Capítulo 6: Muchos caminos




Edrahil se despidió de Rivendel al amanecer. El valle estaba aún cubierto por una neblina y el Bruinen corría silencioso. El elfo abrazó a Farin con la cordialidad franca de los compañeros que han compartido peligro, y estrechó el antebrazo de Hafgrim.

—Mi camino va ahora hacia el oeste y luego al norte —les dijo—. Ostirion es mi destino: la Torre de la Visión. Allí se guarda el palantír y la biblioteca mayor de los elfos de Lindon. Es allí donde espero encontrar respuestas.

—Háblanos otra vez de las torres —pidió Farin, interesado.

Edrahil sonrió levemente.

Astirion es la Torre de la Guardiana: vigila los caminos y protege el territorio. Natirion es la Torre de los Huéspedes, donde se acoge a viajeros y mensajeros. Pero Ostirion… —su voz bajó un tono— Ostirion mira más allá del presente. Allí se estudia lo que fue y, con cuidado, lo que podría ser.

No dijeron más. No hacía falta. Se separaron con la promesa de reencontrarse en Rivendel cuando cada cual hubiese cumplido su parte.

Farin y Hafgrim se volvieron entonces hacia su propio camino.

—El Paso Alto —dijo Farin—. Es la vía más directa a Erebor, pero también la más incierta.

—No seréis los únicos en recorrerlo —respondió uno de los elfos—. Los hijos de Elrond desean explorarlo. Quieren saber si sigue siendo transitable o si la sombra ha posado allí su mano.

Así, con un pequeño grupo de elfos encabezados por Eladan y Elrohir, emprendieron la ascensión. Las Montañas Nubladas se alzaban ante ellos como un muro hostil, cuyas cumbres estaban cubiertas de nieve incluso en las estaciones más benignas. El aire se volvía más tenue y frío en cada jornada.

En una garganta estrecha, donde el viento silbaba como un lamento, uno de los exploradores élficos levantó el puño.

—Oigo acero —susurró—. Y gritos.

Avanzaron con cautela hasta asomarse a un repecho. Más abajo, entre rocas y nieve pisoteada, un grupo de orcos atacaba a varios enanos que se defendían espalda contra espalda.

—¡A Elbereth Gilthoniel! —gritó Eladan—. ¡Carguemos contra los siervos del enemigo!

Los elfos descendieron con una lluvia de flechas certeras y filos veloces. Hafgrim cargó con un grito áspero, y Farin atacó con la vieja furia de su pueblo despertando en su sangre. Los orcos, sorprendidos, rompieron filas y huyeron montaña abajo, aullando de rabia.

Cuando el silencio regresó, los enanos se miraron unos a otros, jadeantes.

—¿Farin? —dijo uno de los enanos, incrédulo, dejando caer su hacha.

—¡Por las barbas de Durin! ¡Floki! —respondió Farin—. Y Hornbury también. No pensé veros aquí, muchachos.

Con los viejos amigos de Bree iban otros dos enanos: Frorn, taciturno y de mirada dura, y Pori, más joven, con una herida leve en el brazo.

—Volvíamos a Erebor —explicó Hornbury—. Creímos que juntos viajaríamos más seguros pero no esperábamos tantos orcos.

—En tal caso, no hay más que hablar —dijo Hafgrim—. Vendréis con nosotros.

Semanas después, las puertas de Erebor se alzaban ante ellos, sólidas e imponentes. Farin sintió un nudo en la garganta al cruzarlas. El calor del hogar, el sonido de los martillos, el murmullo profundo de la montaña.

Saludaron a familiares y viejos conocidos. Erebor estaba más poblada que nunca: enanos de las Colinas de Hierro, de las Montañas Azules, todos atraídos por la prosperidad… y por rumores inquietantes.

—Se habla de Moria —oyó decir a más de uno—. De reclamar lo que fue nuestro.

Farin no tardó en reunirse con su padre, el rey Dáin. Sobre la mesa de piedra, colocó la moneda negra.

—Es de Durin V —dijo—. La encontramos en manos de orcos, lejos de Moria. Prueba de que siguen allí… y de que se mueven.

Dáin II tomó la moneda frunciendo el ceño.

—Las noticias que llegan de Khazad-Dûm y de otros lugares son cada vez más oscuras —admitió—. Esto confirma mis temores.

Poco después, Balin convocó un concilio. Acudieron los señores más influyentes, junto con Farin, Hafgrim, Floki y sus compañeros, como testigos directos.

Se habló largo y tendido. Al final, se acordó enviar exploradores.

—Debemos saber el estado de las puertas —dijo Balin—. La oriental, en Azanulbizar, debería estar cerrada. La occidental también. Pero hay más accesos, ocultos, olvidados. Hay que averiguar si alguno ha sido profanado.

Se repasaron los antiguos mapas.

—Esta parte —señaló uno— es la Moria antigua, hacia la puerta oriental. Al oeste, la Mina del Enano. Más allá, el Camino Recto, con las minas superiores. Y aún más al oeste, las escaleras que conducen a Moria Occidental y al Valle de la Bienvenida.

Balin apoyó ambas manos sobre la mesa de piedra y fijó su mirada en Farin.

—Hijo de Dáin —dijo con voz grave—, quiero que encabeces una expedición a la puerta oriental de Khazad-Dûm. No para conquistar, ni para reclamar nada, sino para ver y volver. Necesitamos ojos fieles y juicio firme.

Farin inclinó la cabeza, aceptando el peso del encargo.

—Así se hará, cuando todo esté preparado para ello.

Balin prosiguió:

—Es bien sabido, aunque no siempre se diga en voz alta, que algunas casas conservan llaves antiguas de ciertas puertas. Y también que, pese a la prohibición expresa de Dáin, ha habido quienes han enviado exploradores en secreto. Eso me inquieta más que los propios orcos.

Hubo murmullos incómodos.

—Si los trasgos han encontrado tesoros ocultos —continuó—, como el que debió de dar origen a esa moneda de Durin V, entonces la situación es grave. Moria guarda riquezas y saberes que no deben caer en manos de la sombra.

Las voces se alzaron entonces, cada una empujada por una motivación distinta.

—¡Debemos recuperar Moria! —clamó uno—. Es nuestro hogar perdido.

—El Daño de Durin sigue allí —replicó otro—. Y no estamos preparados para enfrentarlo.

—El mithril podría financiar diez expediciones —argumentó un tercero—. Sin recursos, no habrá futuro.

—¡Venganza! —gruñó un veterano—. Hay que expulsar a los orcos, cueste lo que cueste.

—Y el conocimiento —añadió un anciano de barba blanca—. Hay saberes antiguos en sus salones que se perderán para siempre si no actuamos.

Balin escuchó sin interrumpir. Finalmente alzó la mano.

—Habrá exploraciones, no guerras —sentenció—. Y cada paso se dará con cautela.

Fue entonces cuando Floki pidió la palabra. Su rostro, normalmente jovial, estaba ensombrecido.

—Tengo un asunto personal, pero que concierne a todos —dijo—. He recibido una misiva de mi hermano Flonar.

Algunos intercambiaron miradas. El nombre no era desconocido.

—Flonar es mi hermano mayor —continuó Floki—, y como yo, noble de sangre, primo de Thorin Escudo de Roble. Desde hace años intenta fundar una colonia cerca del Lago del Crepúsculo. Desobedeció la prohibición de acercarse a Moria, fue juzgado… y ha elegido exiliarse de las Montañas Azules.

Hafgrim observó a Farin de reojo; el enano escuchaba con atención creciente.

—En su carta habla de orcos cerca de la colonia, que está en un lugar llamado el Valle Dorado —prosiguió Floki—, y promete seguir informando. Pero la misiva es antigua. Demasiado. Eso me inquieta.

—¿Por qué no vas tú? —preguntó Balin.

Floki negó con la cabeza.

—Iré en una de las expediciones a Moria. Por eso… —miró a Farin y a Hafgrim— os pido a vosotros que como preparación a vuestra propia expedición llevéis una respuesta. Flonar podría saber otras formas de entrar en Khazad-Dûm. Formas que descubrió cuando nadie más quiso escucharle.

Balin frunció el ceño, pensativo.

—Si compartiera ahora ese conocimiento —añadió Floki en voz más baja—, podría rehabilitarse ante su pueblo. No niego que es codicioso… pero me preocupa que, si sigue aislado, su información acabe en manos del enemigo.

Farin fue el primero en romper el silencio que cayó sobre el concilio.

—Si existe una puerta que no conocemos, debemos saberlo. Y si tu hermano está en peligro, no podemos ignorarlo.

Hafgrim asintió.

—Además —dijo—, no me agrada la idea de que secretos de los enanos circulen sin control en las tierras salvajes.

Balin los observó largo rato, como pesando no solo sus palabras, sino su temple.

—Muy bien —dijo al fin—. Farin, Hafgrim: llevad esa misiva. Id con cautela. Y recordad: cada respuesta que obtengáis puede decidir el destino de Moria… y quizá el de nuestro pueblo.

Floki exhaló despacio, aliviado.

—Gracias —murmuró—. Que Aule guíe vuestros pasos.

La conversación derivó entonces hacia époccas más antiguas, donde los nombres resonaban con el peso de los siglos.

Dol Mirdan —dijo Balin lentamente—. Así llamaban los sindar a Moria Occidental: la Colina de los Herreros.

Al oírlo, varios enanos inclinaron la cabeza con respeto. Farin tomó la palabra, como si estuviera continuando un relato que había escuchado desde la infancia.

—Allí se forjaron muchas de las maravillas de Khazad-Dûm. Allí vivió Narvi, el mayor erudito de nuestro pueblo desde Telchar de Nogrod. Fue quien trató con Celebrimbor y los herreros de Eregion.

—Vivió mucho —añadió Balin—. Incluso después de la caída de Eregion. Pero con los años se volvió reservado, y cuando Eriador empezó a hundirse, Dol Mirdan entró en decadencia.

El viejo enano de barba blanca asintió.

—Moria Oriental se cerró sobre sí misma, y esa desconfianza acabó por aislar también a Moria Occidental. Desde entonces, sus gentes han sido miradas con recelo por los demás clanes.

Farin escuchaba con atención, consciente de que aquel no era un cuento antiguo, sino una herida abierta.

—Su última gobernante fue Nyi —prosiguió el viejo enano—, a quien algunos llaman reina. Hija de Nithi, también llamada reina, famosa por su orgullo. Nithi desafió abiertamente las órdenes de Thrâin.

—Decían que Moria Occidental era el último bastión verdadero de Khazad-Dûm —intervino otro enano—. Y que por eso quisieron gobernarse por sí mismos.

—E incluso se dice —añadió Balin— que Nyi se autoproclamó reina de Moria.

Floki carraspeó.

—También se cuenta que eran amigos de los elfos de Acebeda —dijo—, hasta que una disputa por un collar, o algo semejante, rompió esa amistad. Rencillas antiguas, como siempre.

—Allí había un gran salón —continuó el viejo enano—, digno de cualquier rey enano. Pero con el tiempo dejaron de llegar noticias. Nadie sabe si marcharon a las Montañas Azules, si intentaron recuperar Moria… o si su destino fue otro.

Una vez más, Farin rompió el silencio.

—Si Flonar conoce rutas ocultas —dijo al fin—, quizá también sepa algo de Dol Mirdan y de su gente. Con esa información, podríamos obtener por fin el permiso del rey Dáin para entrar en Moria. No como saqueadores, sino como exploradores legítimos.

Balin meditó unos instantes antes de responder.

—Es una buena idea. Y arriesgada, como todas las que valen la pena.

Hafgrim intervino entonces:

—Pero el tiempo no juega a nuestro favor —dijo con tono de preocupación—. He oído un rumor: “En las Montañas Nubladas viven gigantes y sus tumbas están debajo. Dejad que duerman allí hasta el fin del mundo”. Aun así, conviene volver a Rivendell cruzando las Montañas Nubladas antes de que llegue el invierno. Y debemos conocer cuanto antes el destino de la colonia de Flonar. Si algo ha ido mal allí, no podemos permitirnos ignorarlo.

Balin se levantó.

—Entonces no perdáis tiempo. Id preparados para encontrar ruinas… o verdades incómodas. Y recordad: cada paso que deis hacia Moria, aunque no entréis en ella, ya es una llamada a la sombra.

Farin y Hafgrim inclinaron la cabeza.

—Que Aule nos conceda prudencia —dijo Floki.

—Y memoria —añadió Balin—, que a veces es más fuerte que el acero.

Con eso, el rumbo quedó marcado: hacia el oeste primero, hacia las montañas. Hacia el Lago del Crepúsculo después, y siempre con Moria, visible o no, proyectando su larga sombra al final del camino.




Mientras tanto, lejos de Erebor, Edrahil había seguido su propio camino.

La biblioteca de Ostirion resultó tan vasta como antigua, y aunque no todo lo que halló era comprensible, sí fue inquietante. Pergaminos fragmentarios hablaban de colinas negras en tierras de hielo, de templos sin puertas y de sendas excavadas para eludir la luz. Nada concreto, pero sí muy cercano a lo que ya sabía.

—Sombras sin nombre dejan huella incluso cuando no se las nombra —murmuró para sí.

En Ostirion encontró también resistencia. Un elfo sabio, Edris de Lindon, había tomado para sí el estudio del palantír. Alto, de cabellos plateados y gesto inflexible, no permitía que nadie cruzase el umbral de la cámara de la Visión.

—No es un espejo para curiosos —dijo con frialdad—. Ni siquiera para quienes creen necesitar respuestas.

Edrahil no insistió. Comprendió que aquella negativa escondía tanto temor como prudencia.

En la biblioteca conoció, sin embargo, a una humana llamada Woleth. Vestía como viajera, y hablaba poco de sí misma, salvo lo imprescindible.

—Estoy aquí en misión del mago blanco de Orthanc —le confió una noche, entre viejos legajos—. Y también yo quiero ver el palantír.

—No parece probable mientras Edris permanezca —respondió Edrahil.

Ella frunció el ceño.

—Ese viejo sabio confunde custodia con posesión.

La oportunidad llegó cuando Edris partió hacia Lindon por asuntos que no explicó. Aquella misma noche, Woleth logró al fin contemplar la piedra. Pero nada dijo de lo que vio allí.

Poco después, Edrahil emprendió el regreso a Rivendell. Allí se reunió de nuevo con Farin y Hafgrim, y juntos pusieron rumbo a las Colinas del Crepúsculo, siguiendo el rastro de Flonar.

Pasaron por Bree, donde fueron bien recibidos, y por Hobbiton, que aún conservaba su calma ajena al mundo. Siguiendo el camino del norte, se acercaron a las ruinas de Annuminas, que esquivaron con precaución. La ciudad abandonada parecía murmurar con voces antiguas. Rodearon el Lago del Crepúsculo, donde el aire se enrarecía y las palabras parecían viajar sobre el agua.

Fue entonces cuando dieron con un pequeño grupo de hombres de Bree, curtidos y prudentes, que les hablaron de un valle cubierto de hojas doradas.

—Allí vive gente extraña, pero honrada —dijeron—. Enanos, sobre todo.

Acompañaron a los aventureros hasta el valle, y lo que encontraron superó sus expectativas. La colonia de Flonar albergaba unas cuarenta o cincuenta almas. Había casas de adobe bien levantadas, campos cultivados, ganado y, excavadas en la roca, varias mansiones enanas de sólida factura.

Flonar los recibió con desconfianza al principio, pero al hablar con Farin su expresión cambió.

—Así que Erebor vuelve a acordarse de mí —dijo con una sonrisa áspera.

Farin fue directo al grano.

—Necesitamos saber lo que conoces de Khazad-Dûm.

Flonar lo miró largo rato antes de responder.

—Conozco una entrada —admitió—. Pero no diré una palabra más hasta que el rey me conceda el perdón. Quiero volver a las Montañas Azules sin ser un proscrito.

Tras largas discusiones, acordaron citarse en Bree en la primera luna de abril. Para entonces, Farin llevaría la respuesta de Dáin.

—Si el perdón llega —añadió Flonar—, yo cumpliré mi parte.

Durante su estancia en el Valle Dorado, los aventureros descubrieron que los enanos de la colonia deseaban fortalecer su alianza con los hombres de Bree. Juntos trataríande abrir una ruta segura entre Bree y las Montañas Azules, pasando por el asentamiento, que además contaba con minas de hierro. No ignoraban los avistamientos de orcos, pero también habían visto montaraces vigilando la región, lo que les daba cierta confianza.




Los aventureros regresaron a Bree para pasar Yule. Allí, al calor del Póney Pisador, Farin comenzó a hablar de comercio, rutas y defensas, viendo en la colonia de Flonar no solo una esperanza para los enanos exiliados, sino una posición estratégica frente a la sombra que avanzaba.

Y mientras la nieve caía suavemente sobre los caminos, todos sabían que la tregua del invierno sería breve.

La primavera de 2966 llegó a Bree con barro en los caminos y olor a hierba fresca. Una mañana, mientras el mercado empezaba a llenarse, Farin fue avisado de que un grupo de enanos acababa de entrar por la Puerta Oeste. Venían del Valle Dorado y entre ellos estaba nada menos que Flonar.

Tras los saludos de rigor, Flonar pidió hablar a solas con Farin. Se apartaron junto a una pared de piedra, lejos del bullicio.

—Si es verdad que el rey ha levantado el veto de acercarse a Moria —dijo Flonar sin rodeos—. Khazad-Dûm ya no es palabra prohibida.

Farin lo miró con atención.

—Sí, eso cambia muchas cosas.

—Y abre una oportunidad —añadió Flonar—. Vosotros vais a Erebor. Si queréis, puedo mostraros la entrada que conozco antes de que sigáis camino. No prometo certezas, pero sí la verdad de lo que sé.

La propuesta fue discutida esa misma noche. Al final, decidieron partir hacia el sur, en dirección a Tharbad, con la intención de esquivar las peligrosas faldas de las Montañas Nubladas, alcanzando Moria por las Tierras Brunas. Acompañaban a Flonar cuatro enanos más: Dortin y Sonkar, sus veteranos lugartenientes; y dos más jóvenes, Sviorg y Hanar, este último con fama de cazatesoros y la mirada inquieta de quien siempre tiene el oro y el mithril en sus pensamientos.

La idea de ir por el camino de Tharbad había sido de Hafgrim.

—Si Orothel sigue por estas tierras —dijo—, nadie mejor que ella para aconsejarnos. Las Tierras Brunas son desconocidas para nosotros.

Varios días después, mientras avanzaban por el Camino Verde hacia el sur, Hafgrim se detuvo de pronto. Se agachó, examinó el suelo, y siguió un rastro apenas visible hacia unos matorrales.

—Esperad aquí —susurró.

No dio diez pasos cuando una voz tranquila lo saludó.

—Vas mejorando, Hafgrim de Valle.

De entre los arbustos surgió Orothel, con el arco preparado. A su lado, apenas visible hasta que se movió, había otro montaraz, alto y delgado, con mirada dura.

Belector —dijo ella—. Baja el arco.

Hafgrim sonrió levemente hacia el montaraz.

—Hemos compartido el caldo con Orothel —dijo.

Belector pareció tranquilizarse y asintió.

—Entonces podéis hablar, amigos.

Orothel observó al grupo con interés.

—Habéis tenido suerte —dijo—. No solemos movernos por los caminos.

Hafgrim le explicó su plan: Moria, las Tierras Brunas, el cruce del Aguada Gris y la necesidad de evitar los pantanos de Tharbad.

—Queremos llegar por Ost-in-Edhil —concluyó.

Orothel frunció el ceño.

—El pantano que queréis evitar se llama el Estero de los Cisnes. Es un lugar encantado… y peligroso.

El grupo de viajeros intercambió miradas incómodas.

—Dicen —continuó ella— que bajo el barro hay un palacio hundido. Un palacio antiguo. Se rumorea que allí yace una doncella elfa, la más bella de su pueblo, dormida sobre un lecho de piedra desde que una serpiente la mordió. Los lugareños la veneran como a una diosa. Solo las mujeres sabias de Methcaute, una aldea cercana, se atreven a entrar en ese lugar.

Edrahil alzó la cabeza.

Nethig —dijo despacio—. Ese nombre resuena en mi memoria. Podría ser la doncella de la que hablas… o el lugar mismo. Sería de la época de la caída de Eregion.

Orothel lo miró con sorpresa.

—Sabes más que muchos de nosotros, elfo.

Edrahil asintió.

—La colina del palacio estaba unida por una calzada a Ost-in-Edhil. Y fue construida por enanos de Khazad-Dûm. Tal vez en Moria haya referencias a ese lugar.

—O trampas —replicó Orothel con sequedad—. En cualquier caso, no os acerquéis. No sin una razón de peso.

Luego señaló hacia el sur.

—Si vais a cruzar el Aguada Gris, hacedlo antes de Tharbad. Antes de que el Sonorona se junte con el río hay un vado seguro. Más al sur, el terreno se vuelve traicionero.

Belector intervino por primera vez.

—Y sed discretos.

Orothel asintió.

—Gurnow tiene ojos en todas partes. En Tharbad manda el oro, y al enemigo nunca le ha faltado para comprar lenguas. Puede que ya tenga tratos con fuerzas que preferís no encontraros.

Guardó el arco y dio un paso atrás.

—Es bueno que seáis muchos. Pero no confundáis número con seguridad.

Tras despedirse, los montaraces se desvanecieron entre los arbustos como si nunca hubieran estado allí. El grupo reanudó la marcha en silencio.

Durante algunas jornadas siguieron el Camino Verde hacia el sur, hasta que, tal como había aconsejado Orothel, lo abandonaron para internarse en terreno más abierto y silencioso, buscando el vado del Aguada Gris.

El paisaje se volvió más áspero. Las colinas se espaciaban y el viento traía consigo un olor antiguo. Una tarde, cuando el cielo empezaba a teñirse de cobre, Farin señaló hacia lo alto.

—¿Veis eso?

Sobre ellos planeaba una silueta oscura. Al principio parecía un ave lejana, pero pronto comprendieron que volaba demasiado alto y con un batir de alas demasiado lento para tratarse de un águila.

—Eso no es un pájaro —murmuró Hafgrim.

Edrahil entornó los ojos.

—Ni algo por lo que queramos ser vistos.

La criatura describió un amplio círculo, como si inspeccionara la tierra. El miedo se extendió entre ellos sin necesidad de palabras. Se refugiaron bajo un grupo de rocas, cubriendo incluso las monturas, y aguardaron conteniendo el aliento.

Finalmente, la sombra se alejó hacia el este.

—Nos busca… o busca algo —dijo Hanar en voz baja.

—Sea lo que sea —respondió Flonar—, no nos ha encontrado.




Esa noche acamparon allí mismo, sin fuego.

Mientras vigilaban por turnos, Edrahil rompió el silencio.

—He oído decir que algunos enanos peregrinan a las colinas al oeste de Moria, solo para contemplar la casa de sus antepasados. ¿Es cierto?

Farin tardó en responder.

—Algunos lo hacen. Pocos regresan iguales. Hay un dicho: Cuando estés en Moria, pisa con cuidado. No perturbes el silencio ni la oscuridad. No estás solo ahí abajo.

Sviorg escupió a un lado.

—Cuentos. Moria es un hervidero de orcos y trasgos. No queda nada digno allí.

—Oro y plata sí —replicó Hanar—, para quien sepa dónde buscar.

Farin asintió lentamente.

—También he oído hablar de la Puerta del Cuerno Rojo. Un paso antiguo, vigilado por fortalezas donde anidan los cuervos. Parte sigue en pie, dicen, aunque Baranzimbar lleva mil años abandonada. Pero nadie sabe ya señalar el camino con certeza.

El silencio volvió a caer sobre el campamento.

Días después, Farin encontró el vado. El Aguada Gris fluía ancho y silencioso, pero allí el fondo era firme y las aguas menos traicioneras. Guiados por Edrahil, cruzaron sin levantar sospechas, atentos a cualquier mirada desde las orillas. Nadie los observó.

Más allá del río, el cansancio empezó a pasar factura. El terreno se volvió quebrado y, al cabo de pocos días, llegaron a un lugar sembrado de ruinas medio ocultas por la maleza. Ost-in-Edhil no era ya una ciudad, sino un recuerdo petrificado. Montículos irregulares marcaban donde antaño se alzaron casas, palacios y forjas élficas.

Edrahil se adelantó para explorar… y un grito seco quebró la quietud. Había resbalado entre piedras cubiertas de musgo y yacía con la pierna ensangrentada.

—La desgracia aún habita en estas ruinas —dijo con voz quebrada.

Hafgrim se arrodilló junto a él, limpió la herida y la vendó con manos expertas y un bálsamo de los hombres de Valle.

—Nada roto. La fortuna aún camina con nosotros, pero debes descansar un tiempo.

Mientras Edrahil descansaba, Farin, Hafgrim, Flonar y Sviorg recorrieron las ruinas en busca del antiguo camino que seguía el curso del río hacia Moria. No encontraron muros en pie, solo crestas de piedra y sombras alargadas.

Fue entonces cuando los aullidos rompieron el aire.

Una sombra se abalanzó sobre Sviorg, que se había separado de los demás, y lo derribó.

—¡Lobos! —gritó.

Los demás acudieron de inmediato en su ayuda. Otras seis grandes figuras lobunas saltaron de las sombras y los atacaron. Hafgrim soltó el una flecha que se clavó en una de las criaturas, mientras Farin y el resto de los enanos trababan combate con ellas. El hombre de Valle desenvainó a Estelang y su hoja brilló con una luz fría espantando al oscuro ser con el que se enfrentaba: un huargo.

El combate fue rápido y brutal. El hacha de Farin dio cuenta de uno de los huargos. Rápidamente, el enano se lanzó contra el enorme jefe de la manada, abatiéndolo tras un duro combate. Otro cayó bajo su hacha. Hafgrim hirió mortalmente a su rival, mientras Flonar y Sviorg daban cuenta de otros dos. El último huargo, herido, huyó entre los túmulos con un aullido.

Cuando todo terminó, el silencio regresó, pesado.

—Son criaturas del enemigo —dijo Hafgrim, limpiando la espada.

Farin asintió. Clavó la cabeza del huargo jefe en una estaca, a la vista.

—Que sepan que no somos presas.

Regresaron al campamento al caer la noche. Ost-in-Edhil permanecía muda bajo las estrellas, pero la sombra de la oscuridad parecía alargarse hacia ellos.




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