Capítulo 2: Una singladura hacia el terror



De nuevo en la sala común del Póney Pisador se encontraban Farin, Hafgrim y Edrahil en torno a una mesa cargada de jarras de cerveza y panecillos calientes. El ambiente era bullicioso, aunque no tanto como aquella noche, hacia algunas semanas, en que habían conocido a Jari.
Entonces, una voz profunda resonó por encima del murmullo:

—Es raro en estos días ver a un enano, un hombre y un elfo sentados a la misma mesa.

Los tres alzaron la vista. Ante ellos estaba un anciano de barba gris, con sombrero puntiagudo y bastón de madera nudosa. Los ojos chispeaban con un brillo entre travieso y grave.

Farin sonrió de inmediato.
—¡Gandalf el Gris! —exclamó—. Tiempo hacía que no veía tu sombrero en estas tierras.

Edrahil asintió con respeto.
—Maestro Mithrandir, vuestro nombre es aún recordado en los Puertos Grises.

Hafgrim arqueó una ceja, mirándolo con suspicacia.
—¿Y este viejo buhonero quién es, que habla como si os conociera?

Gandalf soltó una carcajada y tomó asiento sin pedir permiso.
—Buhonero, dices… bueno, en cierto modo sí, pero mis mercancías son más bien noticias y encargos. Y en este caso, tengo uno para vosotros.

Sacó la pipa, la encendió con parsimonia y añadió:
—Balin me dijo que os hallaría aquí. Y veo que tenía razón. Necesito alguien que viaje a Lond Daer, en la desembocadura del Aguada Gris.

Edrahil frunció el ceño.
—Lond Daer… antaño fue puerto de los Dúnedain, pero estaba deshabitada desde hace siglos.

—Pues ya no —repuso Gandalf—. Ahora hay allí una reina. Su nombre es Nimuë, y gracias a ella la ciudad ha vuelto a prosperar. Un poder extraño protege sus dominios, y no le vendrían mal unos héroes en quien confiar. Podéis decirle que yo os envío.

Farin se pasó la mano por la barba, intrigado.
—¿Y qué clase de prosperidad puede haber en un puerto muerto?

—La que nace de la esperanza y de la voluntad —respondió el mago, con un destello en los ojos—. Pero ya lo veréis con vuestros propios ojos.


Una semana más tarde, tras emprender camino hacia el sur, la compañía alcanzó Tharbad. La vieja ciudad, antaño medio abandonada, se alzaba ahora revivida. El puente sobre el Gwathló aún mostraba cicatrices del tiempo, pero en las orillas bullía la actividad: cargadores, comerciantes y barcos fondeados en el puerto.

Un vecino, viendo a los forasteros, se apresuró a contarles:
—El burgomaestre Gurnou gobierna ahora. Dicen que fue bandido, pero aquí nos ha traído orden y riqueza. El bandidaje en los caminos se acabó gracias a él.

Más tarde, un patrón de barco con el que negociaban pasaje añadió:
—Hace unos años, pescadores y familias regresaron a Lond Daer, pensando en levantar de nuevo el puerto. Pero despertaron a una bestia del mar, una serpiente que los atacaba cada vez que faenaban. Entonces apareció Nimuë, una joven del lugar, que se enfrentó a la criatura y la venció. Desde entonces, la llaman reina.

Edrahil escuchó con atención, y mientras observaba las aguas del Gwathló comentó a sus compañeros:
—Lond Daer era célebre en el pasado por sus torres, inspiradas en las de mis propios Puertos Grises. Si ahora hay orden y un gobierno firme, no me extraña que la gente haya vuelto.

La lancha en la que embarcaron descendió lentamente por el río durante varios días, hasta que, finalmente, alcanzaron la desembocadura del Aguada Gris.


Ante sus ojos se extendía Lond Daer, renacida entre ruinas. En la orilla derecha se alzaban varias torres de piedra reconstruidas, algunas coronadas con estandartes que ondeaban al viento marino. En la orilla izquierda, en cambio, se extendía un poblado de casas nuevas entre los restos antiguos; allí los muros caídos servían de cimientos para las viviendas. Y bajo la superficie misma del agua se distinguían ruinas hundidas, columnas y arcos cubiertos de algas que hablaban de la grandeza perdida.

El aire olía a salitre y a humo de hogar, y en el puerto se oía el bullicio de una comunidad que volvía a crecer.

—Ahí lo tenéis —murmuró Hafgrim, cruzado de brazos—. Una ciudad partida en dos, pero viva otra vez.

Farin sonrió bajo la barba.
—Pues habrá que ver qué clase de reina es esa tal Nimuë, y si merece la fama que le dan.

Edrahil, con la mirada fija en las torres, parecía recordar tiempos antiguos.

Desembarcaron en Lond Daer, y enseguida notaron las miradas curiosas de la gente. Los pescadores interrumpieron sus faenas, las mujeres dejaron de acarrear cubos y hasta unos niños que jugaban entre las ruinas se quedaron quietos, observando al extraño grupo.

Un hobbit con capa azul y un tabardo demasiado señorial para su tamaño se abrió paso entre la gente. Llevaba al cinto un cuchillo de hoja ancha, claramente enano. Con gesto solemne, se plantó delante de Hafgrim.

—Bienvenidos a Lond Daer —dijo con voz firme, casi como si estuviera acostumbrado a recibir comitivas—. Soy Falmir Belifante.

Hafgrim se presentó, algo sorprendido por la pomposidad del pequeño caballero. Y entonces el hobbit lo miró de arriba abajo, con los ojos brillando de emoción.

—¿Hafgrim? ¡El heredero! —exclamó, casi sin aliento—. Tienes que conocer a Glaen.

—¿El… qué? —Hafgrim frunció el ceño, incómodo—. No sé de qué hablas.

Farin, viendo el apuro de su compañero, desvió la conversación con habilidad. Le preguntó a Falmir por la ciudad, por su gente, por el cuchillo enano que portaba. El hobbit, encantado de tener audiencia, respondió con entusiasmo:

—La mayoría vive en los Salones de la Reina, dentro de la empalizada. Yo he viajado mucho, ¿sabéis? En lejanas tierras compré este espléndido cuchillo. También conozco historias de Bilbo Bolsón, el famoso hobbit de la Comarca.

Aquello captó la atención de Hafgrim, que recordaba esa aventura como un viejo relato de sus padres.

Falmir pidió a los guardias del palacio que dejaran entrar a los viajeros. Al principio dudaron, pero bastó con que pronunciara de nuevo aquellas palabras —“el heredero”— para que se apartaran, si bien manteniendo su recelo hacia el hobbit.

Dentro del gran salón, los recibió una visión imponente: Nimuë, sentada bajo el colosal cráneo blanqueado de una serpiente marina, observaba desde su sitial. La reina era joven, pero en su porte había algo de fiero y decidido.

—Majestad —dijo Falmir inclinándose—. Ha llegado el heredero.

Hafgrim, enrojecido por el título que ya empezaba a incomodarle, se presentó con cortesía. Entonces entró en la sala un anciano delgado y canoso, de mirada febril y cuerpo tembloroso: Aglaen, el astrólogo.

El viejo extendió un dedo huesudo hacia Hafgrim.

—Es él… El heredero. Lo vi en la orilla, en mis visiones. Una isla solitaria, una montaña a sus espaldas, una espada negra en la mano… Luego, tormenta, y todo desapareció.

Algunos se rieron. Un pescador fornido de piel curtida, bufó.

—Tonterías. Hablas de la Isla de la Madre, muy al norte. No hay nada allí.

—Lo vi tres veces —insistió Aglaen, sudando—. Y al final una ola enorme y voces de espectros gritaban su nombre.

La reina lo escuchó con atención y, tras un silencio, ordenó dirigiéndose al pescador que había hablado:

—Eagre, puesto que conoces el camino, tú los llevarás a esa isla. Y Falmir, hospeda a nuestros visitantes esta noche.

Los viajeros se retiraron intrigados. Farin, siempre curioso, preguntó por la cabeza de la serpiente marina y descubrió la historia de Nimuë: cómo, siendo una sencilla mariscadora, encontró una lanza antigua de Oesternesse y se sumergió en la guarida de la bestia. Esperó el momento en que dormía y la atravesó, acabando con su amenaza. Esa misma lanza descansaba ahora en el palacio.

Esa noche, entre confidencias, Aglaen se acercó a Edrahil. Le habló de sus visiones, de cómo las voces que repetían “Hafgrim el heredero” lo habían perseguido cuando paseaba bajo las estrellas. Algunos lo tomaban por charlatán, pero lo cierto es que había pronunciado el nombre de Hafgrim antes incluso de conocerlo.

Farin, por su parte, se enteró de que Lond Daer había sido refugio de piratas, que arrojaban a sus prisioneros encadenados al mar. Sus esqueletos aún podían verse entre las ruinas sumergidas.

Más tarde, cuando todos se disponían a descansar, fue Eagre quien buscó a los aventureros. Con voz grave les contó su historia:

—Llegué a la Isla de la Madre acompañando a mi padre en una travesía de pesca en la que fuimos arrastrados por los vientos. Es un lugar maldito… Mi hija, Elwig, escuchó demasiadas veces esa historia y partió en su busca. Nunca volvió. Os lo ruego: ayudadme a encontrarla.

Hafgrim, conmovido por sus palabras, recordó lo que su propio padre le había contado: que sus antepasados venían del oeste. Edrahil añadió que aquellas islas habían formado parte de Beleriand.

—Y en Beleriand —recordó Hafgrim— estaba la tumba de Túrin Turambar, junto a la espada negra.

El elfo asintió, pensativo.

—Se profetizó que su tumba permanecería hasta el fin de los tiempos… y que Túrin regresaría para luchar en la Última Batalla.

El eco de esas palabras dejó un peso extraño en la estancia.


El barco de Eagre, el Ala del Mar, resultó ser una pequeña embarcación pesquera con la que apenas podían aventurarse más allá de la costa. Para alcanzar la Isla de la Madre todos tendrían que remar, izar velas, achicar agua y turnarse al timón. No había sitio para comodidades: apenas un par de redes secándose, un mástil torcido y el olor a brea que se pegaba a la ropa.

En el último momento, justo cuando la tripulación preparaba las amarras, apareció Falmir con su capa azul ondeando al viento.

—No pensaréis dejarme aquí —dijo con aplomo—. Mi deber es acompañar al heredero.

Hafgrim masculló algo entre dientes, incómodo, pero Farin lo dejó pasar con un encogimiento de hombros. Y así partieron, con el hobbit incluido.

La primera etapa, hasta el cabo de Eryn Vorn, transcurrió sin contratiempos. Eagre, serio como nunca, señaló los bosques oscuros que se alzaban sobre los acantilados.

—Dicen que están embrujados. Criaturas extrañas moran ahí. Mejor no arrimarse demasiado.

Los marineros hicieron señas para espantar la mala suerte  y redoblaron el esfuerzo en las velas.

De Lond Daer a Harlindon y luego al Golfo de Lhûn, el clima fue benigno. Navegaron con viento a favor, sin fatiga ni sobresaltos. Pero las noches empezaron a perturbar el descanso de algunos. Hafgrim soñó con su padre, que le preguntaba si se había ido por la última discusión que tuvieron. Farin soñó con un pariente suyo, reprochándole algo parecido. Al día siguiente, los dos tuvieron el mismo sueño, pero ya no eran rostros familiares: una anciana demacrada les susurraba con voz áspera:

—Dime… ¿qué será de ti? ¿Adónde te conducirá tu camino, sino a la muerte y al dolor?

Farin despertó empapado en sudor, incapaz de quitarse de encima el pavor de aquella visión.

Edrahil, por su parte, juraría haber visto una noche un barco enorme, iluminado apenas por un relámpago en la lejanía. Cuando lo comentó a Eagre, el marinero negó con la cabeza.

—No es posible… aunque lo que describes me recuerda a naves del sur que vi en mi juventud.

Desde el Golfo de Lhûn hacia los Mares del Norte, el clima empeoró. Lluvia, viento helado, las velas reventando y la fatiga acumulándose día tras día. Después vino la calma chicha: aguas quietas, velas muertas, y la desesperación de no avanzar. Finalmente alcanzaron la isla de Himling, donde la nieve caía en copos gruesos y algunas calas mostraban chozas de piel curtida. Alrededor, un archipiélago se desplegaba hacia el oeste, algunas islas infestadas de murciélagos.

Un día, al pasar un cabo, un viento del noreste se levantó con violencia. Era un viento extraño: cargado de susurros crueles, casi con formas que se dibujaban en la bruma.

—Este viento maldito viene de Angmar —dijo Edrahil, sombrío.

Eagre y sus hombres palidecieron. El miedo se extendió como un veneno. Y entonces ocurrió lo imposible: ninguno de los marineros sujetaba el timón. Nadie parecía gobernar el barco. Y una isla negra se levantaba de pronto ante ellos.

Edrahil corrió al timón, Farin y Hafgrim se lanzaron a las cuerdas. La nave empezó a zozobrar. Con un último esfuerzo, Farin consiguió echar el ancla. El resto, tirando de remos y cuerdas, lograron acercar el Ala del Mar a la costa. Apenas saltaron a tierra, el viento amainó.

Mientras vaciaban el agua de la bodega, unas figuras aparecieron entre la bruma. Estaban cubiertas de pieles de la cabeza a los pies y portaban arpones. No hablaban, solo hicieron gestos, ayudándolos a asegurar la nave. Después los condujeron por los riscos de la isla, hasta una cala donde se levantaba un pequeño campamento de tiendas.

Allí, uno de ellos se presentó:

—Soy Jagat, de los Lossoth.

Los viajeros se presentaron a su vez. Jagat explicó que estaban cazando a la bestia Fastitocalón.

—Los elfos la llaman Limlug —dijo Edrahil, reconociendo el nombre—. Una criatura marina tan enorme que a veces la confunden con una isla.

—¡Cazarla es un gran honor! Pero la perdimos —continuó Jagat—. Los vientos nos arrastraron hasta aquí.

Farin preguntó por Elwig, la hija perdida de Eagre. Jagat frunció el ceño.

—Una mujer naufragó. Le dijimos que no fuera al bosque, pero no nos escuchó. Fue hacia allí.

Señaló la colina que dominaba la isla. Era negra, rocosa, pero en su cima había un parche verde. Y en ese lugar, se adivinaba algo construido.


Jagat los guió por un sendero escarpado hasta otra cala, en el lado opuesto de la isla. Allí, medio enterrado en la arena y batido por las olas, yacía el cascarón de un barco semihundido.

Eagre se detuvo en seco, con el rostro desencajado.
—¡Es el navío de mi hija! —murmuró, reconociendo la forma del mascarón y el color aún visible en las tablas.

Los Lossoth confirmaron que habían aprovechado parte de su madera para levantar sus propias chozas. Eagre, con las manos temblorosas, acarició la quilla rota como si fuese un cuerpo muerto.

Más allá, en lo alto de la isla, se alzaba la silueta de una fortaleza sombría, de muros ennegrecidos por la sal y el tiempo. Jagat frunció el ceño y advirtió:
—Allí hay peligro. Pero también un camino que asciende hasta la cima.

La compañía, sin embargo, decidió buscar primero a Elwig en el bosque que cubría la falda opuesta de la colina. Eagre y Falmir insistieron en acompañarlos.

El bosque estaba más frío que el resto de la isla, y en su interior se escuchaban aullidos que no parecían de bestias comunes. Muy pronto comenzaron a divisar formas movedizas entre los árboles: sombras traslúcidas que giraban en torno a ellos, cada vez más cercanas.

Edrahil recordó en voz baja lo que sabía de tales seres:
—Los espectros rehúyen la luz del fuego. Encendamos antorchas, y no nos separemos.

Así lo hicieron, pero al reemprender el camino, los espectros parecían cortarles el paso. Hafgrim notó que la resistencia de los espíritus parecía mayor cuando trataban de seguir en una dirección.
—Quieren impedirnos que vayamos por allí —dijo, apretando el arco entre los dedos.

Avanzaron hacia el lugar donde se les oponían las sombras, y estas, en respuesta, se abalanzaron sobre ellos. La compañía se defendió con ferocidad: Farin blandió su hacha contra figuras que parecían de humo, pero que golpeaban y podían ser heridas; Edrahil empuñó su lanza con destreza, como si atravesara el mismo aire; y las flechas de Hafgrim volaban con puntería certera. Las antorchas crepitaban y su luz pareccía debilitar realmente la voluntad de los espectros, que retrocedían ante ella.

El combate fue largo y amargo. Los espectros se retiraron por fin, disueltos en lamentos, pero Farin quedó magullado, con heridas y golpes que le entumecían los músculos.

Avanzando entre raíces y claros, alcanzaron una hondonada en cuyo centro se abría una cueva. En la entrada hicieron una gran hoguera, para impedir que los espectros se acercaran, y luego entraron. El suelo estaba cubierto de barro y olía a humedad y podredumbre.

Farin, que iba delante, se detuvo de golpe:
—¡Cuidado! Aquí el suelo ha cedido antes. —Y señaló una zona donde se había improvisado un entarimado con maderas.

Al retirarlas, descubrieron una abertura. Desde abajo llegaban gemidos débiles. Con ayuda de una cuerda, bajaron a Farin hasta lo que parecía una cripta. Allí, tendida en un rincón, estaba Elwig, temblando de frío y medio desvanecida. El enano la cargó y la izaron arriba, llevándola a la entrada para que respirase aire fresco y recibiera calor del fuego.

Dentro de la cripta había un catafalco cuya lápida había sido retirada. En su interior yacía un esqueleto vestido con ropas antiguas, las manos aún cerradas sobre una espada cubierta de una costra oscura.

Cuando Hafgrim y Edrahil descendieron a la cripta por una estrecha escalera que había al fondo de la cueva, una voz resonó en la mente de Hafgrim:

"Tres veces vine a este sepulcro, a esta sagrada tierra. Una vez, joven y audaz, buscando aventura; y hallé gloria junto al Rey. Una segunda vez, me encomendó destruir la oscuridad bajo Amon Guruthos, pero mi valor flaqueó y huí, quebrado cual cristal. Forjé una espada y recobré coraje. Hallé compañeros y retomé la lucha. Mas no bastó, y la oscuridad nos hizo ceder. Solo yo sobreviví, perseguido por fantasmas. Una tercera vez regresé… y aquí aguardé a ti, en la tumba de los héroes."

Hafgrim tomó la espada con respeto, sabiendo en su fuero interno que hacerlo equivalía a aceptar la misión inconclusa del caballero: destruir la oscuridad que yacía bajo Amon Guruthos.

Edrahil, con mirada grave, leyó la inscripción en el sarcófago:
Tarandis, caballero de Arthedain. Sirvió en los días de Arabel, abuelo de Arvedui, el último rey. Combatió en la guerra contra Angmar.

La espada tenía una patina negra que, al ser retirada, mostró un acero extraño, surcado de vetas más oscuras. Al limpiarla, reflejaba un resplandor sereno, y un nombre surgió en sus pensamientos: Estelang, la Esperanza Inquebrantable. Era una hoja de Númenor, forjada para combatir a los muertos vivientes y los seres malignos. Ppor eso los espectros no habían osado entrar en la cueva.

Al salir, las sombras aún los aguardaban, agitadas y hostiles. Pero al ver la espada retrocedieron, ululando, y aunque los siguieron por el camino del bosque, no se atrevieron a acercarse.

La compañía llevó a Elwig de regreso al campamento de los Lossoth. La muchacha estaba débil, demasiado para emprender un viaje inmediato. Mientras descansaba bajo las pieles, los aventureros discutieron en voz baja. La isla guardaba secretos todavía. Y estaban decididos a explorarlos.




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