capacidad para sobrevivir en el despoblado podían resultarles muy útiles.
—¿Y cómo se te dan los túneles? —preguntó Farin—. ¿Has explorado cuevas o pasadizos subterráneos?
—¡Claro! —respondió Byrgol inflándose como una rana—. Una vez me colé en unas viejas catacumbas cerca de un pueblo abandonado. Había huesos y cosas brillantes. ¡Pero no me perdí y salí ileso!
El enano dio un silbido, aunque no pudo evitar sonreír.
—Se ve que eres un explorador nato, pequeño. Pero la próxima vez, ten más cuidado. Algunos túneles son más peligrosos que otros.
Byrgol asintió con entusiasmo, aunque era evidente que no entendía completamente todos los riesgos del gran mundo.
—Podéis quedaros —dijo el posadero, un hombre de rostro curtido y manos callosas—. Pero no hagáis mucho ruido. Hay cosas que merodean por la noche.
Agradecidos, aceptaron. La posada era humilde, pero el fuego estaba encendido y la cena, aunque sencilla, era caliente. Byrgol, que no había dormido bajo un techo en semanas, se acurrucó junto a la chimenea como un gato satisfecho.
—Desde luego, esto es mejor que los pantanos —murmuró, con los ojos ya cerrándose.
Al día siguiente, reanudaron la marcha hacia el oeste. Tras atravesar el vado, y siguiendo el consejo del posadero se dirigieron hacia una aldea donde podrían descansar y reponer fuerzas.
La Aldea del Brezal Gris era un pequeño poblado de casas de madera y techos de paja, rodeado de campos de centeno y brezos que le daban su nombre. Los aldeanos, aunque desconfiados al principio, los recibieron con hospitalidad cuando supieron que Farin y Hafgrim eran súbditos respectivamente del generoso rey Dáin de Erebor y el valiente rey Bardo de Valle.
Pasaron allí dos semanas, recuperando fuerzas y preparándose para la siguiente etapa del viaje a la Montaña Solitaria. Farin, con su mente siempre pensando en hechos gloriosos, comenzó a componer una canción heroica sobre sus aventuras, a la que tituló "Canto de los Guardianes". Sabía que, cuando se presentaran ante el próximo concilio, un lay que exaltara sus hazañas podría inclinar la balanza a su favor.
—"Ya están aquí los Guardianes de la Luz..." —canturreaba mientras afinaba su mandolina, probando los versos— ¡Bueno! De momento no es gran cosa, pero ya habrá tiempo de depurar el estilo.
Edrahil, por su parte, pasó el tiempo hablando con los ancianos de la aldea, preguntando por caminos olvidados y pasos secretos cerca del Bosque Negro y el Anduin. Los lugareños le contaron historias de senderos que serpenteaban entre las colinas, usados antaño por los hombres del norte para evitar a las peligrosas criaturas que, se decía, aún merodeaban por la floresta embrujada.
Mientras tanto, Hafgrim no perdía ocasión de entablar conversación con lugareños y mercaderes que pasaban por la aldea, buscando rumores que pudieran aportarle alguna pista sobre los movimientos del Enemigo.
Fue durante una de esas noches de descanso cuando Edrahil, mientras examinaba el anillo que Farin había encontrado en la forja de Narvi, descubrió su verdadero origen.
—No es una mera joya —murmuró, pasando los dedos por los símbolos grabados y la gran gema central—. Fue forjado por Narvi para Nyi, la reina de Dol Mirdan.
—¿Y qué hace? —preguntó Farin, observando cómo la luz de la luna se reflejaba en la piedra preciosa.
—Concede perspicacia —respondió Edrahil—. Claridad de pensamiento, sabiduría para resolver acertijos y conocer el significado de las palabras ocultas. Pero… —hizo una pausa, frunciendo el ceño— también puede llevar una maldición.
—¿Qué clase de maldición? —Farin dejó a un lado su jarra de cerveza, interesado.
—No estoy seguro. Tal vez la locura —dijo Edrahil, con voz seria—. Quienes lo usan demasiado tiempo podrían perder el contacto con la realidad. Narvi lo forjó para Nyi, pero por alguna razón, no quiso entregárselo… —hizo una pausa—. Quizás, al final, no confiaba del todo en ella.
Farin miró el anillo con más curiosidad aún.
—En cualquier caso, ahora es tuyo —dijo al fin—. Los enanos no piden que les devuelvan sus regalos. Y al fin y al cabo, amigo mío, sé que ahora mismo no podría estar en mejores manos.







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