Capítulo 3: Sueños de la colina negra


Las ruinas que encontraron al otro lado  de la isla no eran obra de simples hombres del norte. Según Edrahil y Farin, pertenecían a una antigua fortaleza númenóreana. Los muros todavía mostraban relieves gastados de héroes de la Primera Edad: figuras solemnes, con espadas levantadas y rostros serios, ya casi borrados por el salitre y los siglos.

—Esto no es cosa de anteayer —murmuró Farin, pasando la mano por la piedra húmeda—. Pero fijaos en la forja… no está tan arruinada como lo demás. Alguien la usó después, aunque ya hará cientos de años.

Edrahil, pensativo, añadió:

 —La isla me recuerda a una vieja leyenda. Se decía que la tumba de Túrin Turambar, el más desgraciado de los héroes, sobrevivió al cataclismo de la Primera Edad, emergida para siempre sobre las aguas que inundaron Beleriand.. Los reyes de Númenor, que se decían parientes suyos, levantaron una torre para custodiarla. Pero cuando Númenor cayó y el mundo cambió, la isla desapareció. O al menos eso se cuenta.

—Bah, viejas historias de bardos —refunfuñó Farin, aunque sin mucha convicción.

El camino que salía de la ciudadela era aún más oscuro y silencioso. Estaba señalado por las puntas de unas espadas esculpidas y alineadas como si fueran guardianes mudos. Al final de la cuesta, en la cumbre, se levantaba una gran piedra con inscripciones grabadas a dos manos. Ninguno pudo leerlas: el paso de los milenios las había vuelto casi polvo.

Fue entonces cuando la vieron. Una mujer, envuelta en un manto, apareció como si se hubiera formado de la misma bruma. Su rostro estaba cubierto, pero su voz era un lamento.

—No busquéis la lucha. Yo lo perdí todo. A mi hijo. A mi hija arrastrada por las aguas. Al final del camino solo encontraréis el dolor y la muerte —dijo, con un eco que parecía venir de todos lados—. Volved a vuestras casas, antes de que el dolor os consuma.

Sus palabras se dirigieron, sobre todo, al Heredero. Lo llamó por ese título, y le recordó el destino de su antepasado: la ruina, la desesperación, la muerte temprana. Hafgrim sintió el peso de la mirada oculta de la plañidera sobre él y no pudo responder.

Cuando el espectro se desvaneció, un silencio incómodo quedó entre ellos.

Al contarle la historia a Eagre este dijo:

 —He tenido bastante. Yo vuelvo a Lond Daer. Prometo no hablar más de islas perdidas ni de aventuras imposibles.

Y así se decidió. Repararon el Ala del Mar con maderas del barco de Elwig, y acompañaron a los Lossoth hasta la Bahía de Forochel. Allí, Jagat se despidió con un apretón de manos firme y una sonrisa extraña.

 —Volved cuando queráis. El Fastitocalón aún nada en estas aguas. Quizá algún día lo cacemos juntos.

De regreso la compañía pidió desembarcar en los Puertos Grises para, desde allí, dirigirse a las torres blancas de Elostirion. En sus bibliotecas, entre crónicas polvorientas y mapas medio borrados, hallaron menciones a Amon Guruthos, la Colina del Miedo. Nadie sabía señalarla con certeza, aunque había rumores de que era una colina negra en Forodwaith, más allá de Angmar.

Círdan, al escucharlos, frunció el ceño.

 —Ese lugar fue temido incluso por nosotros. Sin embargo, sé de un elfo que estuvo allí: Glorfindel. Ahora mora en Rivendel. Quizá él os hable de lo que vislumbró.

Aquella noche, Edrahil soñó. Volvió a ver la isla, tal como la dejaron, pero en la orilla se alzaba la figura de la plañidera, llorando sin cesar. Entonces la isla se deshizo, convirtiéndose en llanuras heladas y una colina negra, terrible, que se inclinaba sobre el barco de la compañía. Solo el gemido de la mujer se oía, y luego la colina cayó sobre ellos con todo su peso.

Edrahil despertó con un sobresalto, sin poder sacudirse la sensación de que aquel sueño era un presagio.


Después de largas horas de debate, la compañía seguía sin ponerse de acuerdo.

—Tenemos que volver a Lond Daer —insistía Hafgrim, con los brazos cruzados—. Gandalf nos encomendó aquella misión, y no pienso faltar a mi palabra.

Farin resopló, dando un golpe con su jarra vacía en la mesa.

 —¡Bah! Lond Daer está al sur, y nosotros lo que necesitamos son noticias del buhonero gris. Gandalf dijo que era importante, ¿no? Si aún anda por Bree, ahí debemos ir.

Edrahil intervino con calma, aunque su tono era firme:

 —Cirdan habló de Rivendel. Está oculto, sí, pero yo podría guiaros. Allí hallaríamos consejo más seguro que en Bree, donde no sabemos si estará Gandalf.

—¡Bah, Rivendel! —gruñó el enano—. ¿Qué sabrán los elfos de asuntos de hombres y enanos?

Al final, después de mucho discutir, acordaron dirigirse a Bree.

El viaje fue duro. Cruzaron las Quebradas Blancas, y allí sufrieron un percance con un sendero derrumbado que los obligó a dar un penoso rodeo. Llegaron fatigados y, tras otra etapa cansada, alcanzaron el cruce de Hobbiton.

Allí, Farin y Hafgrim se empeñaron en hablar con el legendario Bilbo Bolsón.

 —Dicen que viajó con enanos, ¿verdad? —decía Farin, entusiasmado—. ¡Ese hobbit sí que sabe vivir aventuras!

Pero antes de llegar a Bolsón Cerrado, se toparon con una mujer furiosa que los recibió a escobazos.

 —¡Fuera de aquí, amigo de Gandalf! —gritaba, blandiendo el palo contra Edrahil—. ¡Se ha llevado a mi hijo Hamfast!

El elfo trató de calmarla, e squivando a duras penas los escobazos.

 —Señora, por favor… escuchadme. Decis que Gandalf y vuestro hijo partieron hace un día, ¿no es cierto? Os prometo que hablaré con él.

Lucinda Sauce —que así se llamaba— seguía desconfiando, más aún cuando supo que buscaban a Bilbo Bolsón, a quien acusaba de ser cómplice del mago. Aun así, los dejó marchar entre lágrimas.

En Bolsón Cerrado, Bilbo los recibió con cortesía, pero negó haber visto a Gandalf.

 —Hace tiempo que no viene por aquí —dijo, con su sonrisa traviesa—. Y creedme, cuando aparece casi siempre se deja ver por aquí.

Tras despedirse, preguntaron a unos alguaciles, quienes les confirmaron que el hobbit Hamfast y el buhonero gris habían partido al noreste. El buhonero incluso había intentado beber gratis en la Posada del Farolero. Allí, los posaderos recordaban bien al extraño:

 —Sí, sí, venía con el hobbit. Preguntaron por la Granja de Farrel, la que está cerca de la Torre de Vigilancia.

La compañia temió estar viéndoselas con un impostor, así que partió de inmediato hacia la granja, que resultó encontrarse en los límites exteriores de la comarca. Al llegar, un viejo hombre cascarrabias les dio el alto, acompañado de dos hombres armados con un azadón y una horca.

 —¡Alto ahí! ¿Qué queréis en mis tierras? —rugió el viejo Farrel.

—Buscamos a un hobbit y a un hombre con sombrero alto —explicó Hafgrim.

Un joven tontorrón se adelantó emocionado:

 —¡Eran dos bandidos, sí señor! Uno era un gigante y el otro un hobbit.

El viejo le lanzó una mirada fulminante.

 —¡Calla, Farwel! No eran gigantes ni bandidos, solo un hombre con sombrero alto y un hobbit. Pasaron ayer e intentaron robar en la granja. Se fueron hacia el norte, hacia el Muro Maldito.

Al ver que hablaban en serio, Farrel el Joven los guió hasta las ruinas de la antigua torre. Edrahil, con su vista élfica, distinguió figuras en torno a la base: un grupo de hombres, algunos subiendo a la torre, y entre ellos un hobbit. Uno de los hombres llevaba un bastón, un sombrero azul y un pañuelo plateado, pero Edrahil frunció el ceño.

—En efecto: no es Gandalf… —murmuró.

Había cinco o seis bandidos armados ligeramente, y otras cuatro o cinco personas que parecían arrastradas allí sin comprender para qué. Cuando cayó la noche, todos salieron de la torre. El falso Gandalf habló a la turba con voz segura:

—Volveremos como anoche —dijo—. Acabaremos con el hechicero del castillo embrujado y nos llevaremos las gallinas encantadas.

Los hombres lo miraban entre recelosos y admirados. Para rematar su discurso, el impostor levantó la mano y de sus dedos brotó una llama que iluminó los rostros atónitos de la multitud.

Farin  hizo una mueca al ver aquello, y añadió en voz baja:

—No es mago, pero sabe usar algunos de los juguetes que hacen los enanos de las Montañas Azules.

La compañía decidió dividirse. Farin y Hafgrim avanzaron resueltos hacia el claro donde se congregaban los bandidos, mientras Edrahil se deslizaba entrela oscuridad, buscando liberar a los hombres y mujeres engañados.

Al ver aparecer a los dos aventureros, el falso Gandalf los señaló con teatralidad:

 —¡Ahí vienen los sirvientes del hechicero! ¡No los dejéis escapar!

Farin bufó, sin aminorar el paso, y se dirigió a los bandidos con voz atronadora:

 —¡No sois más que ratas cobardes! ¿Y vos, farsante? ¡Veamos qué oculta esa barba vuestra!

El impostor retrocedió un paso y, en un intento desesperado, sacó un cohete que lanzó hacia el enano. El artefacto silbó por los aires, explotó contra una roca a varios metros y levantó una llamarada inútil. Farin soltó una carcajada y, sin detenerse, arrancó de cuajo la barba postiza del falso mago.

—¡Un impostor! —rugió, mostrando la ridícula cara descubierta de aquel hombre.

Uno de los bandidos, un sureño por su acento, se abalanzó contra Farin blandiendo un hacha. Hafgrim, rápido como un relámpago, tensó el arco y disparó: la flecha se clavó en una pierna del atacante, cuyo golpe fue en vano.

El falso mago intentó huir, ordenando a los otros bandidos que lo protegieran.

 —¡Detenedlos, necios! —bramaba, empujándolos hacia adelante.

Pero Hafgrim volvió a disparar, y esta vez la saeta alcanzó al impostor en el brazo. Uno de los bandidos, viendo a su líder herido, gritó:

 —¡Osmer! ¡Resiste, Osmer!

Mientras tanto, Edrahil había alcanzado a los prisioneros confundidos. Con voz serena, los tranquilizó.

 —No temáis, no somos esclavos de ningún hechicero. Y este hombre no es un mago, sino un impostor. Venid conmigo, ahora, deprisa.

Hamfast fue el primero en seguirlo, y pronto otros se animaron a escapar.

En ese instante, un frío repentino recorrió la explanada. De la pared de la torre emergió el espectro de una mujer con un yelmo antiguo. Su mirada vacía se clavó en Osmer, que intentaba retroceder tambaleándose. Cuando el espíritu lo tocó, el falso mago quedó rígido, paralizado, y cayó al suelo como una estatua.

Hafgrim desenfundó Estelang, cuya hoja oscura palpitaba con un fulgor extraño. Dio un paso adelante, pero al alzar la espada sintió cómo el frío lo atravesaba hasta los huesos y un terror inexplicable se apoderaba de su corazón.

Sin embargo, ante la presencia de Estelang, el espectro retrocedía vacilante. Farin, con el hacha en mano, bramaba amenazas contra el espíritu, y la espectral guerrera se estremeció como si su antiguo valor luchara contra un nuevo poder que la dominaba.

Edrahil no perdía el tiempo. Entró en la torre, guiado por la sabiduría de su pueblo, para hallar el origen de aquella maldición. Allí encontró un catafalco cubierto de polvo y símbolos antiguos. Era donde yacía Gwendaith, heroína de Arthedain. El elfo recordó historias de ella, y comprendió con pesar:

 —El poder de Amon Guruthos la ha arrancado de su descanso…

Junto al sepulcro halló también el cadáver de un hombre con una lanza clavada. Edrahil levantó la tapa de una losa junto al catafalco, y allí descubrió un pequeño tesoro olvidado: monedas antiguas, objetos robados que los bandidos habían acumulado, y sobre todo una pieza de incalculable valor: una diadema élfica de la Primera Edad, delicadamente labrada.

La Diadema de Gwendaith… —murmuró Edrahil—. Un don de perspicacia, para ver lo oculto.

Mientras tanto, afuera, el espectro giró lentamente hacia la torre, como llamada por su tumba. Su figura se desvaneció entre lamentos hasta perderse en la piedra.

Cuando la calma regresó, los bandidos habían huido en desbandada. Algunos de los engañados permanecían aún atemorizados, pero a salvo.

Osmer fue apresado y entregado a los alguaciles, ahora que el botín había sido recuperado y los bandidos habían sido dispersados. Hamfast fue llevado de regreso junto a su madre. Lucinda Sauce, quien  los recibió con lágrimas en los ojos, abrazando a su hijo con fuerza.

—¡Gracias… gracias! —dijo, secándose la cara con el delantal—. Disculpad mis palabras del otro día. Sin duda es porque, desde hace días tengo unas horribles pesadillas en las que se me aparece una montaña oscura y terrible entre la nieve…

Los aventureros se miraron en silencio. Aquellas palabras resonaban demasiado con sus propias visiones y presagios.




Comentarios

  1. A ver si me deja incluir un comentario, que he entrado como Unknown desloggeado

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    1. ¡Ole! ¡Ole! Todo muy bien.
      Esperamos con anticipación los primeros videos y canciones ;p

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