Capítulo 1: En una posada de Bree...
En una posada de Bree bebían un enano, un elfo y un hombre. El lugar era un hervidero de campesinos, viajeros, mercaderes y algún montaraz entre las sombras. El humo de alguna pipa creaba una niebla gris en el aire saturado de olor a cerveza y leña húmeda, y por encima de las voces se oía el chisporroteo del fuego en la chimenea.
El enano era Farin, hijo de Dáin, de la Montaña Solitaria; frente a él se sentaba un hombre de elevada estatura y barba rala, Hafgrim el Alto, guardián de la ciudad de Valle; y entre ambos estaba Edrahil Lomelinde, un elfo llegado de los Puertos Grises, de hablar pausado y mirada profunda.
Fue Farin quien rompió el silencio, golpeando la jarra sobre la mesa:
—Bueno, ya que estamos reunidos, conviene que lo aclaremos todo de una vez. Hafgrim, tú y yo partimos de Erebor por consejo de Balin, ¿no es así? Ese viejo testarudo me dijo: “Busca al elfo Edrahil en Bree”. Y aquí estamos los tres, como si lo hubiera planeado algún poder mayor que nosotros.
Hafgrim asintió, bebiendo un largo trago antes de responder:
—Yo sigo sin entender por qué te empeñaste en arrastrarme tan lejos de Valle. Pero Balin siempre fue hombre sabio… o enano sabio, como prefieras. Si dijo que aquí encontraríamos algo, supongo que algo sospecharía de las maquinaciones del enemigo.
Edrahil los miró en silencio durante un momento y luego sonrió apenas, con ese aire tranquilo de los elfos que parecen medir sus palabras.
—Las razones de Balin no son poca cosa. Y seguro no es casualidad que me pidiera esperaros aquí. Yo no sé el motivo preciso por el que nos han reunido aquí… pero no ignoro que en estos tiempos de incertidumbre se preparan cosas grandes en el oeste, y quizá tengamos parte en ellas.
Farin se inclinó hacia adelante, bajando la voz:
—Entonces no era un simple encuentro para intercambiar historias de viaje. Bien. Yo lo sospechaba. Balin no es amigo de gastar saliva en balde.
Desde otra mesa cercana, se oían las voces de dos enanos de las Montañas Azules, Floki y Hornbori, que hablaban de negocios y con los que Farin había trabado conversación unos momentos antes. También había unos mercaderes de Valle: Arna, Harald y Leif, que habían hablado con Hafgrim de sus planes para transportar hasta Bree sus mercancías.
Súbitamente la puerta de la taberna se abrió de golpe y el viento frío entró con un recién llegado. Un enano de aspecto nervioso, de andar apresurado, se plantó en medio del salón y levantó la voz para anunciarse:
—¡Soy Jari el Viajero, sobrino nieto de Bori! ¡Y sé dónde encontrar un tesoro olvidado! —dijo, mostrando en su mano un rudimentario mapa.
La mayoría de los habituales se volvieron a mirarlo, entre curiosos y desconfiados. No tardó en acercársele un hombre alto y desgarbado que confirmó sus palabras con un murmullo nervioso.
—¡Es cierto! Yo he oído contar leyendas de tesoros ocultos en estos lares.
Farin soltó un bufido, cruzándose de brazos.
—Bah, cuentos de borracho. No me gustan los que alardean de tesoros en mitad de una posada.
Edrahil asintió con calma.
—Demasiado ruido para alguien que pretende hablar de riquezas escondidas. Yo no confiaría en él.
Y con eso dieron la espalda a Jari. El enano, ofendido, salió de la taberna pateando ruidosamente el suelo, y poco después salió también el hombre desgarbado. Pero Hafgrim, mientras bebía en silencio, no les había quitado ojo de encima. Había visto entrar al hombre justo detrás del enano, casi como si estuvieran compinchados..
Después de que ambos se hubieran ido, Hafgrim se levantó con fingida indiferencia y murmuró a sus compañeros:
—Vosotros seguid bebiendo. Yo voy a ver adónde llevan esta representación.
Y salió tras ellos, dejando a Farin y Edrahil mirándose en silencio, cada uno con sus propias sospechas.
Hafgrim alcanzó al hombre en un recodo, bajo la luz vacilante de candil de aceite. Lo sujetó por el brazo con firmeza, y el otro casi se desplomó de puro miedo.
—Habla claro —gruñó el de Valle—. ¿Qué negocio es este de tesoros y mapas?
El hombre temblaba de pies a cabeza. Apenas lograba articular palabra, pero la amenaza en la mirada de Hafgrim le dio lengua:
—No… no es por voluntad mía. ¡Debéis acompañar a Jari, o mi familia morirá! —balbuceó, con los ojos desorbitados—. Los trolls los tienen cautivos… ya devoraron a uno de mis criados, y juraron que harían lo mismo con los míos si no obedecía.
Hafgrim aflojó un tanto la presión, sorprendido. Le pareció que, por su acento, el hombre podía proceder de algún lugar cercano a Rohan.
—¿Trolls? —masculló, como si la palabra le resultase amarga.
El hombre asintió con brusquedad, tragando saliva.
—Me llamo Diarmoc. Ellos me obligaron a seguir a este enano parlanchín para atraer a otros incautos. ¡No me queda elección!
El guerrero lo soltó con calma, mirándolo de arriba abajo, y luego lo obligó a regresar con él. No tardaron en reunirse con Farin y Edrahil, que habían salido de la taberna al ver que Hafgrim se demoraba.
El enano frunció el ceño al escuchar la historia e hizo crujir sus nudillos.
—Así que era eso… No me extraña. Nunca confié en ese Jari. Pero si hay trolls de por medio, mejor acabar con ellos de una vez.
Edrahil permaneció callado unos instantes, meditando. Su mirada se perdió en la noche, como quien escucha un eco lejano. Finalmente, dijo:
—Sea cual sea la verdad del mapa, como dice Hafgrim, el mal se ha revelado. No debemos dejar a ese enano solo, ni a Diarmoc sin socorro. Pero dejad que yo le siga sin que él lo sepa; así tal vez descubramos más de sus intenciones.
Pronto Fari y Hafgrim dieron alcance a Jari para decirle que habían cambiado de opinión. Jari, encantado, les propuso partir al alba. El grupo, al que también se había unido Darmoc atravesó el espeso Bosque de Chet y luego las colinas solitarias que se extendían más allá. Dos días duró la marcha, y durante todo el camino Jari insistía en alargar las etapas hasta el crepúsculo, como si esperara alcanzar el lugar de destino bajo la sombra de la noche. No lo consiguió: Farin y Hafgrim, resueltos a no dejarse arrastrar, lo obligaron a llegar una hora antes del ocaso.
El lugar era una granja abandonada junto a las ruinas de una torre de piedra ennegrecida por los años. La estructura se alzaba desmochada, cubierta de hiedra y musgo.
—Esperad aquí —dijo Jari con apresurado disimulo—. Voy a echar un vistazo.
Y sin más, se fue andando cautelosamente hacia la torre.
Ligero como la brisa, Edrahil, que los había seguido a una distancia prudencial, fue tras él sin hacer el menor ruido, mientras Hafgrim fingía distraerse con unas huellas en el barro. El elfo vio a Jari internarse en la torre y salir poco después, con el rostro encendido por la impaciencia. Pero Hafgrim, que también había decidido seguir los pasos de Jari, se topó con el enano.
—¿Qué hacías ahí dentro? —preguntó, dejándole apenas tiempo para replicar.
—Nada… solo comprobar si había algún peligro en esas piedras —gruñó Jari, apartando la mirada.
Entonces Hafgrim alzó la vista y divisó a Edrahil entre las sombras. Con un leve ademán, casi imperceptible, le indicó que investigara más a fondo.
El elfo obedeció y entró en la torre. Avanzó entre muros derruidos hasta llegar a un vano que descendía hacia las entrañas de la ruina. Allí, su fino oído percibió un sonido grave y profundo: ronquidos, como de gigantes dormidos. Y el hedor era inconfundible: carne cruda, sudor y podredumbre. Trolls.
Edrahil cerró los ojos, y con un murmullo antiguo dejó que su poder fluyera. Una grieta recorrió la clave de la bóveda que sostenía el techo del sótano. Con un crujido sordo, la piedra cedió; un estrépito sacudió la torre, y el suelo se desplomó.
El sol de la tarde, filtrándose por las rendijas, bañó a los trolls sepultados en cascotes. Su piel endureció, gris y rugosa, hasta volverse piedra.
Hafgrim, mientras, inspeccionaba los alrededores y había descubierto algo extraño en un lago próximo. Entre la niebla que comenzaba a levantarse con el crepúsculo, alcanzó a ver una balsa enmedio del agua. Seguramente una cuerda sumergida la mantenía amarrada a una estaca que podía verse en la orilla.
Entretanto, Farin y Diarmoc, hurgando entre los restos de la granja abandonada, hallaron a una muchacha escondida tras un montón de leña podrida. Estaba sucia, con la ropa hecha jirones y la cara tiznada de hollín, pero sus ojos aún brillaban con determinación.
—¿Quién eres, criatura? —preguntó el enano con voz menos ruda de lo habitual.
—Me llamo Escilda Brezo… —respondió ella con un hilo de voz—. Vivía aquí con mi familia. Los trolls… los trolls vinieron una noche y los devoraron. Yo logré esconderme.
Farin bajó la mirada, incómodo, mientras la joven seguía hablando:
—Luego atraparon a ese enano, Jari. Pero no se lo comieron. Él les convenció de que les traería otras víctimas. Y así fue como capturaron a la familia de ese hombre —dijo, señalando a Diarmoc.
Cuando Hafgrim volvió con Jari, seguidos pronto de Edrahil, no tardaron en hacer que el enano mentiroso se enfrentase a la realidad. Jari tartamudeó excusas, pero Farin lo redujo con un gruñido y lo dejó maniatado en el suelo de la granja.
—Ahí te quedarás hasta que decidamos qué hacer contigo —sentenció Farin.
Hafgrim escupió a un lado y masculló:
—Lo sabía. Ese bribón jugaba sucio desde el principio.
Edrahil se inclinó hacia Escilda.
—¿Dónde retenían a los cautivos? —preguntó con calma.
La muchacha señaló hacia el lago.
—En la torre solo dormían los trolls. Los prisioneros los tenían en el agua… en una balsa.
Hafgrim dio un suspiro de alivio.
—Entonces la familia de Diarmoc se ha salvado del derrumbe. Y lo que vi en el lago era real. Vamos: seguramente aún vivan.
El crepúsculo teñía de violeta el horizonte cuando los aventureros se acercaron a la orilla. Una bruma fantasmal se levantaba sobre la superficie, envolviendo todo en un aire de desolación. Apenas habían echado mano a la cuerda para atraer la balsa cuando el agua estalló en espuma.
De entre las ondas surgió una criatura enorme, con brazos tan largos como troncos y una cabeza grotesca cubierta de algas. Con voz cavernosa chilló:
—¡Soy Nelly Brazoslargos! Vosotros habéis acabado con mis hijos: ahora yo os voy a despedazar y devorar. ¡Y usaré vuestros huesos como mondadientes!
La sorpresa duró un instante. Farin ya blandía su hacha, que cortó con un tajo seco la dura piel de la criatura. Al mismo tiempo, Edrahil giró hábilmente su lanza y le atravesó el costado fatalmente. El troll acuático soltó un bramido desgarrador y se desplomó en el agua, hundiéndose con un borboteo de espuma y sangre.
El silencio regresó al lago, roto solo por el chapoteo de la balsa que por fin lograron acercar hasta la orilla. Encogidos de frío y miedo, pero vivos, emergieron los cautivos: la esposa e hijos de Diarmoc, junto con algunos criados que habían sobrevivido al cautiverio.
Las lágrimas de alivio corrieron por las mejillas de Diarmoc al abrazarlos. Entre tanto, Farin descubrió junto a la orilla un arcón medio podrido. Al abrirlo, hallaron el tesoro de Nelly: monedas de plata y oro, así como collares y gemas que parecían arrancados de sus víctimas.
—Será justo que lo guardes tú, Diarmoc —dijo Farin—. Pero a condición de que tu familia acoja bajo su techo a esta huérfana, Escilda Brezo.
El hombre, conmovido y agradecido, no dudó.
—Así será. La adoptaremos como a una hija.
Entre las alhajas, Edrahil levantó un anillo con una gema verde que centelleaba con luz malsana. Lo sostuvo un instante, y su rostro se ensombreció.
—Esto no debe conservarse. Este anillo es una llave para resolver acertijos. Pero el mal lo impregna. —Y con un gesto rápido, lo arrojó contra una roca, partiéndolo en pedazos.
Diarmoc, aún temblando de emoción, les dio las gracias.
—Volveremos al sur, a nuestras tierras, con mi familia y mis criados… y Escilda. Os estaremos en deuda siempre.
Por un instante la noche les pareció menos oscura. Al día siguiente volverían a Bree, donde Diarmoc y los suyos emprenderían su camino de regreso, y la compañía de aventureros entregaría a Jari a las autoridades locales para que se encargaran de decidir su castigo.


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