Capítulo 11: Emboscada en el Puente de los Pantanos
El Castillo del Puente de los Pantanos se alzaba ante ellos como un espectro de piedra y madera podrida, sus murallas hundiéndose lentamente en el lodo negro que lo rodeaba. Algunas secciones de los muros habían caído para luego ser reconstruidas con prisa, como si los orcos no tuvieran tiempo o interés para hacer un trabajo decente. Delante de él, el camino llamado el Puente de los Pantanos era una serie de taludes de tierra con numerosos desprendimientos, unidos por pasarelas de madera que parecía que en en cualquier momento fueran a desplomarse .
Habían tardado cuatro días en atravesar los Estrechos del Bosque, un laberinto de senderos angostos donde los árboles parecían cerrarse a su paso, y otros ocho días más adentrándose en la espesura más densa, donde solo la guía de Radagast y sus extraños compañeros les había permitido mantener el rumbo. Ahora, ocultos entre la maleza a una distancia prudencial, observaban el castillo con una mezcla de determinación e inquietud.
Un puente medio podrido conducía hasta una puerta que Radagast señaló en voz baja.
—Esa es la puerta del noroeste. Pero no es la única. Hay otra al otro lado del castillo.
En ese momento, una ardilla negra descendió por el tronco de un árbol cercano y se aproximó a Radagast con una familiaridad sorprendente. El mago se agachó y, tras un breve intercambio de sonidos apenas perceptibles, asintió con gravedad.
—Nuestro pequeño amigo trae noticias —dijo—. Hay movimiento dentro. Los orcos se preparan. No tardarán en partir.
—¿Cuándo? —preguntó Edrahil.
—Al amanecer, con toda probabilidad.
Farin frunció el ceño.
—Entonces debemos adelantarnos.
Radagast negó suavemente.
—Todavía es pronto. Primero debemos tener un plan. Por ejemplo, si alguien se adelanta, deberíamos acordar una señal para avisar a los demás en caso de que los orcos salgan del castillo.
—Yo conozco el canto del mirlo —dijo Byrgol, con entusiasmo—. ¡Puedo imitarlo perfectamente!
Radagast asintió, aunque su mirada se perdió en la distancia, como si estuviera escuchando algo más allá de sus palabras. El mago volvió a mirar a la ardilla, que permanecía cerca, inmóvil, como si también vigilara.
—También me ha contado que hay un paso —añadió—. Un desfiladero estrecho por donde discurre un sendero paralelo al puente de los pantanos. Desde allí, un pequeño grupo podría adelantarse, sin ser visto, a los orcos que tomen el camino a Dol Guldur.
El aire olía a podredumbre del pantano y el viento arrastraba el eco lejano de gritos que se mezclaban con el crujir de las ramas. En el grupo que tomaría la senda del desfiladero, Farin, Hafgrim y Edrahil comprobaban metódicamente el estado de sus armas. Byrgol, agazapado apretaba su cuchillo con manos que temblaban más de emoción que de miedo. Junto a ellos, Falin y Filin, los dos enanos de Erebor, revisaban sus hachas con gestos precisos, mientras Bordo y Grimwald —al que todos llamaban también "Largo"— tensaban sus arcos con gestos cautelosos. Tras echar un último vistazo al castillo, se replegaron un poco más en la maleza y aguardaron junto a Radagast.
La noche fue cayendo con lentitud. Al principio, solo una penumbra entre los árboles; después, una oscuridad casi total, apenas rota por las antorchas que comenzaron a encenderse en las almenas del castillo. Las luces marcaban recorridos que iban y venían sobre las murallas, sin orden aparente.
Al amanecer, cuando la niebla aún reposaba sobre las aguas negras del pantano, el grupo de avanzada se separó. de los demás.
—Nos vemos cuando hayamos cumplido nuestra misión —dijo Farin.
Gandalf, apoyado en su bastón, lo observó con una sonrisa, aunque con mirada de preocupación.
—Os deseo que la completéis con éxito —dijo con voz amable.
Beorn dejó escapar un gruñido que bien podía ser una risa.
Radagast no añadió nada. Ya se había inclinado hacia la ardilla negra, que aguardaba en la raíz de un aliso. Después de intercambiar unos sonidos con ella, se incorporó hizo una señal a los demás y partieron.
El desfiladero era apenas una grieta en un terreno algo elevado sobre el pantano, con el suelo cubierto de raíces retorcidas. Avanzaban en fila, casi rozándose unos a otros.
Largo, que marchaba algo adelantado, alzó de pronto una mano.
—Hay movimiento en el castillo —murmuró Largo.
No había terminado de hablar cuando, entre la niebla matutina, emergió una procesión siniestra: un grupo de orcos, empujaban a una docena de prisioneros —hombres del bosque, demacrados y encorvados bajo el peso de cadenas y grilletes— dirigiéndose hacia el camino principal. Detrás de ellos, dos cofres iban transportados sobre angarillas, cada uno por llevado por un par de orcos. Un troll de estatura media, pero de complexión robusta, destacaba entre los orcos, blandiendo una porra claveteada que golpeaba rítmicamente contra el suelo. No era tan grande como los trolls de las montañas, pero sus movimientos delataban una menor estupidez. Cuatro de los orcos destacaban por su tamaño y armadura. "Guardias orcos", los llamó Farin con un gruñido de desdén.
Mientras el grupo de aventureros se adelantaba, siguiendo a la ardilla negra que saltaba entre las ramas los gemidos de los prisioneros parecían confundirse con aullidos de huargos que vinieran de las profundidades del bosque.
Radagast, agachado tras un matorral, sacó de su túnica una sencilla flauta de arcilla. La llevó a sus labios y comenzó a soplar, produciendo una melodía extraña y ondulante. Al instante, el bosque cobró vida: el crujir de las ramas se multiplicó, el rumor de alas batientes llenó el aire, y el graznido de las urracas se mezcló con un ensordecedor coro de ranas croando. Era como si la tierra misma hubiera despertado para ocultar su avance.
Al cabo de unas horas, la ardilla los guió hasta un punto donde el terreno se elevaba ligeramente, ofreciendo una vista privilegiada del camino . Allí, entre una pequeña arboleda elevada y unos densos matorrales de pantano, Hafgrim decidió que era el lugar perfecto para una emboscada: un hueco natural donde podrían esconderse y atacar por sorpresa desde ambos lados del talud.
—Desde ahí podemos asaetearlos impunemente —susurró, señalando los árboles—. Con suerte, el troll se separará del grupo y podremos saltar desde los matorrales para dar cuenta de los orcos que custodian a los prisioneros.
—Que sea rápido —murmuró Farin—. Antes de que lleguen los refuerzos.
Sabían que en la retaguardia, Gandalf, Beorn y Geirbald aguardaban con sus hombres, listos para entorpecer cualquier salida del enemigo en el momento oportuno.
Edrahil, junto con los dos hombres de Valle, treparon con sigilo hasta la pequeña elevación a la derecha del camino. Desde allí dominarían la marcha de la columna, ocultos entre las ramas. Edrahil se tendió boca abajo, apoyando la lanza junto a sí, mientras Bordo y Largo ajustaban sus arcos sin apartar la vista del sendero.
Al otro lado, en un matorral espeso que crecía en torno a un viejo tronco caído, Hafgrim, Farin y los enanos tomaron posiciones. Apenas se distinguían sus siluetas entre el follaje.
Radagast alzó el brazo y un gavilán descendió en silencio hasta posarse en su muñeca. El mago le susurró unas palabras apenas audibles y el ave alzó el vuelo, perdiéndose entre las copas de los árboles en dirección a la retaguardia.
—Ya están avisados —murmuró, sin apartar la mirada del cielo.
El tiempo pasaba lentamente. El sonido de las cadenas empezó a ser audible.
Byrgol, encogido junto a Hafgrim, apretaba la empuñadura de su arma con fuerza. Miraba al camino y luego al hombre.
—Yo también querría saber hacer esto. —empezó en voz baja—. Elegir bien el lugar de la emboscada… ser un estratega.
—Se aprende —dijo Hafgrim sin apartar la vista del sendero.
Byrgol dudó un instante.
—Yo podría aprender. No tengo miedo.
Hafgrim volvió ligeramente la cabeza hacia él.
—Yo sí.
El joven lo miró, sorprendido.
—¿Tú?
—Ellos son el doble que nosotros—respondió Hafgrim con la mandíbula apretada—. Y ese troll… —hizo un leve gesto con el mentón hacia el camino— podría partirme en dos de un golpe.
Guardó silencio un momento, como si midiera sus propias palabras.
—Antes de cada combate siento ese peso aquí —añadió, llevándose brevemente la mano al pecho—. Como si me faltara el aire.
Byrgol tragó saliva, sin decir nada.
—Pero el miedo no es nada —continuó Hafgrim—. Solo son las ganas de vivir. Y enfrentarme a él… —entrecerró los ojos, fijando de nuevo la vista en el camino— es la forma que tengo de no ceder paso a la oscuridad.
El tintinear de las cadenas era ya nítido. Se oía la respiración forzada de los prisioneros.
—Hoy —concluyó en voz baja—, si nos mantenemos firmes, algunos de esos hombres volverán a ser libres.
Byrgol asintió lentamente. Esta vez no dijo nada.
Entre las ramas empezaron a distinguirse los cascos de los guardias orcos, que iban seguidos por la imponente figura del troll. La emboscada estaba a punto de cerrarse, pero la tensión se hacía insoportable.
Entonces el silbido de las flechas rompió el silencio. Desde su posición elevada, Edrahil, Bordo y Largo dispararon casi al unísono, derribando a dos de los orcos que cargaban con los cofres e hiriendo a uno más. Los cofres que llevaban cayeron pesadamente sobre el suelo del camino.
Los orcos restantes lanzaron gruñidos de confusión. Alguien gritó una orden. Tres de ellos y dos guardias se lanzaron hacia la elevación, donde los arqueros se preparaban para un segundo disparo. Las flechas de los arqueros volvieron a volar y los dos guardias cayeron en mitad de la carrera. El troll, que había dudado un instante antes de unirse a la carga, levantó su porra claveteada y se lanzó hacia la arboleda dando largas zancadas.
Hafgrim no perdió el tiempo. Con un grito, empuñó Estelang y cargó desde los arbustos, seguido de cerca por Farin, Falin y Filin. El ataque tomó por sorpresa a los orcos que quedaban en el camino y que, distraídos por el asalto de los arqueros, no vieron venir el ataque que les venía por la espalda.
El primero en caer fue un guardia orco, cuya cabeza rodó por el suelo tras un mandoble certero de Estelang. Falin derribó a otro orco con un hachazo en el cuello, mientras Filin clavaba su propia hacha en el costado de un tercero. Pero entonces, un orco barbado, canoso y de mirada aviesa, que hasta entonces había estado mezclado entre los prisioneros, se abalanzó sobre Farin con un rugido.
—¡Maghaz! —gritó el orco, blandiendo una cimitarra con manos cubiertas de cicatrices; y, dirigiéndose a sus soldados:—. ¡Estúpidos! ¡Daos la vuelta y acabad con esos malditos enanos y su esclavo!
Farin esquivó el primer golpe y respondió con un tajo en diagonal, pero Maghaz era rápido. Las armas chocaron con un estruendo metálico, y Farin sintió el impacto en los huesos. El jefe orco también era fuerte, y sus ojos brillaban con un odio ancestral.
—¡Por Khazad-Dûm! —rugió Farin, retrocediendo un paso para evitar un segundo ataque.
Mientras, en la elevación, Edrahil, Bordo y Largo habían dejado sus arcos y, empuñado sus armas, se defendían desesperadamente de los orcos y el troll que cargaban contra ellos. Edrahil cortó el aire con un movimiento fluido de su lanza, derribando a un orco que intentaba flanquearlos. El troll intentaba aplastar a los hombres con su porra claveteada, pero estos conseguían, de momento, esquivar desesperadamente sus golpes e incluso dar cuenta de sus otros atacantes. Hasta que un aterrador puñetazo impactó contra Largo que, aun tambaleándose, consiguió milagrosamente mantenerse en pie.
—¡Byrgol, no! —gritó Edrahil al ver al hobbit saltar desde un arbusto, su cuchillo en alto, dispuesto a atacar al troll.
El cuchillo de Byrgol rebotó contra la piel gruesa del monstruo, que ni siquiera pareció notarlo. Con un gruñido de desdén, el troll alzó su porra para acabar con Largo, pero antes de que pudiera golpear, un pájaro negro se lanzó desde el bosque, picoteando sus ojos con furia. Radagast, oculto entre los árboles, había enviado a su aliado alado para distraer a la bestia.
—¡Muere enano! —gritaba Maghaz mientras redoblaba su ataque contra Farin—. ¡Morid todos!
El enano no se amilanó y, reuniendo fuerzas, alzó su hacha la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de su enemigo, hendiéndole el cráneo sin remedio. El viejo capitán orco cayò pesadamente al sueño y el Farin se volvió para ayudar a sus compañeros, que combatían todavía superados en número.
—¡Hafgrim, el troll ha golpeado a Largo! —gritó el enano, esquivando el golpe de otro orco y respondiendo con un tajo que abrió una fea herida en el hombro de su rival.
Hafgrim, que acababa de derribar a otro guardia orco, corrió desesperadamente hacia donde el hombre de Valle luchaba contra el troll, el cual que había ahuyentado al pájaro de Radagast de un manotazo. Largo blandía su espada con desesperación, pero el troll era demasiado fuerte.
—¡Estelang! —gritó Hafgrim, saltando hacia el troll y golpeando con la hoja oscura contra su espalda.
La criatura se encogió apenas de hombros, pero falló su ataque contra Largo y se volvió entonces hacia Hafgrim, con ojos inyectados en sangre. Byrgol, sin arredrarse por su fracaso anterior, saltó otra vez de los arbustos clavando su cuchillo en el talón del troll. La criatura parpadeó molesta y volvió a errar su golpe, mientras Hafgrim le asestaba una profunda estocada en el vientre, que esta vez sí hizo gruñir al enorme ser, aunque sin conseguir derribarlo.
Mientras tanto, Farin esquivaba otro golpe y retrocedía para recuperar fuerzas. Entonces empezó a entonar su canción de guerra. Sus palabras resonaron en el aire como un desafío a la muerte que infundía fuerza a sus compañeros:
A destruir a los orcos, a cumplir nuestro destino.
A limpiar con sangre negra el reino que un día perdimos...
Falin y Filin, con renovado esfuerzo, derribaron a dos más de sus rivales. Los pocos orcos que quedaban vacilaron. Farin, bajando la aterradora máscara de su casco para infundirles temor, avanzó hacia ellos con un gesto terrible
—¡Corred! —gritó con voz atronadora—. ¡Corred si queréis ver otro anochecer!
Soltando sus armas, los orcos dieron media vuelta y huyeron aullando por el camino de vuelta al castillo. Sin pensárselo dos veces, los enanos se lanzaron a la carrera hacia donde Hafgrim y el troll seguían combatiendo.
En el bosquecillo, otros dos dos orcos yacían en el suelo, abatidos por Bordo y Edrahil. El elfo, aunque herido en el costado, disparó una flecha que se clavó en el hombro del troll. Este, volviéndose de nuevo hacia Hafgrim le lanzó un golpe que lo alcanzó de lleno en el pecho. El hombre dio un paso atrás, sintiendo el aliento salir de sus pulmones, pero no cayó y agarró con más fuerza la empuñadura de Estelang.
El guardián de Valle contempló entonces las fauces abiertas del troll y, sin pensar, lanzó una estocada con todas sus fuerzas. La hoja oscura entró en la boca del monstruo que, de inmediato se detuvo bizqueando estúpidamente. Hafgrim tiró con fuerza de la espada, que salió acompañada de una bocanada de sangre negra, y la criatura se desplomó, sacudiendo el suelo en su caída.
El silencio que siguió fue pesado, roto solo por los jadeos de los heridos y el crujir de las hojas bajo sus pies.
Edrahil, apoyado en su lanza, respiraba con dificultad, pero su mirada era triunfante.
—Lo logramos —dijo, con una sonrisa cansada.
Hafgrim, sangrando por la nariz pero aún en pie, se acercó a Largo y lo ayudó a levantarse.
—Buen golpe, Hafgrim —murmuró el hombre de Valle, escupiendo sangre—. Supongo que ahora te debo una.
—Agradéceselo también al mediano, Grimwald —respondió Hafgrim haciendo un gesto hacia Byrgol—. A su manera, él ha sido el más valiente.
El hobbit se acercó sonriendo y dando saltos de alegría.
—¡Ganamos! —exclamó, levantando su cuchillo ensangrentado—. ¡Y yo ayudé!
Edrahil alzó la vista.
—Los fuegos artificiales de Gandalf, supongo —dijo.
—Sin duda aderezados por las flechas de Geirbald y las zarpas de Beorn —añadió Farin con una sonrisa.
Radagast ladeó la cabeza, atento a los sonidos que otros no oían. De entre las sombras volvió a descender el gavilán, que se posó en su brazo. El mago murmuró algo en voz baja, casi inaudible, y el ave alzó el vuelo de nuevo hacia el norte.
—Detendrán a los fugitivos —explicó—. Ahora saben que hemos cumplido nuestra misión.
Edrahil, mientras tanto, se había inclinado sobre los cofres. Forzó la tapa del primero. Una luz metálica se reflejó entre sus manos.
—La Lámpara de Balthi —dijo.
Alzó el precioso objeto, que brillaba como un recuerdo persistente de la luz, firme y sereno. Por un momento, incluso el pantano pareció más luminoso.
Radagast observó en silencio.
—Guardadla bien —murmuró— Nuestra mayor victoria es que el enemigo no pueda contar con su poder.
El segundo cofre contenía oro, apretado en sacos y piezas sueltas, sin orden ni concierto.
—Esto era un botín —dijo Filin, escupiendo a un lado—. Y ahora un pequeño pago por nuestra sangre.
Hafgrim no se detuvo en ello. Había roto ya varias cadenas y ayudaba a los cautivos a incorporarse. Algunos apenas podían sostenerse; otros miraban alrededor como si aún no comprendieran.
—Estáis a salvo —dijo con voz firme—. Escuchadme. Caminaremos hacia el norte por un camino oculto. No os separéis.
Uno de los hombres, con el rostro hundido por el cansancio pero la mirada iluminada, le aferró el brazo.
—Creíamos que era el fin, que ya nunca… —pero la voz se le quebró.
Hafgrim no respondió. Se limitó a asentir y lo ayudó a incorporarse.
Poco después, emprendieron la marcha hacia el punto convenido. El bosque parecía distinto ahora, más expectante, como si cada criatura supiera lo que había ocurrido.
Encontraron al resto al caer la tarde. Gandalf estaba allí, apoyado en su bastón; Beorn y Geirbald, en silencio, observaban el horizonte. Algunos hombres del bosque recogían armas y restañaban sus heridas.
—Habéis llegado a tiempo —dijo Gandalf, al verlos—. Otros venían en su ayuda.
Radagast se acercó sin detenerse.
—Vendrán más de Dol Guldur.
—Ya lo creo —repuso el mago gris—. Y rápido.
El mago pardo asintió levemente.
—Ahora hay un rastro que seguir. Y lo seguirán.
Beorn gruñó, como si aquello le pareciera lo más natural.
—Entonces no sé a qué estamos esperando. Vayámonos antes de que nos encuentren.
Inmediatamente emprendieron el camino de regreso, turnándose para ayudar a andar a los heridos y los prisioneros liberados, apagando cualquier rastro de fuego, avanzando bajo la cobertura de los árboles.
Durante los días que siguieron, el avance fue constante y silencioso. Edrahil abría camino cuando el sendero ofrecía la oportunidad de despistar a sus perseguidores, sembrando pistas falsas y desviándose por rutas apenas perceptibles, ocultando las huellas allí donde el suelo podía traicionarlas. Más de una vez se detuvieron, inmóviles, mientras a lo lejos resonaban aullidos o el crujido de ramas quebradas.
—Nos persiguen con huargos —dijo Farin una noche.
—Sí —respondió Edrahil—. Pero cada día están más lejos de nosotros.
Y así fue. Poco a poco, el bosque se volvió menos denso, el aire más limpio. Las señales de persecución se fueron desvaneciendo hasta desaparecer.
Cuando por fin alcanzaron Rosgobel, el cansancio les pesaba como una losa. Descansaron en el refugio de Radagast, apenas lo necesario antes de proseguir hacia los Valles Orientales.
Al llegar a los asentamientos de los Hombres del Bosque, el recibimiento, esta vez, estuvo teñido de alegría. Ancianos y jóvenes, mujeres y niños salieron a su encuentro. Algunos reconocieron a los liberados y corrieron hacia ellos; otros se detuvieron ante los aventureros, observándolos con una mezcla de respeto y admiración.
El consejo se reunió al caer la noche. Se encendió un amplio fuego y, en torno a él, tomaron asiento los jefes de las casas. Farin depositó la lámpara ante ellos. Nadie la tocó.
—Habéis traído de vuelta a los nuestros —dijo un anciano—. Y habéis devuelto algo que creíamos perdido.
—No es solo eso —añadió otro—. Habéis combatido donde nosotros solos no podíamos.
Hubo un silencio breve.
—Si lo deseáis —concluyó el primero—, podéis contaros entre los nuestros. No como huéspedes, sino como auténticos Hombres del Bosque.
Farin miró a Edrahil, luego a Hafgrim. Ninguno respondió de inmediato.
—Nuestro camino no termina aquí —dijo al fin el enano.
—Pero recordaremos este lugar —añadió Hafgrim.
Edrahil inclinó levemente la cabeza.
—Y volveremos a él cuando necesitemos una buena acogida.
El fuego crepitó suavemente. Sobre ellos, el cielo era limpio y estrellado.
Muy lejos, entre las sombras del sur, otro fuego ardía. Y alguien escuchaba el informe de un orco encogido y amedrentado.
—Un enano, sí, mi señor.... Y un elfo... Y un hombre alto —decía con voz chillona y temblorosa—. Ellos lo hicieron... Se llevaron la lámpara... Y a los prisioneros... ¡Malditos! ¡Malditos!
Entre la oscuridad visible a través de la abertura de su túnica, los ojos del Lugarteniente de Dol Guldur brillaban con una luz mortecina. Permaneció en silencio un instante, como midiendo la importancia de aquellas palabras.
—No son desconocidos —dijo al fin—. Buscad sus nombres. Y seguid sus movimientos.
Las brasas se agitaron y, tras su resplandor fugaz, la sombra pareció hacerse más profunda.








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