Capítulo 4: Rumbo a Rivendel




Hafgrim anunció que atendería la llamada de su antepasado y pondría rumbo a Rivendel.


—Si el mal ha despertado en la montaña oscura —dijo—, debo seguir el consejo de Cirdan y buscar a Glorfindel en la Casa de Elrond.


Edrahil asintió con gravedad.


—Rivendel es el lugar adecuado para encontrar respuestas sobre Amon Guruthos. Os guiaré por los caminos ocultos que conducen al valle escondido.


Los tres compañeros emprendieron viaje hacia su nuevo destino. La bruma del Aguada Gris les acompañó durante días, y cuando por fin cruzaron el puente del Brandivino, el cielo se oscureció de forma súbita. Un rugido de viento descendió de las colinas, haciendo inclinarse los árboles y levantando hojas en remolinos. Edrahil levantó la mano.


—¡Vendaval! ¡Buscad abrigo!


Corrieron hacia un viejo roble hueco que Farin descubrió a un lado del camino. El aire rugía como el aliento de un dragón furioso, y durante un rato solo se oyó el fragor del viento y el restallar de las ramas.


Cuando por fin amainó la tormenta, el silencio parecía más profundo. Reanudaron la marcha con cautela. Fue entonces cuando Hafgrim divisó un resplandor entre los arbustos: una hoguera cuidadosamente oculta. Cuando se acercaron a ella, una figura envuelta en un manto oscuro se levantó.Era una montaraz alta, de mirada penetrante, con una trenza negra que caía sobre su hombro.


—Buenas noches, viajeros. No es común ver a un hombre, un elfo y un enano viajando juntos estos días —dijo con cautela.


—Saludos, dama de Arnor; es algo que oímos a menudo —respondió Hafgrim abiertamente, presentando a sus compañeros y a él mismo. La montaraz, por su parte, se presentó como Orothel.


Edrahil la saludó con respeto, y explicó que su grupo se dirigía a Rivendel.


—En tal caso compartimos amigos —respondió ella—. Aunque hay demasiados ojos buscando ese lugar últimamente.


Farin, sin poder contenerse, murmuró que iban en busca de un antiguo mal. Orothel ladeó la cabeza, pensativa.


—Entonces necesitáis prudencia más que valor. Hay forasteros que hacen preguntas en Bree y en los caminos del norte. Y no son mercaderes.


Hafgrim meditó un momento y dijo:


—Señora, es una pregunta inusual pero,  ¿no habréis soñado con una colina negra enmedio de un páramo nevado?


Orothel lo miró con extrañeza.


—Si he soñado con ese lugar últimamente. Y en mi sueño, un mal profundo  parecía emanar de ella. Sin duda es una señal de que la sombra se extiende. Los orcos han vuelto y se mueven hacia el sur. Algunos de Gundabad, como sospechaba Farin. Una compañia de los míos acabó hace poco con una partida en las quebradas del norte. Parece que buscan algo… o a alguien. Hace mucho que no veíamos a los siervos de la oscuridad tan inquietos.


Cuando Hafgrim mencionó el nombre de Amon Guruthos, Orothel frunció el ceño.


—He oído ese nombre, pero no sé dónde está. Quizá alguno de nuestros capitanes pueda decíroslo, y será fácil encontrar a alguno de ellos en Rivendel.


Después añadió que no podía acompañarlos: su deber la llevaba al sur, hacia Tharbad. Edrahil mencionó entonces que sabían que la ciudad ya no estaba despoblada y que Gurnow era el gobernante allí.


—Es un rufián —contestó Orothel haciendo una mueca—, pero se puede tratar con él. Si pasáis por Tharbad, buscad mi campamento en la colina de las Tres Piedras, al norte de la ciudad. Si queréis dejarme un mensaje allí, sabré encontrarlo.


La montaraz los acompañó hasta las puertas de Bree, a donde llegaron al anochecer, cuando las puertas ya estaban cerradas. El vigilante dudó al ver a la montaraz, pero Hafgrim lo reconoció de su anterior paso por la ciudad:


—¿No recuerdas a los compañeros que salvaron a una familia de los trolls?


El hombre asintió, algo avergonzado, y les franqueó el paso.


Antes de separar sus caminos, Orothel les dio un consejo:


—Si topáis con otros montaraces, decidles que habéis compartido el caldo con Orothel. Eso bastará para que confíen en vosotros.



El Póney Pisador bullía de calor y conversación. Cuando entraron, el posadero los recibió con una sonrisa.


—¡Por las barbas de un mago! ¡Si no son mis viejos amigos! ¿Y qué celebramos hoy?


Farin levantó la jarra que le acababan de servir y gritó:


—¡Pues resulta que sé que hoy es el cumpleaños de Hafgrim, el Alto! ¡Que no falte la tarta de zanahoria, su favorita!”


Las risas llenaron la sala. Farin empezó a entonar un canto del pueblo de Durin al que pronto se unió Floki, un corpulento comerciante enano al que conocían de su visita anterior. Al concluir, entre los aplausos de todos, Farin anunció guiñando un ojo que él y Hafgrim pronto regresarían a Erebor. Edrahil sonrió.


—Si el viento no os lleva sobre otras montañas y bajo otras colinas —dijo.


—O la corriente no nos arrastra bajo otras  montañas y sobre otras colinas —contestó Farin, riendo.


Así comenzó un duelo de acertijos entre el elfo y el enano, que provocó el interés y las risas de media taberna, aunque no las de Hafgrim.


—Divertíos, divertíos, aunque sabéis lo mal que se me dan los acertijos —dijo, resignado, hundiéndose en la silla.


La noche terminó entre cánticos y risas. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente los postigos del Póney Pisador.



Descansaron dos días en Bree, reparando sillas, ajustando cinchas y aprovisionándose para el largo viaje hacia el este. Farin dedicó buena parte del tiempo a inspeccionar las herraduras y el filo de sus armas, mientras Hafgrim negociaba con un hilandero la adquisición de una nueva cuerda de arco. Edrahil, por su parte, pasó las tardes en silencio, observando el tránsito de gentes desde la ventana de la posada, atento a los rumores que flotaban entre las conversaciones.


Al tercer amanecer partieron con las fuerzas renovadas. El aire era frío y claro, y los campos dormían bajo una luz pálida. El camino hacia el este subía y bajaba entre colinas cubiertas de brezo, y la vieja Calzada del Este los adentraba cada vez más en las tierras solitarias.


Cerca de la Colina de los Vientos, Hafgrim, que oteaba las cercanías en busca de amenazas, divisó una senda apenas visible que se desviaba hacia el sur del camino principal.


—Podría ahorrarnos medio día —dijo el hombre de Valle, examinando el terreno con ojo experto—. Es antiguo, pero parece seguro.


Edrahil asintió, aunque no sin recelo. El viento soplaba con un tono extraño, como si silbara entre las piedras del antiguo Amon Sûl. Continuaron por el atajo, entre ralos pinares, hasta que el sol comenzó a declinar y los bosques se espesaron al acercarse al Último Puente.


Fue entonces cuando Edrahil detuvo el paso de su montura.


—Esperad… —murmuró, entornando los ojos hacia la espesura.


Entre los troncos, ondeaba algo oscuro. Durante un instante pareció una bandera negra, pero cuando se acercaron vieron que no era más que un jirón de tela atrapado por el viento. Una capa de color verde oscuro, extendida sobre el suelo… y bajo ella, un cuerpo inmóvil.


Edrahil se acercó con sigilo. El olor era inconfundible: el hedor dulzón de la muerte.


—Lleva varios días aquí —dijo envoz baja.


Los demás se aproximaron. Farin, movido por la curiosidad, se inclinó para examinar el cadáver. Era un hombre de mediana edad, de rostro curtido y barba rala. Cuando el enano le tomó el brazo, los dedos del cadáver se cerraron de golpe sobre su muñeca.


Farin soltó un grito ronco al ver que los ojos del muerto se abríanmostrando unas pupilas blancas y lechosas. Un sonido lastimero, como un lamento venido del otro lado del mundo, surgió de su garganta.


—¡Atrás! —exclamó Edrahil, desenvainando su espada.


En ese momento, unas nubes negras cubrieron el sol poniente, y el aire se volvió helado. La garganta del hombre muerto profirió un gemido semejante a los que oyeran en la Isla de la Madre… y cayó inerte otra vez.


Dos flechas negras sobresalían de su costado. Hafgrim se inclinó sobre él, examinándolas.


—Trasgos, sin duda —dijo con el ceño fruncido.


Antes de que pudieran decir más, un aullido agudo resonó entre los árboles. Después, otro. Y otro más, hasta que el bosque entero pareció cobrar voz.


—¡Orcos! —gritó Farin, empuñando su hacha.


De la espesura surgieron figuras pequeñas y retorcidas, con arcos cortos y cuchillos curvos: una avanzadilla de trasgos, tras los cuales se movían tres orcos corpulentos. Entre ellos se alzaba un jefe, cubierto con una armadura tosca y un casco de cuernos partidos.


El jefe orco chilló con voz estentórea:


—¡El elfo! ¡Id a por el elfo y los tarcos!


Edrahil dio un paso adelante, empuñando su arco y sacando una flecha del carcaj.


—Que las sombras vuelvan a donde pertenecen —dijo con voz serena.


Hafgrim preparó a su vez su arco y Farin giró su hacha entre las manos. Las sombras del bosque se llenaron de movimiento. El aire olía a hierro, a sangre y a miedo. La batalla produciría bajo el último resplandor de un sol moribundo.



El silbido de las flechas atravesó el silencio del bosque. Edrahil apuntó y disparó con la precisión de siglos de práctica: su flecha voló recta y silenciosa hasta hundirse en el pecho de un trasgo que cayó sin hacer ruido Hafgrim tensó su arco y soltó la cuerda casi al mismo tiempo, pero su proyectil se clavó en la corteza de un árbol.


—Pensé que disparabas mejor —comentó Edrahil con una media sonrisa.


—Yo también —respondió el hombre de Valle, agachándose justo cuando una flecha enemiga rozó su hombro quedando colgada de su cota de malla.


Jaleados por su jefe, los trasgos avanzaron en tropel lanzando alaridos. Farin rugió con voz profunda y terrible, y su grito de guerra enano resonó como un trueno entre las colinas. Las criaturas de la oscuridad se encogieron, retrocediendo un paso; sus ojos parpadearon bajo la luz anaranjada del ocaso que aún se filtraba entre las ramas.


Hafgrim aprovechó la vacilación: disparó de nuevo y abatió a un trasgo de un certero flechazo al cuello. Edrahil, abandonando el arco, empuñó su lanza y, con un giro elegante, derribó a otro enemigo que trataba de acercarse por su flanco.


Un orco y un trasgo se abalanzaron sobre Farin, blandiendo sus crueles cimitarras, pero la cota de malla del enano resistió sus golpes. Otra flecha silbo incrustándose en la cota de Hafgrim, haciéndolo retroceder con una mueca.


—¡Tendré un buen moratón para recordarlo! —gruñó.


El jefe enemigo, un orco enorme y con una cicatriz que le cruzaba el rostro, rugió y se lanzó contra Farin. El enano lo recibió con un potente mandoble de su hacha, que abrió una grieta en el peto del orco y lo hizo tambalearse. Edrahil esquivó un golpe y atravesó a otro trasgo con la punta de su lanza. Hafgrim, con los ojos entrecerrados, disparó su arco acertando otra vez: el proyectil se hundió en el ojo de un trasgo que cayó hacia atrás con un chillido ahogado.


Las flechas enemigas seguían zumbando. Una más golpeó la cota de malla de Hafgrim, haciendo saltar chispas, pero sin lograr atravesarla.


—¡Por las barbas de Durin, son como ratas! —rugió Farin, descargando otro golpe que hundió al jefe orco de rodillas.


El orco escupió sangre negra, pero aún trató de levantarse. Edrahil derribó a otro orcode un lanzazo, y el resto de las criaturas, viendo caer a sus líderes, comenzó a huir entre chillidos agudos.


—¡Volved, cobardes! —bramó Farin, aunque ya se desvanecían entre los árboles.


El gran orco intentó huir tambaleándose  junto a otro de sus compañeros, pero no llegaron lejos: una lanza élfica alcanzó a este, y al instante siguiente, el hacha de Farin cayó sobre su jefe. El silencio volvió, roto solo por el resuello de los tres compañeros y el rumor de las hojas agitadas por el viento.


Edrahil, aún vigilante, miró hacia la espesura.


—Deberíamos seguir a los que han escapado. Si alcanzan a sus compañeros, podrían advertirles de nuestra presencia.


Farin se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.


—Y si los seguimos ahora, nos hallarán medio muertos antes del amanecer. —Miró a Hafgrim—. Necesitamos descansar.


El hombre de Valle asintió, mirando con gesto sombrío las flechas negras.


—Tienen razón. Si eran exploradores, su misión ya ha fracasado, aunque han llegado muy cerca de Rivendel. Pero no deben encontrar nuestros rastros.


Buscaron por los alrededores y hallaron, tras unos matorrales, una pequeña cueva pestilente. En el suelo se acumulaba la inmundicia de los trasgos, huesos roídos y pieles rotas. Entre la mugre, Farin encontró un par de monedas de oro ennegrecidas por el tiempo.


—De Durin el Quinto —dijo con voz baja—. Vienen de Moria.


Se miraron en silencio. Aquello confirmaba lo que temían: los orcos estaban otra vez activos en las profundidades de Khazad-dûm.


La capa verde que ondeaba en el claro, comprendieron entonces, era una trampa: un señuelo para atraer viajeros confiados. Enterraron al hombre muerto con respeto, mientras Hafgrim murmuraba una breve plegaria. Luego, arrastraron los cuerpos de los orcos hasta su cubil y los cubrieron con tierra y ramas, ocultando cualquier señal del combate.


Al caer la noche, debatieron brevemente.


—¿Esperamos a ver si regresan otros? —preguntó Farin.


Edrahil negó despacio.


—Cuanto antes lleguemos a Rivendel, antes sabremos la verdad. Si los orcos andan tan cerca, el mal no está lejos.


Hafgrim miró hacia el este, donde la línea de montañas se recortaba contra el cielo.


—Mañana marchemos. Las sombras se mueven rápido, y no pienso dejar que nos alcancen.


El viento volvió a soplar entre los árboles. La senda hacia Rivendel los esperaba, solitaria y silenciosa, ahora bajo el resplandor de un amanecer encapotado.



 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Despertar de la Sombra: La banda sonora

Capítulo 10: La sombra de Dol Guldur

Capítulo 7: A Moria